La presente crisis en Oriente Medio, marcada por la operación militar estadounidense en apoyo a Israel y la posterior represalia de los productores de petróleo liderados por Irán, ha desencadenado la mayor disrupción en los mercados energéticos internacionales en al menos una generación.
Según un análisis del historiador económico Niall Ferguson para el medio The Free Press, el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz y los ataques a infraestructuras críticas han llevado a una contracción del suministro de crudo de 10 millones de barriles diarios, aproximadamente el 10 % de la oferta global, presionando los precios y exponiendo a la economía mundial a una inminente recesión.
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Las comparaciones con la crisis petrolera de 1973–74 ofrecen una dimensión histórica inquietante, pero la magnitud de la actualidad supera a episodios recientes como la Primavera árabe de 2011 o la ruptura del acuerdo nuclear con Irán en 2018.
Ferguson cita un informe de The Economist según el cual la producción perdida no solo supera ampliamente la de eventos previos, sino que la reparación de infraestructuras estratégicas, como la planta de gas licuado de Qatar (fuente de casi una quinta parte del mercado global), podría tardar hasta cinco años en completarse. Incluso si las negociaciones entre Donald Trump y las autoridades iraníes lograran un alto el fuego inmediato, la normalización del mercado requeriría al menos cuatro meses más, según expertos consultados por The Economist.
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La escalada actual tiene origen en una decisión política estadounidense, evocando la maniobra de Richard Nixon en octubre de 1973, cuando el envío masivo de ayuda militar a Israel activó el embargo petrolero árabe, recordó Ferguson. Entonces, los precios del petróleo casi se cuadruplicaron e impulsaron a la economía global hacia una fuerte recesión. Los líderes estadounidenses ya habían recibido advertencias sobre las posibles represalias petroleras, como documentó Martin Indyk en su libro Master of the Game, pero las ignoraron. La crisis tomó meses en resolverse y fue suficiente para que la economía estadounidense, junto con otras industrializadas, se hundiera en recesión.

En el escenario actual, la ofensiva militar estadounidense persiste pese al repliegue diplomático anunciado el lunes por Trump, quien aplazó posibles bombardeos sobre instalaciones eléctricas iraníes hasta el cierre de los mercados el viernes. Mientras tanto, continúan ataques a otros objetivos en la región y aumenta la presencia militar estadounidense en el Golfo.
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Las amenazas iraníes, como la posibilidad de minar el Estrecho de Ormuz o atacar plantas de desalinización vitales para los Estados del Golfo, han transformado la vulnerabilidad geopolítica en crisis económica regional, expandiendo los efectos a una escala global.
El impacto histórico de los shocks energéticos en la economía mundial
Niall Ferguson subraya —basándose en el análisis de Tyler Goodspeed, autor de Recession: The Real Reasons Economies Shrink and What to Do About It— que los shocks energéticos explican cerca de la mitad de las recesiones estadounidenses y británicas en los últimos 300 años, cifra respaldada por estudios que datan desde 1721 hasta 2008.

Los efectos de estos shocks son complejos y de amplio alcance. El alza de precios reduce la capacidad de consumo de los hogares. La incertidumbre retrasa la compra de bienes duraderos. El temor a la pérdida de empleo agudiza la propensión al ahorro y restringe el gasto. Además, las empresas intensivas en energía suelen detener la contratación o reducir personal por el encarecimiento de la producción.
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La historia muestra que este patrón no se limita a los hidrocarburos actuales. En el siglo XIX y principios del XX, las huelgas de mineros de carbón en Gran Bretaña y Estados Unidos provocaron recesiones severas, con datos como el colapso de la producción británica en 1920, donde el Producto Interno Bruto descendió a una tasa anual del 41 % y el desempleo superó el 12 %, según el recuento de Goodspeed citado por Ferguson.
El avance hacia la independencia energética estadounidense y la expansión de las alternativas no ha eliminado la vulnerabilidad estructural ante shocks de oferta. Ferguson recuerda que durante la crisis financiera global de 2008, el aumento de precios del combustible superó en impacto al encarecimiento de las hipotecas, algo que suele pasarse por alto en los análisis posteriores.
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En crisis precedentes, como la invasión de Kuwait por Irak en 1990, la combinación de sanciones y conflictos regionales eliminó cerca del 7% de la oferta global de petróleo, disparando los precios del WTI un 73,2% en cuestión de semanas. La recesión posterior en Estados Unidos incluyó una caída del 1,3% en el PIB real y el desempleo llegó al 7,8%. El índice S&P 500 retrocedió un 20%.
La diferencia actual, recalca Ferguson, es la simultaneidad de factores agravantes: el mayor shock energético en décadas, una crisis ascendente en el sistema de crédito privado y un debilitamiento del mercado laboral, con la generación de empleo concentrada casi en su totalidad en el sector sanitario.
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Expectativas en los mercados y el factor psicológico del shock
El precio del crudo Brent ya ha superado los USD 110 por barril, un aumento del 10 % respecto al promedio de los últimos tres años, superando el umbral que según el economista James Hamilton reduce el crecimiento trimestral de Estados Unidos en 1,4 % anualizado. Ferguson advierte que la duración esperada del cierre del Estrecho de Ormuz es tan importante como la duración efectiva para magnificar el daño económico. La reticencia de las flotas navieras a cruzar la zona, ante primas de seguro prohibitivas, ha ralentizado drásticamente el comercio internacional de energía, con efectos de arrastre sobre fertilizantes y metales industriales.
Según Ferguson, la evidencia histórica y los datos de las últimas semanas convergen en una advertencia clara: frente al mayor corte de suministro energético en lo que va del siglo y una acumulación inédita de amenazas económicas paralelas, los indicadores anticipan el ingreso inminente de la economía mundial en una nueva recesión.
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