
El Ministerio de Defensa de Siria anunció un giro sorprendente en la recomposición de sus Fuerzas Armadas. Según el ministro Murhaf Abu Qasra, el Ejército ha iniciado un programa para reincorporar a soldados que desertaron durante las protestas antigubernamentales de 2011.
“Al creer en el estatus de los reclutas que desertaron durante los años de la revolución… hemos comenzado a traer de vuelta a reclutas desertores e integrarlos en las formaciones del Ejército Árabe Sirio”, escribió Abu Qasra en su cuenta de X.
El objetivo declarado: convertir a esos antiguos militares en un “pilar fundamental” del nuevo Ejército que emerge tras la caída del dictador Bashar al Assad, derrocado en diciembre de 2024. El gobierno también espera que los reintegrados participen activamente en la restauración nacional.
Este movimiento revela dos hechos cruciales. Primero, que el nuevo poder admite la necesidad de movilizar recursos humanos con experiencia militar previa. Segundo, que el legado de la guerra civil iniciada en 2011 sigue proyectando su sombra sobre las instituciones sirias.
Se estima que varias decenas de miles de soldados abandonaron el ejército de Al Assad tras el estallido de las revueltas. Algunos pasaron a engrosar las filas de grupos opositores durante el conflicto.
El contexto es determinante. Tras más de cinco décadas bajo gobiernos de la familia Al Assad —Hafez al Assad tomó el poder en 1971—, el sistema político sirio atraviesa una fase de transición que muchos observadores consideran un punto de inflexión histórico.

Con la caída del régimen el 8 de diciembre de 2024, Siria heredó no solo un territorio devastado por la guerra sino también la tarea urgente de reconstruir sus instituciones, su ejército y su aparato de seguridad.
En una nación donde décadas de represión, conflicto y fractura sectaria han erosionado la cohesión estatal, la integración de antiguos combatientes opositores representa tanto un riesgo como una oportunidad.
El proceso podría interpretarse como un gesto simbólico hacia la reconciliación nacional. Al reincorporar a desertores, el nuevo poder sirio buscaría cerrar las fisuras abiertas con la revuelta de 2011 y la larga guerra que siguió.
Pero lo simbólico no es trivial: la construcción de autoridad, disciplina y legitimidad en un nuevo ejército dependerá de cómo se gestione la integración práctica, algo que el anuncio oficial no aclara.
El anuncio llega mientras Siria enfrenta desafíos estructurales gigantescos: millones de desplazados internos, una economía colapsada, infraestructuras destruidas y un mosaico de actores armados que no siempre reconocen la autoridad central.
En ese escenario, la idea de reconstruir un ejército coherente sirve tanto para afirmar soberanía como para consolidar un nuevo contrato entre el poder y la ciudadanía.
Sin embargo, los detalles brillan por su ausencia. No se han difundido cifras oficiales sobre cuántos desertores serán readmitidos, ni los criterios de selección, ni los mecanismos de supervisión o disciplina aplicables.

La falta de transparencia abre la puerta a prácticas clientelares, a la integración de grupos con agendas particulares o a la creación de una fuerza paralela con lealtades difusas.
En el plano regional, el nuevo ejército sirio deberá lidiar con múltiples presiones externas. Moscú, Teherán y Ankara —entre otros actores— intervinieron durante la guerra civil; su papel en la posguerra y en la reorganización militar será difícil de ignorar.
La readmisión de antiguos soldados podría verse también como un movimiento pragmático para estabilizar alianzas y legitimar un ejército que hasta hace poco dependía de la coalición de Al Assad.
Lo que está en juego trasciende lo militar. Reiniciar el cuerpo armado del Estado con quienes se quedaron y quienes se fueron podría interpretarse como un borrón y cuenta nueva… o como un acto de pragmatismo tardío y cargado de riesgos.
El éxito dependerá de si esta reintegración transforma realmente la lógica de la fuerza en Siria o si simplemente reproduce redes, clientelas y rivalidades anteriores.
En última instancia, el nuevo ejército será una de las piezas maestras sobre las que Siria —en ruinas, fragmentada, ajustando cuentas— decidirá su rumbo en los próximos años.
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