
En todo el continente africano, millones de fulanis conservan un estilo de vida ancestral, ajustando sus costumbres a un entorno cambiante. Este pueblo nómada, considerado el más numeroso del mundo, está presente en más de veinte países del África central y occidental. Según National Geographic, cientos de miles aún practican el pastoreo nómada, guiando sus rebaños a través de rutas migratorias que recorren el Sahel desde Senegal hasta Sudán.
Este desplazamiento estacional, que forma parte de su identidad cultural, responde a la búsqueda de pastos y fuentes de agua en territorios cada vez más áridos. La trashumancia requiere un conocimiento profundo del terreno y una adaptación constante a las condiciones climáticas extremas. Además del ganado vacuno, caprino y ovino, transportan conocimientos y tradiciones transmitidos por generaciones.
En regiones como el norte de Camerún, adolescentes como Fadimatou Moussa, Hawaou Hamadou y Amin Moussa, del subgrupo mbororo, participan activamente en estas migraciones. Su experiencia refleja cómo, pese a las dificultades, la comunidad continúa preservando su modo de vida.
Diversidad interna y adaptación social

La comunidad fulani no es homogénea. Está compuesta por múltiples subgrupos con diferencias culturales, lingüísticas y sociales. Hindou Oumarou Ibrahim, líder mbororo y exploradora del medio, señala que en África occidental existen ramas como Futa Toro y Futa Yallon, mientras que en África central predomina el subgrupo mbororo. Esta diversidad interna se articula en torno a una identidad común vinculada a la tierra, la familia y la movilidad.
Aunque el pastoreo sigue siendo una referencia identitaria, muchos fulanis diversificaron sus medios de vida. En Guinea, comunidades establecidas en la región de Futa Yallon practican la agricultura, mientras que en Sierra Leona varios fulanis participan en actividades comerciales y políticas. Al menos cinco presidentes africanos en las últimas décadas pertenecieron a este grupo étnico, lo que evidencia su relevancia en el escenario regional.
La transición hacia modos de vida más sedentarios o mixtos no rompió los vínculos con las tradiciones. En cambio, refleja una estrategia de adaptación frente a desafíos económicos, sociales y climáticos.
Conflictos, estigmatización y retos ambientales

El modo de vida fulani enfrenta tensiones crecientes vinculadas al cambio climático, el avance de la desertificación y la competencia por los recursos. Las tierras del Sahel sufren un deterioro progresivo que dificulta la disponibilidad de pastos y agua. A esto se suman disputas con comunidades sedentarias y obstáculos legales para el acceso a territorios que históricamente recorrieron.
Algunos gobiernos y actores sociales vincularon injustamente a los fulanis con movimientos yihadistas, generando estigmatización y conflictos. Sin embargo, el medio destaca que los pastores mantienen un historial de comercio pacífico y una participación activa en las economías locales.
La presión por integrarse a la vida urbana o adoptar la agricultura como principal fuente de ingresos añade complejidad a su situación. Pese a ello, muchas comunidades continúan defendiendo su derecho a conservar sus costumbres y a contribuir al desarrollo regional.
Aportes económicos y ecológicos

La actividad ganadera de los fulanis tiene un peso significativo en las economías rurales del Sahel. Mercados como el de Dahra, en Senegal, donde residen unas 45.000 personas, son centros clave de comercio e intercambio. Los pastores venden su ganado y fortalecen los vínculos entre distintas comunidades.
Además, su sistema de pastoreo tiene beneficios ecológicos. Según Hindou Oumarou Ibrahim, el movimiento del ganado fertiliza el suelo con estiércol, mientras que la poda selectiva de árboles estimula el crecimiento vegetal y previene incendios. Estas prácticas permiten un uso sostenible de los recursos naturales en un entorno frágil.
Si bien los fulanis dependen de la tierra para subsistir, también contribuyen activamente a su restauración. Esta realidad contrasta con estereotipos negativos y refuerza el valor de sus conocimientos tradicionales.
Una cultura viva en un mundo cambiante

Las voces de la comunidad fulani y de quienes documentaron su historia revelan una cultura dinámica en medio de profundas transformaciones. Robin Hammond, fotógrafo y explorador del medio, advierte que no se debe idealizar su modo de vida: “La cultura fulani es increíble y única, pero no podemos caer en el error de idealizarla. Muchos pastores se las ven y se las desean para sobrevivir”.
La historia de los fulanis es la de un pueblo en movimiento, cuya capacidad de adaptación permitió preservar su herencia cultural frente a amenazas externas. En un entorno cada vez más desafiante, su experiencia ofrece claves sobre sostenibilidad, resiliencia y diversidad en el África contemporánea.
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