
Los orientales suelen decir que cuando comparamos nuestra vida con la de otra persona, acabamos con nuestra felicidad. Tendemos con suma facilidad a entrar en el terreno de las comparaciones. La comparación con los demás parte del error de considerarnos iguales a los otros, puede tener efectos devastadores para la autoestima porque nos hace sentirnos mejores o peores en relación a aquello que estamos comparando y eso provoca una distorsión en nuestra propia imagen.
Para comparar tenemos que partir desde una igualdad y no podemos hablar de igualdad cuando estamos comparando seres humanos. Cada persona es diferente. Podemos tener coincidencias con los demás, pero cada uno de nosotros seguirá siendo único e irrepetible.
Como seres gregarios que somos, tendemos a juntarnos y arrimarnos a aquellos que tienen algo en común con nosotros, algo que nos hace sentir que formamos parte del mismo equipo o que estamos en la misma sintonía. Podemos así compartir la misma pasión por la lectura, el deporte, la política, la religión o lo que sea, pero eso no nos hace iguales. Nos hace coincidentes en un aspecto de nuestras vidas, pero en el resto seguimos siendo diferentes.
Solemos unirnos por coincidencias y evaluarnos por comparaciones: ¡Mira la moto que se compró fulanito! Juana es más inteligente que yo. Francisco terminó la universidad y yo voy por la mitad de la carrera. Mi gato está mucho más gordo y no tiene el pelo tan brilloso como el de mi vecina. ¡Qué flaca que está Valentina!¡
La respuesta emocional que tenemos ante estos pensamientos es inmediata. De acuerdo a la comparación que hagamos, será el resultado que obtengamos. Si nos comparamos con alguien que está peor que nosotros, nos sentimos mejor, pero si la comparación resulta negativa, aparece el malestar. Las comparaciones nos llevan por caminos equivocados porque partimos desde la desigualdad y la diferencia.
¿Cómo puedo pensar en compararme con alguien que no nació en mi familia, no tuvo mi educación, no tuvo a mis papas de padres y a mi hermano de hermano. No se crió en mi barrio, ni compartió mis mismos maestros, ni mis dolores, ni alegrías, ni mi forma de pensar. La persona con la que me comparo no tiene mi cabeza, ni mi personalidad, ni ha vivido mi vida. Esa persona tiene otra mente, otros padres, otra familia, otros hermanos, otra educación, otros aprendizajes, otras experiencias, otros maestros, otros abuelos y otros hijos. Es una persona diferente, tal vez con unas cuantas coincidencias, pero a pesar de ellas, sigue siendo diferente.
Podemos tener coincidencias con los demás, pero la única comparación y medición válida que podemos hacer es con nosotros mismos.
Mírese ayer y compárese con hoy. Pregúntese cuánto esfuerzo, dedicación y compromiso le pone a su vida y compare su ayer con su presente. ¿Está mejor o peor? ¿Hizo todo lo necesario para alcanzar sus objetivos? De esa forma la comparación es más cierta y real. Es usted con usted mismo. Con todos sus recursos, con toda su historia. Con todo lo que es y con todo lo que ha hecho o no para mejorar.
Recuerde: si usted no está como esperaba, busque la forma para estar a la altura de sus expectativas y póngase en modo *mejora continua*. De esa manera, no correrá el riesgo de mirarse en el espejo equivocado.
*Psicóloga y escritora
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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