La escena parece sacada de una hambruna recreada para una película del siglo pasado, pero es real y sucedió ayer: hombres, mujeres y niños con las manos alzadas y ollas vacías. Decenas de palestinos empujan desde detrás de una reja en la capital de Gaza clamando por alimentos. Sus rostros, marcados por la guerra, dicen más que cualquier cifra. La espera ha sido larga, agotadora y tensa.
Frente a una cocina comunitaria improvisada, los cuerpos se apretujan y las manos se extienden en busca de una ración mínima. El sonido metálico de las cacerolas choca contra la reja. El aire es denso. Cada día, cientos llegan hasta este punto con la esperanza de recibir algo caliente, aunque sea una cuchara de guiso. No hay sistema, no hay filas, no hay garantías. Algunos logran obtener una porción. Otros se van con las manos vacías.
“Vengo desde muy lejos solo para conseguir una comida de esta cocina. No quiero comer yo, pero que al menos coman los niños. ¿Qué culpa tiene un bebé de cuatro meses?”, dice Ghazi Alyan, de 21 años, desplazado de Jabalia. Lleva días sin comer bien. Dice que no le importa. Que lo que le duele es ver a los más chicos llorar de hambre. Mientras habla, a su alrededor se amontonan otros desplazados, muchos con bebés en brazos y todos con la misma urgencia: sobrevivir.
La guerra iniciada tras el ataque terrorista de Hamas a Israel el 7 de octubre de 2023 ha desencadenado una catástrofe humanitaria en Gaza. Más de 58.000 personas han muerto, según las autoridades sanitarias locales, pero para quienes siguen vivos, la amenaza más inminente es otra: el hambre. Más de medio millón de personas, según los organismos internacionales, enfrentan niveles extremos de inseguridad alimentaria. Y el colapso ya no es una posibilidad futura, sino un hecho en curso.
Desde enero de 2024, la agencia de refugiados de la ONU (UNRWA) ha examinado a más de 240.000 niños menores de cinco años. Uno de cada diez presenta signos de malnutrición. Antes de la guerra, los casos de desnutrición aguda en Gaza eran prácticamente inexistentes. Hoy, son una marca constante en las clínicas, cuando logran abrir.

Los testimonios se repiten. En otro punto de Gaza, frente a una tienda de campaña, Saeda Abou Khater, madre de 43 años, acomoda sus pocas pertenencias. Su hijo está internado en el hospital Al-Helou. “Está en shock. Y no puedo encontrarle ni un pan para mandarle”, dice. “Por Dios, ni un pan. Un niño pequeño en el hospital y yo no tengo nada para enviarle. Nada”.
Las cocinas populares, sostenidas con recursos escasos y bajo condiciones extremas, intentan cubrir parte de la demanda. Pero no dan abasto. Desde mayo, cuando Israel levantó un bloqueo de 11 semanas y permitió el ingreso limitado de ayuda, la distribución de alimentos se realiza mayormente a través de la Gaza Humanitarian Foundation (GHF), una iniciativa impulsada por Israel y Estados Unidos. La fundación asegura haber entregado más de 69 millones de raciones de comida. Sin embargo, las condiciones en torno a sus centros de reparto han provocado más caos que alivio.
La Oficina de Derechos Humanos de la ONU confirmó que al menos 875 palestinos han muerto desde finales de mayo mientras intentaban acceder a alimentos. De esas muertes, 674 ocurrieron en las inmediaciones de puntos de distribución de la GHF. Otras 183 personas perdieron la vida en rutas de convoyes humanitarios de la ONU y otras organizaciones. La mayoría, según el organismo, falleció por heridas de arma de fuego.
Los responsables de las muertes son motivo de versiones cruzadas. El ejército israelí responsabiliza a Hamas, al que acusa de disparar contra civiles y de robar ayuda humanitaria. Hamas lo niega y acusa a Israel de usar el hambre como arma de guerra. La GHF rechaza las acusaciones y sostiene que sus operaciones son seguras. Pero los muertos se acumulan. Y los cuerpos caen justo donde debería repartirse el pan.
En respuesta a las denuncias, las Fuerzas de Defensa de Israel aseguran haber reordenado los centros de distribución con nuevas rutas, señalización y vallas. También afirman que la fundación opera de manera independiente, aunque en coordinación con las operaciones militares. Pese a estas medidas, la ONU denunció que las restricciones israelíes al ingreso de ayuda siguen vigentes y que la situación humanitaria empeora día tras día.
Las cocinas comunitarias, como la que aparece en las imágenes, operan sin certezas. A veces hay comida, otras no. Dependen de lo que puedan recolectar, de lo que se permita entrar, de lo que sobreviva a los bombardeos. Mientras tanto, miles siguen llegando. Muchos con lo único que tienen: una olla vacía.
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