
"Cuando explotan los misiles tiembla todo", cuenta Gustavo Iusim a Infobae. Sabe bien de lo que habla, vive hace 18 años en Israel y durante un tiempo su casa estaba en el sur, una de las zonas más peligrosas.
Este argentino es contador de profesión, pero se define como mago "desde los 5 años". En el 2.000 dejó Argentina para hacer allyah, el término utilizado para llamar a la inmigración judía a la Tierra de Israel.
Viajó justo antes del crack económico argentino de 2001. "Trabajaba en un banco, sabía que se venía algo y el sionismo me tiraba, así que vine", cuenta. Ya en tierra israelí dejó los números y se dedicó completamente a la magia.

Antes de llegar a Israel había creado una red de magos solidarios por lo que sabía que con sus shows podía llevar alegría y distraer a todos aquellos que sufren los períodos de más violencia.
Se puso a investigar cómo podía canalizar ese sentimiento de solidaridad y, en tiempo de guerra, recorrió refugios antibomba para llevar sus shows al sur del país. Los refugios antimisiles eran sus nuevos escenarios.

"La primera guerra que me tocó vivir fue la del Líbano, en 2006, y todos los días iba de refugio en refugio para llevarle magia a los chicos que no podían salir. Me iba del sur al norte todos los días. Iba en auto, y constantemente sonaban las alarmas, debíamos bajar y cubrirnos la cabeza", cuenta como si fuera normal.
Gustavo llegaba a los refugios con su magia y una paloma, como símbolo de la paz.
Explica que durante la guerra, en las zonas del país que están en el área roja, las familias deben vivir en estos refugios. Sin poder salir, los trucos de Gustavo eran muy esperados.
"En cada período de convulsión yo hacía lo mismo. Sentía la necesidad de ayudar", cuenta emocionado y agrega que "en épocas normales", va todos los meses a hospitales a visitar niños enfermos y también a entretener soldados heridos.

Cuando se le pregunta cómo suenan las bombas el rostro se le ensombrece. Cuenta que en Ashkelon, en el sur del país, donde solía vivir tenía sólo 20 segundos desde que sonaban las alarmas para esconderse en un refugio. "En los edificios nuevos, hay habitaciones protegidas, pero en los viejos no y hay que correr afuera a buscar el más cercano".
Y advierte que los 20 segundos son casi un lujo: "En Sderot tienen sólo 10 segundos… imaginate que los niños pequeños o los ancianos no llegan a refugiarse".

"Me tocó escuchar cómo explotaban las bombas mientras yo hacía un show en un refugio. Siempre intenté seguir como si nada para llevar alegría en medio de la guerra", vuelve a emocionarse.
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