
En materia de seguridad, Occidente insistió por más de setenta años en la utilización de un discurso que transmitió una estrategia común delineada por los ganadores de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Finalizada la Gran Guerra y con el surgimiento de la Guerra Fría aparecieron las distintas doctrinas de seguridad nacional que fueron señalando las potencias centrales y transmitieron a sus países aliados y periféricos, la estrategia de “la contención” sin escalar las distintas crisis que se iban presentando se enfocó en “la disuasión” para evitar la destrucción mutua que amenazaba la creciente capacidad nuclear de los países centrales. Fue allí cuando se comenzó a hablar de la “no proliferación” que marcó la agenda de los estados poderosos para evitar precisamente la destrucción mutua señalada anteriormente. Durante años tanto Washington como Moscú aceptaron esa opción y así se marcó el terreno del juego desde el campo diplomático.
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Sin embargo, el dibujo del mapa mundial actual y las distintas crisis en curso como el conflicto entre China y Taiwan, El dossier nuclear iraní, la inestabilidad que ofrece al mundo la dictadura de Corea del Norte con su amenaza de misiles intercontinentales con ojivas nucleares y la guerra en curso derivada de la invasión de Vladimir Putin a Ucrania, el uso de armas tácticas se mantiene sobre la mesa de las opciones militares entre Moscú, la OTAN y en menor medida Washington. Este punto lleva de forma inexorable a una pregunta central: ¿Toda la estrategia de seguridad internacional conocida desde la Guerra Fría continua siendo la adecuada en el presente?
En concreto, la antigua idea englobaba aspectos de “contención” y estuvo enfocada en neutralizar y evitar que la ex-Unión Soviética se expandiera hacia los países de Europa occidental y otras latitudes desde sus estados satélites, particularmente los que conformaban lo que se conocio como el “Pacto de Varsovia”.
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Según la OTAN, fue allí que la estrategia de disuasión y no destrucción mutua emergió como la mejor herramienta de prevención y neutralización ante una potencial Tercera Guerra Mundial con consecuencias nucleares de extremo peligro existencial entre Oriente y Occidente. La idea de los organismos internacionales en generar instrumentos jurídicos entre las partes para evitar la proliferación de armas nucleares y destrucción masiva tomó entonces el centro de la escena. La diplomacia y los tratados internacionales se centró en el conflicto de un mundo bipolar regido por la ex- URSS y los Estados Unidos.
No obstante, a pesar de doctrinas que confrontan en definir un nuevo concepto, desde la implosion y caída de la ex-Unión Soviética, la mayor parte de esa bipolaridad del mundo dejó de existir o de mínima mostró cambios profundos.
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Hoy, Estados Unidos enfrenta dos desafíos tan relevantes como similares ante los que ya han claudicado varios países de América Latina -entre ellos la República Argentina-. Estamos hablando de China, una potencia económica y militar que ha dejado de ser emergente para ser una realidad dada su política estratégica de expansión. Por otra parte, inmersa en su guerra en Ucrania, Rusia no deja de ser una superpotencia poseedora de armas nucleares que ha iniciado y continúa una guerra en las fronteras mismas de la OTAN.
Sin embargo, como lo señalara en su tiempo el ya retirado ex secretario de estado Henry Kissinger, la contención no ha funcionado. El escenario internacional muestra que China está amenazando la anexión de Taiwán y bloquea las aguas internacionales de sus vecinos. También Beijing ha expandido su influencia y presencia militar a nivel mundial en distintos continentes y hoy nadie discute que el líder chino Xi Jinping es un factor clave de influencia global (por lo que los europeos recriminan a Estados Unidos haber permitido esa expansión e incluso dejar que China remplace su presencia en distintas regiones del globo, aunque negocian con docenas de empresas chinas)
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Por otra parte, la Federación Rusa abusó de las relaciones diplomáticas de la posguerra haciéndose con distintas zonas de Georgia en 2008 y tomando Crimea en 2014, lo que coronó con su invasión a Ucrania en febrero de 2022 dando comienzo a la guerra en curso entre Kiev y Moscú.
En consecuencia, no es impertinente cuestionar cual fue el éxito alcanzado por los países occidentales y los organismos supranacionales que diseñaron herramientas jurídicas de la posguerra para establecer nuevas estrategias de seguridad nacional de los distintos estados. Aunque es cierto que algunos pueden afirmar que la estrategia disuasiva ha evitado -de momento- una guerra nuclear con consecuencias devastadoras para la humanidad y que Taiwán todavía no ha sido invadida por China -lo cual no deja de ser un argumento poco sólido- habida cuenta de la crísis en curso no resuelta y la no neutralización de eventuales y futuras catástrofes.
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Hoy son nueve países los que cuentan con la capacidad de poseer armas nucleares y el acuerdo nuclear no resuelto con Irán ha disparado una carrera armamentística en busca de poder nuclear de varios países árabes sunitas del Golfo. Lo que a todas luces no presenta un escenario de estabilidad en materia de control y no proliferación en aquella región.
En consecuencia, una estrategia de seguridad nacional moderna tanto de Washington como de todo Occidente no puede obviar este peligro emergente de actores estatales y peor aún, de los no estatales directamente relacionados con organizaciones y grupos que han hecho del terrorismo su forma de expresión en distintos lugares del globo. Las consecuencias de esos movimientos son amplias y sumamente peligrosas para el caso que cualquiera de los varios grupos terroristas que operan en Oriente Medio se haga con “una pequeña bomba sucia”, declaró recientemente la oficina de seguridad regional del Consejo de Cooperacion de Paises del Golfo (CCPG) por medio de un comunicado firmado por sus países miembros y difundido en varios medios de prensa de los países árabes sunitas.
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Por tanto, si el fracaso de no encontrar garantías y soluciones reales en materia de no proliferación nuclear es una realidad, la comunidad internacional debería preguntarse que harán con esas capacidades y hacia donde apuntaran sus sistemas de armas tácticas aquellos estados que amenazan la supervivencia de vecinos regionales al momento de obtener esa capacidad militarmente destructiva. Esta situación internacional muestra la necesidad de un reemplazo de la vieja estrategia que ha quedado perimida en el mundo actual y requiere neutralizar la siempre peligrosa amenaza de una guerra nuclear que ocasione daños extremos a la humanidad.
Es concreto que la prevención de los daños emergentes de una confrontación donde se utilicen armas tácticas demandan políticas mucho más firmes y activas que en la era de la Guerra Fría. Esa es la importancia esencial de mantener el equilibrio y el control de ese tipo de armas. Ese control fue crucial en momentos críticos como la crísis de los misiles soviéticos en Cuba, también lo fué ante el peligro emergente de una guerra no deseada que pudiera surgir de un error de cálculo.
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En el pasado, el acercamiento y los diálogos diplomáticos siempre estuvieron activos acompañando variantes estratégicas de la era de la Guerra Fría para establecer límites a la seguridad. El problema actual es que no está claro que eso esté ocurriendo de igual forma en el presente. Por el contrario, tanto las amenazas como las contra-medidas de seguridad ante ellas no son más que respuestas lineales que manifiestan conceptos anticuados y desconectados del escenario de la realidad actual.
Conducido por Washington y la OTAN, Occidente parece seguir los antiguos protocolos de disuasión y contención para evitar escalar la guerra en curso en Ucrania. Sin embargo, en el escenario internacional hay un mapa ampliado de peligros, crísis y conflictos mucho más graves con adversarios potenciales encabezados por China y Rusia, y también una segunda línea en la que se ubica Corea del Norte e Irán que exigen esfuerzos nuevos y mucho más realistas en materia de seguridad estratégica para alcanzar el éxito y evitar mayores males para la humanidad.
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