
El kiwi, ave no voladora de aspecto peculiar y símbolo nacional de Nueva Zelanda, ha marcado profundamente la identidad de sus habitantes. Esta especie, que da nombre a los neozelandeses y cuya imagen se encuentra en múltiples emblemas del país, desde billetes hasta la cola de los aviones de la fuerza aérea, estuvo ausente por más de un siglo en las colinas de Wellington. Su regreso no solo representa un hecho biológico, sino también un acto de recuperación cultural y espiritual para la población local.
Este pájaro ocupa un lugar central en la conciencia colectiva de la nación oceánica, tanto por su rareza como por su valor simbólico. Para muchos, la presencia de este animal refuerza el sentido de pertenencia y la conexión con el territorio. Paul Ward, fundador del Capital Kiwi Project, ha señalado que el ave “es parte de lo que somos y de nuestro sentido de pertenencia aquí”. Esta afirmación, en diálogo con AP, resalta la dimensión emocional y espiritual que acompaña a la especie.
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La historia del kiwi en el país refleja un fuerte vínculo entre la naturaleza y la identidad nacional. Se estima que antes de la llegada de los humanos, existían alrededor de 12 millones de estas aves en el territorio. Actualmente, la población se ha reducido a unos 70.000 ejemplares, y continúa disminuyendo a una tasa del 2% anual, según datos citados por Associated Press. El significado de su imagen trasciende lo biológico: aparece en distintivos oficiales y es motivo de orgullo nacional, pese a sus limitaciones físicas, como la incapacidad de volar o la ausencia de cola.
El regreso del kiwi a Wellington, un siglo después
El regreso del kiwi a la capital neozelandesa ha sido posible gracias a una campaña ciudadana inesperada y persistente. Habitantes, liderados por el Capital Kiwi Project, decidieron recuperar la presencia del ave nacional tras más de un siglo de ausencia, movilizando voluntarios y recursos para garantizarle un entorno seguro y favorable.
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La iniciativa surgió como respuesta a la desaparición del ave en la región, un hecho que los residentes consideraron injusto y contrario al sentido de pertenencia local. Paul Ward expresó que las personas decidieron tomar acción para revertir esta situación, convencida de que este ejemplar debía volver a formar parte del paisaje de Wellington.
Uno de los momentos más simbólicos de la campaña tuvo lugar durante una noche niebla en la que Ward y otros voluntarios trasladaron siete kiwis, incluido el ejemplar número 250, cruzando tierras de cultivo bajo la tenue luz de una linterna roja. La liberación de estos animales en su nuevo hábitat, marcada por la emoción de los presentes y la recitación de una oración maorí, reflejó el profundo compromiso social detrás del proyecto, informó Associated Press.
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“Este animal nos ha aportado muchísimo como pueblo en lo que respecta a nuestra identidad. Queremos interpelar a nuestros líderes cívicos y políticos y decirles que esta es una relación que debemos honrar”, agregó el activista.
El esfuerzo no solo ha involucrado a activistas y conservacionistas, sino también a terratenientes y miembros de la tribu maorí local. La colaboración ha permitido que, durante la última década, se habilite una extensa superficie de 24.000 hectáreas para que los kiwis puedan deambular libremente. Este trabajo conjunto ha dado lugar a una red de apoyo comunitario que abarca desde la vigilancia nocturna hasta la participación activa en liberaciones y monitoreos.
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A lo largo de la campaña, la movilización ciudadana ha sido clave para visibilizar la causa y sumar esfuerzos. La llegada de las aves al Parlamento de Nueva Zelanda, donde fueron presentados ante legisladores y escolares antes de su liberación, simbolizó el alcance social de la iniciativa y su impacto en la agenda pública. Las acciones coordinadas por el Capital Kiwi Project han logrado que la reintroducción del ave se perciba como un logro colectivo, integrando a la población en cada etapa del proceso.
Estrategias de protección de los kiwis en Nueva Zelanda
Si bien los activistas dieron un gran paso hacia adelante, la supervivencia depende de una compleja red de acciones sostenidas. Hasta la fecha, las intervenciones han incluido la instalación de más de 5.000 trampas para armiños en una superficie de 24.000 hectáreas. Se trata del principal depredador de los polluelos de kiwi, y su control ha sido esencial para revertir la tendencia de declive de la especie. Este enfoque ha permitido que la tasa de supervivencia en la capital alcance el 90%, una cifra significativamente más alta en comparación con otras zonas del país donde no existen medidas similares.
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El monitoreo constante ha revelado que los kiwis liberados se adaptan al entorno, desplazándose por las colinas y, ocasionalmente, por áreas residenciales. Han sido avistados por ciclistas de montaña nocturnos y detectados por cámaras de seguridad en casas particulares, lo que demuestra el éxito de la estrategia de integración en paisajes habitados.
El trabajo desarrollado forma parte de un objetivo nacional: erradicar depredadores introducidos como gatos asilvestrados, zarigüeyas, ratas y armiños para el año 2050. Desde que esta meta fue fijada por el gobierno en 2016, los esfuerzos comunitarios se han intensificado, logrando que algunas zonas de la ciudad estén libres de mamíferos depredadores, salvo mascotas, recogen desde AP. En estos sectores, la proliferación de aves autóctonas es visible y voluntarios patrullan los suburbios vigilando la presencia de roedores.
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La directora ejecutiva de Save the Kiwi, Michelle Impey, ha señalado que la protección de especies amenazadas suele limitarse a campañas y donaciones, pero en Nueva Zelanda la ciudadanía ha asumido un papel activo para preservar al kiwi. Esta actitud colectiva ha dado lugar a un movimiento nacional, donde la protección de la fauna se convierte en una tarea cotidiana asumida por personas comunes.
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