Desde Ucrania.- Antes que cualquier historia se impone la imagen: una fila de al menos cuarenta kilómetros de autos, miles de personas a pie, mujeres y niños casi exclusivamente. Llevan bolsas, mochilas, carritos de bebé. Cada tanto, junto a la ruta, mesas improvisadas dónde se ofrece algo para comer, sopa, pan para aguantar el frío, tres, cuatro, cinco grados bajo cero.
Esta gente esperará días para salir del país, hará una cola eterna con la esperanza de escaparle a la guerra. En algunos autos manejan hombres que tendrán que hacer dos veces el camino: dejar a su familias y volver hacia dentro del país, buscar un arma, prepararse para combatir. Solo se permite irse a mujeres y varones menores de 18 años.
Esta imagen, que sucede en la frontera oeste de Ucrania (en el límite con el sur de Polonia), es la que se ve en casi todas las fronteras del país. Imagen típica de película apocalíptica: la fila de autos que sale completamente congestionada; la que entra, vacía. Por ese otro carril hacia adentro vamos, rumbo a la ciudad de Lviv que hasta el momento recibió solo alertas de bombardeos pero no fue atacada.
La entrada fue un ómnibus de pasajeros que está fuera de servicio por la situación pero cuyo chófer (que pidió reservar nombre e imagen) decidió utilizarlo para sacar gente del país y entrar ayuda humanitaria. Su familia está en la ciudad: su mujer y sus dos hijos, uno de 18 años y otro de 17. Le pidió a su mujer que se lleve al menor pero no aceptó, le dijo que se iban a quedar todos dentro, así que él va y viene ayudando a su gente. En uno de sus viajes hacia dentro estoy, viendo una imagen imposible de olvidar, imposible de no comparar con las migraciones más dramáticas del siglo XX.
En el bus, además, dos mujeres. Son ucranianas, se conocieron en una ciudad cercana a la frontera mientras buscaban volver a buscar a sus familias. “Mi hermana está viniendo con sus tres hijos y embarazada del cuarto, pero me dijo que no resistía más, que no podía seguir caminando. Así que estoy yendo a ayudarla”, dice, con lágrimas en los ojos.

A su lado, la otra mujer le dice una palabra de aliento. Ella también está en una misión parecida pero más desesperada aún: está yendo a buscar a su hija de seis años, que quedó al cuidado de su hermana.
Como estas, miles de historias de multiplican en la frontera. Lo mismo pasa del lado polaco, donde está llegando gente de todo el mundo para buscar conocidos en la frontera u ofrecer ayuda. Es el caso de Lars y Pavel, dos amigos (el primero alemán, el segundo polaco) que volaron inmediatamente hacia Varsovia desde Hamburgo, alquilaron un auto y se acercaron a la frontera de Melyka para ir a buscar a la mujer y la hija de un amigo de la infancia de Pavel. “Lo primero que organizamos fue sacarlos en un avión, conseguimos un jet privado e iban a volar, pero la noche anterior el avión fue bombardeado, así que decidimos venir”, cuentan. Con ellos viajamos hacia la frontera desde el aeropuerto de Varsovia, donde aterrizamos el sábado a la tarde. A partir de ahí, todo fue una carrera por recuperar la humanidad, un intento permanente por encontrarse con gestos humanos que equilibren la locura. Y los gestos están, a raudales, en cada uno de los autos donde un Ucraniano ayuda al otro con el problema que sea que se presenta. En cada uno de esos autos en los que hay hombres, habrá una familia que se separe, que no sabrá si volverán a verse. Otra imagen, próxima a la frontera: un hombre mayor, de setenta y tantos, sentado delante de la cerca de su casa, con uniforme militar y bastón, firme como diciendo “aquí estoy, aquí los espero”.
Datos: desde que empezó el conflicto, huyeron del país 188.000 personas, de las cuales más de 150 mil lo hicieron a Polonia (solo el sábado, salieron hacia ahí 84 mil personas). A partir de ahora, todos los de adentro son soldados.

Estamos llegando a la ciudad de Lviv. Comienzan a verse algunos retenes militares. El conductor del bus pide guardar los teléfonos cuando hay militares, para no generar tensión. Dejo de escribir pero sigo mirando. Estamos en Ucrania, donde no se tarda ni cien metros en ver la guerra, en ver las secuelas inmediatas de una invasión infame y sangrienta.

Ucrania pide a sus hombres que luchen. Los trenes dejaron de funcionar hacia el oeste. Nadie sabe en que instancia del conflicto estamos, pero ahora, desde adentro, al menos sabemos dónde estamos parados.
Otra imagen: dos de la tarde en la frontera entre Ucrania y Polonia. Mientras esperamos que nos devuelvan el pasaporte, frente a nosotros espera un contingente de mujeres con niños, niñas y adolescentes. Veo a una chica de unos once años primera en la fila. Yo miro para el lado de Ucrania, ella para el de Polonia. Tiene un pantalón tipo calza y una camperita que termina con cuello rosa, como aplumado. Juega con sus pies, imagino que para pasar el frío, pero cada tanto hace unos movimientos de bailarina. Va de la mano con otra nena, más quieta, más ensombrecida. En un rato van a estar a resguardo. En un rato, imagino, va a ponerse a pensar dónde estará su papá.

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