
Mario Garfias es muy claro: "A las mujeres les decía que yo las iba a tratar diferente, que las quería, que las iba a proteger y que nunca les haría daño" y esa fue precisamente la táctica que usó durante años para enganchar jóvenes a las que él y su familia prostituían en el barrio de la Merced, uno de los más típicos en Ciudad de México.
A Mario siempre le gustaron el poder y el dinero, dos cosas que no podía obtener como empleado de un hotel de paso en el que limpiaba los cuartos que ensuciaban los fugaces clientes. En este lugar fue en el que conoció las historias de prostitutas que cada hora llegaban con distintos compañeros.
Algunas a menudo llegaban con marcas en el cuerpo, víctimas de los hombres que las regenteaban cuando no cubrían la cuota mínima diaria. Mario, como lo reconoce en un documental de BBC Mundo de 2017, les empezó a "hablar bonito, a decirles que yo no las iba a tratar así, que yo no les pediría tanto, pero terminaba tratándolas peor". Para someterlas, las golpeaba con un bat de béisbol, siempre procurando no tocar la cara "porque tenían que trabajar".

Cuando no se daba abasto con las chicas que "le robé a otros padrotes" -llegó a tener hasta tres en una misma zona-, acudió a la ayuda de la familia y a así reclutó a su hermano menor -en total eran cinco-, Enrique, y a su madre, Esperanza, quienes llegaron a aterrorizar por la forma en la que trataban a las mujeres que prostituían, a las que llamaban "mercancía".
"Llegué a robarme chicas en las calle a las que las agarraba y me las llevaba en el hombro", dijo Mario a la BBC. Al bat de béisbol al que llamó "Panchito" y cuando alguna de las mujeres, varias de 16 años, no cubría la cuota, les decía que era hora de "ver a Panchito" y las golpeaba en las piernas, la espalda, los brazos y el trasero.
El diario El País publicó en diciembre de 2017, que para infundirles miedo, evitar que huyeran y cumplieran con el trabajo, las torturaba con pistolas de dardos y en una ocasión a una de ellas la ataron a una silla y le colocaron cohetes en la cara.

Garfias llegó a tener un lucrativo negocio que empezó en 1997 y terminó en 2003. Además de darle empleo a la familia le generaba ganancias hasta por USD 1.000 diarios a través de unas 10 mujeres y chicas que atendían a alrededor de 20 clientes al día.
En distintas entrevistas, Garfías y su familia ha señalado que crecieron en un ambiente en el que la violencia contra la mujer era algo normal. Esperanza relató para la BBC que había sido abusada sexualmente a los 5 años por un vecino, después sufrió la misma agresión por parte de familiares por lo que huyó de casa a los 12 años para entrar a un ambiente de cabarets y prostitución, en el que crecieron sus hijos.
A su única hija la llevó por primera vez a un cabaret a los 13 años, "y le dije a mi hija: 'tu vas a hacer mi sucesora, no pensé el daño que le estaba haciendo en ese momento. Eso no fue todo, la inicié en el alcohol de toma, toma, toma, no como si fuera mi hija sino como si fuera mi compañera de trabajo", expresó en el documental de la cadena británica.
Cuando Mario empezó el negocio "me sacó de la prostitución para llevarme chicas", ella era la encargada de vigilarlas y darles de comer, "de víctima pasé a ser victimario".

Enrique se convirtió en el enganchador, primero cortejaba y enamoraba a las chicas y después las secuestraba para prostituirlas en el negocio del hermano. Finalmente, un intento fallido de llevarse a una joven terminó en una denuncia y fue así como los tres integrantes de la familia cayeron presos y fueron sentenciados a 18 años de prisión acusados de los delitos de corrupción de menores, lenocinio, asociación delictuosa, intento de corrupción y privación ilegal de la libertad.
Al llegar a prisión, los hermanos recibieron el trato que se da a los hombres acusados de delitos relacionados con el abuso y maltrato a las mujeres, pero, como señala Mario el peor de los castigos es que la mujer que lo iba a ver para llevarle dinero que lo ayudara a pagar las cuotas que se cobran en la cárcel, terminó prostituyendo a su hermana.
Una vez en prisión, los dos hermanos y la madre se convirtieron en cristianos renacidos, debido a su buen comportamiento y a cambios en el Código Penal Federal, salieron libres a los 11 años.
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