
Ubicada en las Islas Georgias del Sur y Sandwich del Sur, Fortuna Bay emerge como uno de los parajes más impresionantes y remotos de Atlántico Sur. Este enclave, con sus 6 kilómetros de extensión hacia el corazón de la isla, se ha ganado un lugar destacado por su imponente naturaleza, su historia polar y, sobre todo, por albergar la colonia de pingüinos más grande y aislada del planeta.
Aquellos que quieran visitar el lugar, se encontrarán con un espectáculo de belleza salvaje. Desde la costa, una vasta llanura glacial se extiende tierra adentro, surcada por ríos trenzados que desembocan en el majestuoso glaciar König. Hacia el oeste, los picos irregulares de Breakwind Ridge se elevan de forma abrupta, formando un anfiteatro natural que protege a miles de pingüinos y focas en época reproductiva.
Un escenario natural de magnitud única
El nombre de la bahía proviene de la “Fortuna”, un barco ballenero noruego-argentino que operó en Grytviken a comienzos del siglo XX. Sin embargo, es la figura de Ernest Shackleton la que ha convertido a este lugar en un hito de la exploración antártica.
El 20 de mayo de 1916, Shackleton y sus compañeros Tom Crean y Frank Worsley alcanzaron las crestas sobre la bahía durante su desesperada misión de rescate. El sonido del silbato de la estación ballenera de Stromness, que cruzó la bahía, significó el primer contacto con la civilización tras dieciocho meses de aislamiento. “Nunca ninguno de nosotros había escuchado una música más dulce”, escribió Shackleton sobre ese momento en su diario de ruta.

Secret Atlas señaló que investigaciones recientes han revelado indicios de presencia humana aún más antigua. En una cueva cercana a la zona de desembarco, arqueólogos hallaron pipas de arcilla, huesos quemados y carbón tras un muro de piedra, evidencia de las duras condiciones que enfrentaron los primeros cazadores de focas del siglo XIX.
El corazón de la vida silvestre: la colonia de pingüinos rey
La joya de Fortuna Bay es su colonia de pingüinos rey, una de las más accesibles e imponentes de Georgia del Sur. Unas cuatro mil parejas reproductoras conviven en la bahía, y con la llegada de los polluelos, la cifra supera los 12.000 individuos en la temporada alta.
La colonia se extiende a lo largo de una llanura glacial cubierta de hierba, a unos 1,5 kilómetros del punto de desembarco, ofreciendo una de las experiencias de observación de pingüinos más íntimas y cercanas del mundo.
La dinámica es fascinante: adultos regresan tras sus jornadas de pesca, los polluelos se agrupan en “guarderías” y el ir y venir constante define la vida de estas aves extraordinarias. Cerca del sitio de llegada en zodiac, una pequeña, pero activa colonia de pingüinos gentoo —fácilmente reconocibles por su pico naranja y manchas blancas sobre los ojos— recorre senderos marcados entre sus nidos de piedras y el mar.

En los acantilados que dominan la bahía anidan albatros de manto claro, que realizan vuelos sincronizados durante el cortejo, deslizándose sobre las corrientes de aire con apenas un aleteo. South Georgia pintail ducks, una subespecie endémica, frecuentan los arroyos glaciares, adaptados al duro entorno local. A menudo se les observa alimentándose en los ríos o descansando en las orillas, indiferentes a la presencia de pingüinos y focas.
Las playas de Fortuna Bay son escenario de una de las mayores concentraciones de elefantes marinos del sur. Durante la temporada de cría, enormes machos —que pueden alcanzar los 4.000 kg— defienden sus territorios, mientras las hembras amamantan a sus crías entre los pastizales de tussok. Incluso fuera de la temporada, estos imponentes animales descansan sobre la arena en grandes grupos.
El caso de las focas peleteras antárticas representa un verdadero éxito de conservación. Casi extinguidas en el siglo XIX, actualmente sus poblaciones han crecido hasta cubrir las playas durante la temporada alta.
Paisaje, historia y exploración
El entorno de Fortuna Bay está marcado por su topografía dramática. Los picos alpinos, esculpidos por glaciares milenarios, dominan el horizonte. El glaciar König, con su frente azul y su lago de deshielo, es protagonista en el extremo de la bahía. La llanura está cubierta de pastizales de tussok, alcanzando hasta dos metros de altura y formando un laberinto natural que sirve de refugio a aves y mamíferos.
Entre los pastizales, áreas de fellfield muestran plantas bajas, adaptadas al viento y al suelo pobre, creando un mosaico vegetal único. Para los amantes de la fotografía, las oportunidades son inagotables: la luz matinal baña los picos de tonos cálidos, mientras el sol de la tarde realza las texturas del hielo y los ríos trenzados marcan líneas que guían la mirada del primer plano lleno de fauna hacia el fondo montañoso.

Los visitantes pueden recorrer el histórico sendero de Shackleton, que une Fortuna Bay con Stromness. El trayecto comienza en Worsley Beach, asciende entre pastizales y alcanza una cresta de grava y esquisto. El recorrido, de seis kilómetros, suele completarse en tres a cuatro horas y atraviesa el lago Crean —descubierto cuando Tom Crean cayó accidentalmente a través del hielo—. La caminata, aunque no es técnicamente exigente, requiere buena condición física y equipamiento adecuado debido a las cambiantes condiciones meteorológicas de la isla.
Un microcosmos en medio del mar
Fortuna Bay resume en un solo escenario la riqueza de Georgia del Sur: fauna abundante, paisajes espectaculares y una historia de exploración y supervivencia. Aquí, la vida silvestre, el entorno glaciar y el legado humano conviven en un equilibrio extraordinario.
La geología de la bahía narra historias de actividad volcánica y modelado glaciar. Las paredes de roca muestran capas de antiguas coladas de lava, mientras los grandes bloques erráticos testimonian el poder del hielo. Los ríos trenzados continúan moldeando el paisaje, transportando sedimentos desde las alturas hasta la costa.
Quienes visitan Fortuna Bay lo hacen guiados por el deseo de experimentar la naturaleza en su estado más puro. “La combinación de fauna, paisaje e historia polar crea una experiencia que captura la esencia de esta isla remota”, señala el equipo de expedición citado por Secret Atlas.
Por último, el propio Shackleton dejó asentado que el reencuentro con señales de civilización tras meses de adversidad fue “la música más dulce” que jamás escuchó.
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