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Entre escombros y sirenas: la noche en que una soldado de 18 años rescató a un sobreviviente del Holocausto

La sargento S. tenía solo tres meses de entrenamiento básico cuando participó de su primer operativo real durante la guerra entre Israel e Irán. Hoy lidera un pelotón en la frontera con Gaza y cuenta cómo esa experiencia cambió su vida para siempre

Momento en que una víctima es rescatada de entre los escombros y trasladada
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La escena era caótica. Un edificio residencial había sido alcanzado de lleno y el operativo de rescate movilizaba a ingenieros, médicos, policías, ambulancias y fuerzas militares. Cuando su equipo llegó, gran parte del trabajo más urgente ya estaba en marcha.

“Nosotros arribamos hacia el final de todo el rescate. No fuimos los primeros, pero aun así tuvimos la posibilidad de formar parte de algo profundamente significativo”, recuerda hoy S. —quien prefiere no revelar su identidad por motivos de seguridad—, ya convertida en comandante.

Salvar una vida puede parecer poco frente a la magnitud de una tragedia. Para ella, fue todo. “Aunque haya sido una sola persona, hasta el día de hoy es una de las cosas más importantes que hice en mi vida”, afirma sin titubeos en una entrevista por Zoom con Infobae.

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Ese hombre, que más tarde supo que era sobreviviente del Holocausto, se convertiría en un símbolo de resistencia, memoria y sentido para una joven que recién comenzaba su carrera militar.

Con tan solo pocos meses de entrenamiento militar —3 de entrenamiento básico, 4 especializándose en búsqueda y rescate— y comenzando un curso para convertirse en comandante, S. fue lanzada al frente cuando el conflicto entre Israel y Hamas escaló abruptamente en abril de 2024. Irán lanzó un ataque masivo con misiles y drones sobre territorio israelí, en represalia por un bombardeo atribuido a Israel. Más de 300 proyectiles cruzaron el cielo esa noche. Uno de ellos impactó de lleno en el edificio residencial donde ella participaría de su primer rescate real.

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El operativo estaba cuidadosamente organizado. Cada fuerza cumplía un rol específico. Los equipos de rescate directo se ocupaban de remover los escombros bajo los que había quedado atrapada la víctima, mientras otros grupos —entre ellos el suyo— aseguraban el perímetro, revisaban habitaciones, utilizaban perros rastreadores y marcaban sectores ya inspeccionados.

“Nada se deja al azar. Se revisa una y otra vez para asegurarse de que no quede nadie atrás”, explicó.

Entre escombros y sirenas: la noche en que una soldado de 18 años rescató a un sobreviviente del Holocausto
S. junto a compañeros de su pelotón.

El rescate llevó entre dos y tres horas. Dos o tres horas de tensión constante, de trabajo minucioso y de silencio contenido, hasta que finalmente el hombre fue retirado en camilla. “Cuando lo sacaron, fue un alivio enorme”, recordó.

En ese momento, nadie sabía aún quién era realmente esa persona. Solo después, ya de regreso en la base, la noticia se haría pública: el hombre rescatado había sobrevivido al Holocausto.

Pero más allá del resultado, lo que quedó grabado en su memoria fue el impacto emocional del primer contacto con la devastación real. “El olor es algo que no se puede explicar. Nada te prepara para eso. Los gritos, las madres que no saben dónde están sus hijos, las luces, las sirenas… ves televisores todavía encendidos, dibujos de chicos, y entiendes que ese edificio era un hogar”, relató.

No hubo tiempo para procesar el horror.

“Sentí que tenía que convertirme en un robot. No podía permitirme sentir. Había vidas que dependían de que yo hiciera mi trabajo”.

Tenía 18 años. Aún no era comandante. Aún estaba aprendiendo. Sin embargo, como tantos jóvenes en contextos de conflicto, tuvo que crecer de golpe. “Estaba completamente abrumada, pero tenía que mantener la compostura”, dijo.

Tras el rescate, el trabajo continuó durante horas. Hubo que verificar cada nombre, cada rostro, cada familia. Solo cuando se descartó cualquier posibilidad de que alguien quedara atrapado, el operativo pasó a manos de fuerzas civiles especializadas.

Soldados y tanques israelíes en Gaza. EFE/Patricia Martínez-Sastre
Soldados y tanques israelíes en Gaza. EFE/Patricia Martínez-Sastre

El regreso a la base no significó el final de la experiencia.

Hubo acompañamiento psicológico, reuniones grupales y contención. “Somos jóvenes que vivimos algo muy duro”, reflexionó. Lejos de alejarla, esa vivencia reforzó su vocación. “Eso fue lo que me impulsó a terminar el curso y convertirme en comandante”.

Hoy, con apenas unos años más, lidera un pelotón operativo integrado por soldados ya formados. Se encuentra destinada en la frontera con Gaza, en permanente estado de alerta. Desde allí, explicó con naturalidad a Infobae: “Estamos listos las 24 horas. Esa es nuestra tarea ahora”.

Meses después del rescate, llegó otra noticia difícil: el hombre que habían salvado había fallecido, por causas no relacionadas con el ataque. “Fue muy duro. Nos reunimos todos los que participamos del rescate, cantamos, nos abrazamos. Fue un momento muy fuerte”, recordó S..

Cuando se le pregunta qué mensaje le daría a quienes sueñan con dedicarse al rescate y la ayuda humanitaria, no romantiza la experiencia. “Es un entrenamiento duro, largo y exigente. Pero no hay nada más gratificante que salvar vidas y saber que hay personas que confían en vos”, afirmó.

Antes de enlistarse, estudiaba Relaciones Internacionales y Diplomacia en la universidad y pensaba que ese era su camino definitivo. Hoy lo ve distinto. “Las experiencias reales te dan una perspectiva que ningún libro puede darte”.

Planea volver a estudiar diplomacia en el futuro. Y aseguró que lo hará con otra mirada, marcada por la guerra, el dolor y también por la certeza de que, incluso en medio del horror, una sola vida salvada puede justificarlo todo.

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