
Hace 21 años, Vladimir Putin surgía de la nada a la presidencia de Rusia. Desde entonces, logró tanto poder como sólo tuvieron antes los zares y Joseph Stalin. Pero no le parece suficiente. Quiere permanecer en su puesto hasta el 2036, cuando ya tenga 84 años. Para eso necesitaba una reforma de la Constitución. Un referéndum que en principio estaba programado para el 22 de abril pero que la pandemia del coronavirus le hizo posponer. Hasta esta semana. Los rusos comenzaron a votar el jueves 25 de junio y finalizarán el 1 de julio. Tres días más tarde estará el resultado. Nadie duda de que será favorable a las ambiciones del presidente. El aparato de poder del Kremlin está funcionando a toda máquina para conseguir el objetivo. Putin no puede perder. Si su entrenamiento físico de agente de inteligencia le sigue dando la salud que mostró hasta ahora, será el máximo líder de Rusia por otras dos décadas.
Con ese objetivo en mente, su partido hizo el despliegue al que ya tiene acostumbrado a su audiencia receptiva. En los últimos días, los habitantes de Moscú y San Petersburgo recibieron en sus teléfonos celulares una publicidad en la que les decían que podían ganar “millones de rublos en premios”, desde televisores hasta heladeras, si votaban por el Sí a la reforma constitucional y demostraban que habían ido, efectivamente, a sufragar. En otras regiones, fueron más acéticos. Directamente utilizaron el antiguo método de las urnas matryoshka (también conocidas como mamushkas): que ya vienen cargadas . En vez de muñequitas traen votos por el oficialismo y, simplemente, se las cambia por las urnas originales. También hay muy poco control de los centros de votación con muchos efectivos de seguridad trabajando en la pandemia. Pavel Lobkov, un reportero del canal TVRain, mostró como pudo votar dos veces sin mayores problemas, una en forma presencial y otra en forma remota. Los dos votos fueron contados como válidos.

También se ocuparon de las redes sociales. Varios “influencers” contaron en sus espacios de Instagram y TikTok que recibieron ofertas de miles de rublos por llamar a los jóvenes a ir a votar por la reforma. También hicieron campaña a favor las grandes compañías que están manejadas por los “oligarkas” cercanos al régimen y todo el aparato de empleados del Estado. En algunas empresas se registraron sorteos para sus trabajadores aplicados y en oficinas gubernamentales, hospitales y escuelas se les dio el día libre para que vayan al centro de votación. Incluso fueron “inducidos” los médicos y enfermeras que están en la primera línea del combate al Covid-19. En Rusia hay oficialmente 630.000 contagiados y cerca de 9.000 muertos, pero los expertos sanitarios dicen que hay que multiplicar por diez para llegar a la cifra real.
Las encuestas marcan que el nivel de aprobación de Putin viene bajando considerablemente desde 2018. Y que la oposición democrática, aunque dividida y de un muy amplio arco ideológico, crece sostenidamente, probablemente tiene el 50% del electorado o más. Pero nada de esto pone en duda el resultado del referéndum. Las librerías de Moscú venden ejemplares de la nueva constitución con una foto de Putin en la tapa y carteles que dicen que se trata de las leyes que van a regir la vida de los ciudadanos rusos a partir de ahora. El Kremlin quiere terminar con el proceso lo antes posible porque teme que las consecuencias económicas de la pandemia puedan generar protestas que cambien el humor social. “La situación es inestable, la gente está en una situación difícil. Muchos han perdido sus puestos de trabajo y más podrían perderlos en el futuro”, explicó Tatiana Stanovaya, analista de R.Politik, al corresponsal de The Guardian. “Ellos [el gobierno] quieren celebrar esta votación rápidamente y cerrar el tema. Cuanto más tiempo pasa, más difícil sería movilizar a la gente y obtener el resultado que esperan”.

La estrategia de campaña del Sí no estuvo centrada directamente en la figura de Putin. Las publicidades resaltaron otras enmiendas como la que establece que “el matrimonio es sólo la unión entre hombres y mujeres”, una concesión a la Iglesia Ortodoxa y contra la comunidad LGBTI. También determina la indexación anual de las pensiones y de los salarios básicos “para asegurar el nivel de subsistencia de toda la población”. Algo que la oposición tildó de “medida populista muy difícil de cumplir en plena crisis económica”. Y varios otros puntos que resaltan el nacionalismo. Los carteles de propaganda oficial que empapelaron las principales ciudades de este enorme país, llaman a los rusos a “preservar los valores de la familia” y a “proteger nuestra lengua y nuestra cultura” con la figura del poeta Alexander Pushkin, el creador de la literatura rusa moderna.
El propio Putin se mantuvo distante de la campaña. Los analistas de la prensa moscovita remarcaban esta semana que el presidente estaba abordando el tema “con cierto desdén”. De hecho, hizo propaganda por otros medios. Organizó un desfile de 14.000 soldados, tanques y misiles para conmemorar el 75º aniversario de la derrota de la Alemania nazi por parte del Ejército Rojo soviético. Estaba previsto para el 9 de mayo, el Día de la Victoria en la Gran Guerra Patria (así se denomina en Rusia a la II Guerra Mundial), pero fue postergado convenientemente hasta el miércoles, un día antes del comienzo de la votación. Estaba previsto que asistieran líderes de todo el mundo, pero por la pandemia sólo estuvieron algunos presidentes de las ex repúblicas soviéticas. Nada de esto perturbó al hierático Putin que siguió remarcando su papel de líder nacionalista. En la semana, también inauguró una gigantesca catedral en las afueras de Moscú dedicada a las fuerzas armadas y con una decoración de temática militar. Y publicó un extenso artículo suyo en la conservadora revista estadounidense National Interest, en el que acusó a Europa y Estados Unidos de no reconocer el papel preponderante de la Unión Soviética en la derrota del nazismo.

Sobre todo, con este referéndum, Putin se saca de encima cualquier oposición interna. Es un antídoto a las discusiones que habían comenzado el año pasado sobre una posible sucesión. “Necesita una referencia que pueda mostrar a sus élites y decirles: ‘Tengo apoyo público para gobernar durante el tiempo que creo necesario. Ninguno de ustedes tiene derecho a discutir sucesores´”, explicó la analista Tatiana Stanovaya. Todo indica que la discusión ahora se trasladará al 2036 y sostendrá otra generación de rusos.
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