La inclinación autodestructiva del Líbano por confrontar a los países sunitas del Golfo

Hezbollah intenta instaurar una República Islámica siguiendo el modelo iraní

Beirut, Líbano, el 22 de octubre de 2021. REUTERS
Beirut, Líbano, el 22 de octubre de 2021. REUTERS

El papel político de las tribus de Kuwait, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) ha sabido llevar una histórica buena relación entre sus gobernantes y otros países árabes de Oriente Medio, siempre han mostrado respeto por el papel de las sectas que conformaron dichos estados y procuraron no inmiscuir esa construcción tribal que los reúne para evitar distorsionar la vida política de sociedades de países como el Líbano, Irak o Siria. Con sus conductas, demostraron que han servido como actores políticos positivos e importante apoyo económico sin influenciar negativamente en otros países de la región.

A pesar de las críticas árabes hacia las características de las sociedades del Golfo, las que suelen ser definidas como esencialmente tribales, el papel de esa identidad tribal no les impidió prosperar gracias a sus recursos naturales y a la adecuada administración de ellos, lo cual les permito no sólo hacer grandes negocios a nivel mundial sino también inyectar dinero en distintas áreas de necesidad de países como el Líbano, lo cual sucedió a través de toda su historia moderna.

Es cierto que a menudo se dieron discusiones moderadas dentro de la sociedad libanesa sobre la construcción de un estado y la identidad nacional del mismo; siempre fracasaron por no aceptar el federalismo como forma de gobierno. Sin embargo los países del Golfo han estado fuera de ese debate y no han sido los estados sunitas los que colocaron al Líbano al borde del precipicio actual, ni fueron esas discusiones las que lo llevaron a su cruenta guerra civil en abril de 1975.

El factor responsable de la crisis libanesa es su propia dirigencia política y sectores de una sociedad cuyos propios errores pavimentaron el camino a la guerra civil al permitir -en su tiempo- que el terrorismo de las bandas armadas palestinas de Yasser Arafat secuestraran las instituciones de gobierno y quebraran el espíritu de cuerpo del ejército nacional para librar su guerra de liberacion de palestina contra los israelies, “pero desde territorio libanés, no desde Jerusalém”. Fue con ese fin que Arafat y sus grupos terroristas tomaron el territorio del país de los cedros para librar una guerra que era totalmente ajena a los libaneses pero por la que el país pagó un precio muy alto.

Analistas sauditas han descripto el escenario libanés actual indicando que hoy cambian los actores y los rostros, pero la historia vuelve a repetirse en referencia a Yasser Arafat y sus grupos violentos del pasado con sus expresiones de terrorismo laico y reivindicativo, el que hoy toma forma y equivale a un peligro mayor en la figura de Hassan Nasrallah y su organización terrorista de corte sacro-santo: Hezbollah, la que intenta instaurar en Líbano una República Islámica siguiendo el modelo iraní.

Un relevamiento profundo muestra que las tribus del Golfo no tomaron parte de forma directa en la guerra civil que asoló al Líbano entre 1975 y 1990, contrario a ello, como lo señaló en una de sus últimas editoriales el periodista chiíta crítico de Hezbollah, Lokman Slim, asesinado en febrero de éste año, los países del Golfo colaboraron y ayudaron al Líbano, pero dejaron de hacerlo por la influencia de Irán y Hezbollah en los asuntos libaneses, de allí que se sindica al grupo terrorista como responsable de su muerte aún impune.

Tal como lo describió Slim en su editorial en el diario beirutí An-Nahar, el aporte de dinero que se inyectó para la reconstrucción integral del país dejó de fluir hacia Beirut por su posicion de subordinación total a Teherán y a los designios de Hezbollah, su fuerza militar de ocupación del país. Por ello, si se examina el papel actual de Hezbollah y su abierta alianza con la República Islámica de Irán, el rol que desempeñan las tribus árabes del Golfo en la crisis actual del Líbano es inexistente.

La formulación de políticas y el alcance del poder económico de los países sunitas del Golfo dentro del Líbano se fue retirado el último decenio y junto a él sus inversiones en electricidad y en la ayuda de subsidios para el combustible. Allí debe entenderse la falta de energía eléctrica que sumió al país en la oscuridad y la carencia de combustible actual.

En las últimas semanas, muchos de los estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCPG) han condenado al Líbano al ostracismo, incluso iniciando lo que podría llamarse un boicot por haber escogido una estéril sociedad con Irán que lo ha llevado a su ruina y a las puertas de ser considerado un estallo fallido. Así, el hecho real es que los países del Golfo sencillamente no tienen ningún interés por sus asuntos ante la elección del gobierno libanés de entregar abiertamente su soberanía y toma de decisiones a Irán a través de Hezbollah, dejando de lado una relación de hermandad histórica con los estados sunitas.

Como informó infobae días pasados. A principios de noviembre, el reino saudita retiró a su embajador de Beirut y ordenó al embajador libanés que abandonara Riad. También se ordenó a las empresas saudíes que terminen toda relación con empresas libanesas cuyas importaciones fueron prohibidas dentro del reino debido al tráfico de drogas provenientes del Líbano y por los que se acusa a Hezbollah.

Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin y Kuwait acompañaron el accionar de Riad, sus diplomáticos fueron retirados de Beirut y los diplomáticos libaneses expulsados. También está en marcha un paquete de medidas muy duras contra el Líbano, en ellas se incluyen lo que puede ser un golpe mortal a su desvencijada economía interna, esa medida será restringir las remesas de los libaneses residentes en el Golfo, así como la prohibición de viajes y la total desinversión en la economía libanesa.

Estas acciones dejan claro que, por primera vez la mayoría de los estados del Golfo no sólo no están dispuestos a apoyar al estado libanés y los graves problemas de su economía ante la crisis terminal que amenaza con su desintegración sino que están adoptando una clara postura para aislar al Líbano, lo que agravará sus problemas, pero que no es responsabilidad de los países sunitas del Golfo sino de la propia dirigencia política libanesa que favoreció el saqueo y la corrupción junto a todo tipo de tropelías hasta llevar a su población al calamitoso estado actual.

La razón de la decisión de los estados del Golfo ha sido una serie de comentarios hostiles de funcionarios libaneses contra sus políticas. Sin embargo, las causas subyacentes al abandono de facto del Líbano por parte de la mayoría de los países sunitas se ha precipitado desde la última década dado el crecimiento del poder político del grupo chiíta pro-iraní Hezbollah. Esas preocupaciones han ido en aumento junto con la creciente influencia regional de Irán tras la intervención estadounidense de Irak en 2003 y su presencia militar efectiva, la que va mucho más allá de las fronteras del Líbano.

Así, después de varios años de esfuerzos por encontrar formas de maniobrar dentro del Líbano para limitar las actividades de Hezbollah, los estados del sunitas han llegado a la conclusión de que trabajar dentro del Líbano en las circunstancias actuales es una causa perdida.

La primera señal clara de que los países del Golfo estaban preparados para alejarse del Líbano se produjo en 2016, cuando Arabia Saudita recortó miles de millones de dólares en ayuda, desalentó el turismo saudita al Líbano y en conjunto con la Liga Árabe designó formalmente a Hezbollah como organización terrorista. Esto dio lugar a que finalmente el cajero automático de petrodólares del Golfo se cerrara para los libaneses.

Perder la ayuda que le ha dado oxigeno económico a través de toda su historia es un dislate más de los tantos de la dirigencia política libanesa, con ello ha decidido auto-infligirse el daño más extremo y peligroso para su propia estabilidad. A partir de ello, el afecto histórico por el Líbano como centro cultural y económico de parte de los árabes del Golfo, cuyo origen databa de los años ‘60 y ‘70, ha desaparecido completamente, ya no existe. Las cancillerías del Golfo hoy perciben al Líbano como un sumidero de ayudas desperdiciadas, donde en la última década, decenas de miles de millones de dólares han sido saqueados por sus líderes políticos, especialmente en la última década. Y peor aún, hoy el Líbano es la fuente principal de inestabilidad regional, terrorismo y narcotráfico que es estimulado por la tutela y el protectorado chiíta de Irán.

Para los árabes sunitas, Líbano fue un actor relevante en lo estratégico como un centro financiero regional y mundial donde en el pasado se canalizaron los excedentes generados por los ingresos petrolíferos, el país disponía de un sistema financiero y bancario liberal ejemplar. Sin embargo, el camino que decidió recorrer lo ha llevado a su miserable situación actual de la que difícilmente pueda emerger en el mediano plazo, si es que no se fragmenta antes y repite la sangrienta y dolorosa experiencia de su guerra civil de 1975, algo que en éste escenario actual no debe descartarse.

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