
La acumulación de plástico en el océano Pacífico llegó a un punto sin precedentes: un nuevo estudio detectó desde satélites un viraje de color en las aguas que rodean el Gran Parche de Basura del Pacífico (GPGP), la mayor zona de concentración de residuos plásticos del planeta. Las imágenes registradas durante dos décadas muestran que esa franja oceánica se volvió más brillante en tonos azul y verde hasta adquirir una tonalidad cian que los científicos no atribuyen a fenómenos naturales.
La investigación, publicada el 5 de noviembre en la revista Communications Earth & Environment y difundida por CNN, fue desarrollada por investigadores de la Universidad de Bergen, en Noruega. El equipo analizó tres conjuntos de datos satelitales recopilados entre 2002 y 2022 sobre el norte del océano Pacífico. Los resultados indican que la luz azul creció cerca de un 10% en algunas zonas del parche, mientras que la verde aumentó entre un 2% y un 4%: esa combinación espectral genera la coloración cian que los instrumentos espaciales lograron captar.
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Los microplásticos dispersan la luz de forma distinta a los organismos naturales

El agua de mar es azul porque dispersa las longitudes de onda más cortas del espectro visible y absorbe las más largas, como el rojo o el naranja. Las sustancias que flotan en ella —fitoplancton, algas, sedimentos— modifican esa dinámica, pero de manera predecible. Las partículas plásticas, en cambio, absorben poca luz y la dispersan con gran intensidad, lo que genera un brillo particular en las bandas azul y verde que no suele producirse por causas biológicas.
Daniel Koestner, investigador postdoctoral en la Universidad de Bergen y coautor del trabajo, reconstruyó ese proceso en laboratorio: creó mezclas de residuos plásticos y analizó con láseres cómo esas partículas interactuaban con la luz. Luego calculó qué concentración sería necesaria para que el fenómeno resultara visible desde el espacio.
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El Gran Parche de Basura del Pacífico (GPGP) surgió como el candidato más claro: ubicado a mitad de camino entre Hawái y California, abarca alrededor de 1,6 millones de kilómetros cuadrados y concentra casi 80.000 toneladas de desechos arrastrados por las corrientes oceánicas. En algunas zonas superficiales del parche, la densidad de fragmentos plásticos puede alcanzar los 17 miligramos por litro cúbico.
Las simulaciones cuadriplicaron la probabilidad de que el plástico sea el responsable del cambio

Para determinar si el viraje cromático podía obedecer a causas naturales, el equipo recurrió a modelos de transferencia radiativa y generó más de 50.000 espectros de brillo oceánico mediante simulaciones de Monte Carlo. Los científicos variaron factores como las poblaciones de fitoplancton, la materia orgánica disuelta y las partículas minerales. En todos los escenarios, el brillo simultáneo en las bandas azul y verde resultó difícil de reproducir sin incluir plástico como variable.
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Shea Cheatham, estudiante de doctorado de la Universidad de Bergen y autora principal del estudio, explicó en declaraciones recogidas por Scientific American: “Cuando incorporamos partículas de microplástico en nuestras simulaciones, el patrón de brillo que observamos cerca del Gran Parche de Basura del Pacífico se volvió más de cuatro veces más probable.” Los tres conjuntos de datos satelitales coincidieron en que algún grado de brillo cian se registró en el área, aunque difirieron en la magnitud exacta.
Por su parte, Tim Smyth, del Laboratorio Marino de Plymouth, en el Reino Unido, ofreció una lectura más cauta del hallazgo. “En síntesis, esto es evidencia convincente de una posible firma satelital de acumulación de microplásticos, más que prueba de que los satélites los hayan detectado en sí mismos”, señaló según New Scientist.
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El hallazgo abre la puerta a monitorear la contaminación plástica desde el espacio

Más allá del debate sobre la causalidad, el estudio sienta las bases de una herramienta de seguimiento a escala global. Si la técnica se valida con muestras directas de agua oceánica, podría aplicarse para identificar otras zonas de acumulación plástica en el mundo sin depender exclusivamente de costosas expediciones de campo. “Eso significaría contar con áreas objetivo para la limpieza”, afirmó Koestner.
Los fragmentos plásticos representan una amenaza que va más allá de la contaminación visual: ingresan en la base de la cadena alimentaria marina, afectan la conducta de los peces, dañan microorganismos oceánicos y terminan acumulándose en los mariscos y pescados que consume la población humana. También pueden transportar contaminantes químicos y reducir la capacidad del océano de absorber dióxido de carbono.
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El paso siguiente, según Cheatham, es recolectar muestras de agua directamente en el GPGP y medir las concentraciones reales de residuos para confirmar el vínculo. “Todavía estamos a un paso de probar de forma definitiva que los microplásticos están causando el viraje que vemos”, admitió.
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