Masakazu Daibo ha reabierto el restaurante de anguilas de su familia en Namie, una pequeña ciudad del noreste de Japón que fue evacuada después de la catástrofe nuclear de Fukushima en marzo de 2011. Pero por ahora apenas tiene vecinos.
Su restaurante sigue rodeado de edificios abandonados, cubiertos de maleza, en lo que otrora era el centro de Namie, justo al lado de la estación ferroviaria.
Diez años después del terremoto submarino que desató un tsunami que a su vez provocó el peor accidente nuclear del mundo desde Chernóbil (26 de abril de 1986), las localidades que se enfrentan a la amenaza de las radiaciones se preguntan: ¿cómo reconstruir una comunidad?

En los meses posteriores a la catástrofe se prohibió el acceso a hasta el 12% del departamento de Fukushima, es decir más de 1.650 km2. Hasta 165.000 habitantes acabaron desplazados, por obligación o por elección propia.
Las autoridades han declarado seguras muchas zonas después de las operaciones de descontaminación llevadas a cabo en los últimos años.

Pero muchos de los desplazados de Fukushima son reticentes a volver, a pesar de los incentivos financieros del Estado y a los alquileres baratos.
Masakazu Daibo se atrevió a dar el paso el año pasado para ocuparse del restaurante que tenía su abuelo en Namie antes de la catástrofe, a unos nueve km de la planta nuclear accidentada.

Perros errantes, vacas y cerdos
Namie y otras 11 ciudades aledañas formaban parte de una zona de exclusión alrededor de la planta nuclear, solo accesible para visitas breves durante años.
“No quedaba nadie, pero la ciudad seguía. Era como el decorado de una película”, cuenta a la AFP Daibo, de 65 años. “Solo veía a perros callejeros, vacas y cerdos”.
Debido a la radiación hubo que derribar las paredes del restaurante y Masakazu Daibo tuvo que tirar todo lo que había en el interior.
Ahora espera que sus clientes recuperen, gracias a él, el “sabor de antaño”. “Espero que mi presencia sea un rayo de sol para esta ciudad”.

Las restricciones se han levantado para una quinta parte del territorio de Namie, cuya población actual (1.580 habitantes) representa apenas el 7,5% de la de antes de marzo de 2011.
Alrededor del 36% de los habitantes tienen 65 años o más, en comparación con el 29% del promedio nacional. Los colegios del municipio solo acogen a 30 alumnos, contra los casi 1.800 de hace diez años.

Japón sufre un fuerte envejecimiento demográfico de la población, pero en el caso de Namie “es como si el futuro en 20 años hubiera llegado de golpe”, explica Takanori Matsumoto, un funcionario municipal.
“Nuestro principal desafío es sobrevivir como comunidad”, reconoce.

Alrededor de 337 km2, es decir el 2,4% de la superficie del departamento de Fukushima, siguen siendo inhabitables en la actualidad, y la población de “desplazados” se ha reducido a 36.000 personas, según cifras oficiales que muchos expertos consideran infravaloradas.
El gobierno no ha fijado una fecha para el levantamiento de las órdenes de evacuación restantes, y persisten las dudas sobre la duración del desmantelamiento de la central de Fukushima Daiichi, que se cree que puede durar 30 o 40 años.
Por el momento solo se ha limpiado el 15% de la zona de descontaminación delimitada por el gobierno, denunció la organización ecologista Greenpeace en un informe publicado la semana pasada, basándose en sus propias mediciones de la radiación.

“Nadie abre la puerta”
“Si estuviera sola, volvería”, asegura Megumi Okada, una madre que se fue de Fukushima después de la catástrofe aunque no vivía en una zona de evacuación.
“Pero como madre, siento que quiero evitar riesgos para mis hijos”, añade Okada, que ahora vive en Tokio.
La vuelta a veces deja un sabor amargo. Takao Kohata, de 83 años, ha regresado a Minamisoma, al norte de la central accidentada, pero los padres de sus cuatro nietos no les permiten visitarlo por miedo a la radiación.

“Entiendo perfectamente sus preocupaciones, pero me siento un poco triste y solo”, confiesa a la AFP.
Masaru Kumakawa, también de 83 años, regresó a Namie hace tres años, aunque fue el lugar donde perdió a su esposa en el tsunami de 2011.
Dirige una asociación para restablecer los vínculos entre los habitantes pero le cuesta tejer lazos con sus nuevos vecinos.
“Han vivido como evacuados durante demasiado tiempo”, dice. “Llamas a la puerta, pero nadie abre”, agrega.
Con información de AFP
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