
En los campos de concentración de Corea del Norte hay escuelas: como el castigo por lo que Pyongyang considera crímenes políticos se extiende a tres generaciones, es habitual que lleguen niños, o que nazcan en cautiverio. "¡Tienen que lavar los pecados de sus madres y sus padres, así que trabajen duro!", dijo el maestro principal del Campo 14 —Kaechon— a Shin Dong-hyuk.
Él hizo una reverencia y mantuvo los ojos bajos: eso es lo primero que se les enseña, junto con mantener la espalda recta, al comienzo de la escuela.

Los niños llevan uniformes negros, a diferencia del que llevan en las escuelas comunes: "Pantalón, camisa, camiseta y zapatos", le dijo al periodista Blaine Harden, quien en Escape from Camp 14 (Escape del Campo 14) contó la historia de la primera persona que se conoce que nació en un campo de concentración norcoreano y logró huir y exiliarse. "Los reemplazaban cada dos años, aunque comenzaban a romperse al mes o dos meses".
En el país que gobierna la dinastía Kim el sistema educativo es obligatorio y gratuito durante el jardín de infantes (a los 5 años), la escuela primaria (Inmin hakkyo, cuatro años desde los 6) y la secundaria (Kodung chunghakkyo, seis años desde los 10). Pero del mismo modo que existen escuelas distintas, llamadas de élite, para niños talentosos y para los hijos de los dirigentes, también hay otras diferentes en los campos de concentración.

Allí el maltrato es la norma: "El Jabalí (maestro) nos trataba más como a animales que como a niños, lo cual, según nunca se olvidaba de recordarnos, era una indulgencia considerable de su parte: 'Dado que sus padres son contrarrevolucionarios, merecen morir, y ustedes, sus hijos, junto con ellos'", contó otro sobreviviente, Kang Chol-hwan, en sus memorias The Aquariums of Pyongyang (Los acuarios de Pyongyang).
"Los niños y las niñas éramos beneficiarios por igual de su brutalidad indiscriminada y su castigo favorito", agregó, "que consistía en ordenarle a un alumno que se pusiera en cuatro patas y se arrastrara frente al resto de la clase mientras decía 'Soy un perro, soy un perro…'".

Los niños llamaban "El Jabalí" al maestro porque ignoraban su nombre. Tampoco debían dirigirse a él si él no les hablaba primero, y jamás debían contestar a sus reprimendas. Llevaba un revólver a la cintura —muchos lo hacen, confirmó también el testimonio de Shin— y "nos gritaba por la menor irritación que sentía y pronto pasaba a insultarnos y golpearnos".
El primer día de clase en Yodok, Kang escuchó al Jabalí explicar un discurso de Kim Il-sung de 1936 en Namhodu y, para demostrar que entendía del tema, levantó la mano y preguntó si podía haber una confusión con su participación en la conferencia de Dahongdan.

"El hombre con el revolver se acercó a mí a paso fuerte y me pegó en la cara con fuerza. Hubo una explosión de risa en el aula. El nuevo había recibido su primera lección", explicó. Desde entonces, como sus compañeros, dejó de participar en clase.
Los niños se levantan al alba y se reúnen para cantar "La Canción de Kim Il-sung"; luego pasan a las salas heladas (se calefaccionan sólo cuando la temperatura baja a -10ºC, o 14 Fahrenheit) y, si tienen suerte, les toca algún maestro que se tome el trabajo en serio. "La mayoría, sin embargo, mostraba una desconsideración completa por nuestro bienestar", escribió Kang.

"Más allá de la dieta ideológica, que es más o menos la misma en toda Corea del Norte, simplemente no hay comparación entre las vidas de los estudiantes de Yodok y las de los estudiantes afuera", siguió. "A diferencia de los maestros que había tenido en Pyongyang —quienes eran atentos, pacientes y dedicados— mis instructores en Yodok eran simplemente brutos, cuya preocupación principal era aplastar a las alimañas contrarrevolucionarias".
A los niños no los llaman por sus nombres. "Se dirigen a nosotros de las formas más duras y crudas", agregó. "¡Eh, tú, el del fondo!", "¡Eh, tú, el idiota de la tercera hilera", "¡Eh, tú, el hijo de la puta!". También era común que los golpearan.

Eso vivió Shin, llevado al extremo, en Kaechon. Un día el maestro, sorpresivamente, requisó a los estudiantes de seis años. Encontró que una niña tenía guardados unos granos de maíz. "Perra, ¿robaste maíz? ¿Quieres que te corte las manos?".
Le ordenó a la niña que se arrodillara en el frente del aula. "Balanceando su largo puntero de madera la golpeó en la cabeza una y otra vez", dijo Shin. Los niños vieron la golpiza hasta que la niña se cayó de frente sobre el piso de cemento; al rato la recogieron y la llevaron hasta la granja de cerdos donde vivía. Pero la chica murió esa noche.

"Los guardias y los maestros lo habían entrenado para creer que cada vez que lo golpeaban, se lo merecía por la sangre traicionera que había heredado de sus padres", describió Harden. "Con la niña no fue diferente. Shin pensó que su castigo había sido justo y nunca se enojó con el maestro por haberla matado. Cree que sus compañeros sentían lo mismo".
Dos cosas se realizaban sistemáticamente en las escuelas, de modo curricular: los castigos y el trabajo.

"Una de las formas más comunes de castigo escolar era la limpieza de las letrinas", escribió Kang. "Un estudiante que llegaba tarde podía esperar que le tocara una semana de limpieza de letrinas, que consistía en limpiar las casetas o vaciar los tanques sépticos". Un compañero del exiliado, golpeado por El Jabalí, murió tras ser golpeado y enviado a un tanque.
"El Viejo Zorro, por su parte, practicaba una crueldad que no tenía nada que envidiarle al sadismo", dijo sobre otro maestro. "Nos golpeaba con método, como un experto técnico del sufrimiento, siempre en busca del modo de maximizar el dolor".

Y el trabajo, en el fondo, era el objetivo principal de la escuela en el campo. "En el invierno, los niños sacaban la nieve, talaba árboles y paleaban carbón para calefaccionar la escuela", contó Shin a su biógrafo. "Todo el estudiantado (unos 1.000) se movilizaba para limpiar los excusados en el pueblo de Bowiwon donde vivían los guardias, algunos con esposas e hijos". Eso consistía en despegar las heces congeladas con azadas y arrojar los desperdicios en unos cubos con las manos.
Recuerdos similares compartió Kang sobre el Campo 15: "Trabajábamos afuera bajo la supervisión del maestro. Así aprendí a plantar arroz, cultivar maíz y talar árboles". Su primer día de trabajo, cuando tuvo que cargar troncos desde una montaña a un pueblo ubicado a unos 3 o 4 kilómetros, iba por el viaje 12 cuando se desmayó de agotamiento. Lo cual molestó a los otros niños: el trabajo de uno afectaba la producción de todos, y corrían el riesgo de ser penalizados por su debilidad.
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