
El pequeño pueblo de Miquelón enfrenta una transformación histórica frente al avance implacable del océano. La comunidad, de apenas 600 habitantes, debate su futuro mientras se convierte en el primer territorio francés comprometido oficialmente en una migración planificada por la amenaza del aumento del nivel del mar, impulsado por el cambio climático.
Asentado en la isla homónima, dentro del archipiélago francés de Saint-Pierre y Miquelón, se ubica en el Atlántico Norte, a unos 25 kilómetros al sur de la isla canadiense de Terranova. Estas islas, bajo administración francesa, se encuentran en América del Norte.
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La decisión de desplazar el pueblo a terrenos más elevados divide a los residentes y refleja los desafíos sociales y logísticos que plantea la crisis ambiental en territorios vulnerables. La historia de Miquelón, marcada por el apego a la tierra y una cultura ligada al mar, ilustra un fenómeno global: el aumento del nivel de los océanos, identificado como “una amenaza existencial para naciones insulares enteras”, según la secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial (WMO), Celeste Saulo.
Mientras el océano borra viejas certezas y redefine geografías, el relato de este remoto asentamiento pone en primer plano la urgencia de encontrar nuevas vías de adaptación y resistencia. Cabe recordar que, de acuerdo con la NASA, “los niveles globales del mar están aumentando como resultado del calentamiento global causado por el hombre, con tasas recientes sin precedentes en los últimos 2500 años o más”.
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Un traslado sin precedentes en Saint-Pierre y Miquelón

La decisión de mover Miquelón a una colina situada 40 metros por encima del nivel del mar surgió tras años de advertencias y episodios climáticos extremos. Según declaraciones de residentes, brindadas al medio The Guardian, el detonante fue la declaración en 2014 del entonces presidente de Francia, François Hollande, quien alertó al llegar a la isla que el pueblo enfrentaba “el riesgo de desaparecer a causa del ascenso del nivel del mar”.
Esa intervención culminó con la imposición de un plan de prevención de riesgos costeros, que prohibió toda construcción nueva. Esto supuso, para los habitantes, el fin garantizado de su comunidad en la llanura costera.
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“Para un pueblo tan pequeño, significaba que no había futuro”, explicó Xénia Philippenko, geógrafa de la Université du Littoral Côte d’Opale, a The Guardian. Su testimonio subraya la atmósfera de incertidumbre que se instaló entre los pobladores tras la prohibición decretada por el gobierno francés.
La alarma no tardó en materializarse. En los años siguientes, dos tormentas consecutivas azotaron la villa, inundaron viviendas y destruyeron parte de la infraestructura.
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En 2022, otro fenómeno climático, el huracán Fiona, que no impactó en la isla, pero sí en la región, reforzó el consenso entre autoridades locales y parte de la población sobre la necesidad de trasladar el asentamiento. El alcalde de Miquelón, Franck Detcheverry, lideró el proceso de negociación y organización.
“Negociamos con el gobierno para darnos tres años para construir nuestros nuevos hogares. Y lo hacemos poco a poco, con unas siete u ocho casas por año”, aclaró. La comunidad eligió mantener el movimiento como voluntario, y cerca de 50 personas ya formalizaron su adhesión, mientras se habilitan progresivamente servicios esenciales en el nuevo emplazamiento.
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¿Cuáles son las causas detrás del ascenso del mar?
El caso de Miquelón es un reflejo de un fenómeno que expertos globales describen como “acelerado e irreversible”. Gerardo Perillo, miembro del CONICET y la Academia Nacional de Ciencias, explicó a Infobae que “el fenómeno no se puede parar”, porque responde a dos procesos principales: el deshielo de glaciares y la expansión térmica del océano.
La información de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) señala que el nivel medio global del mar subió entre 21 y 24 centímetros desde 1880, y que el ritmo de ascenso “se duplicó en las últimas décadas, de 1,4 milímetros anuales en el siglo XX a 3,6 milímetros entre 2006 y 2015”.
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La NASA registró “un incremento inesperado” en 2024, con un promedio anual de 0,59 centímetros, superando el pronóstico de 0,43 centímetros. Este salto responde, según el análisis de la agencia, a la “expansión térmica” de los océanos, fenómeno por el cual el agua se dilata al aumentar su temperatura, sumado a la incorporación de agua de los hielos continentales.
“Las temperaturas oceánicas están aumentando, lo que lleva a la expansión del océano. Y a medida que las capas de hielo y los glaciares se derriten, agregan más agua”, detalló Perillo a Infobae.
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Además, la aceleración del proceso se traduce en un aumento de la frecuencia e intensidad de fenómenos extremos, así como en la alteración de ecosistemas y sistemas productivos. “El mayor peligro para las comunidades costeras no proviene solo del ascenso gradual del mar, sino de la combinación con tormentas y fenómenos extremos”, advirtió Perillo. Este riesgo se hizo tangible en el archipiélago de Saint-Pierre y Miquelón, cuya frágil geografía queda expuesta a la erosión y las inundaciones.
Impacto social, desafíos y testimonios de resiliencia
El traslado de Miquelón es evidencia de la adaptación ante la crisis climática. Las divisiones internas subsisten, como expuso el alcalde Detcheverry, quien reconoció: “Todos nos conocemos. Por eso es difícil avanzar en un proyecto así”.
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Algunos pobladores, como uno de los pioneros de la reubicación, Phillippe Detcheverry, quien no comparte parentesco con el alcalde, transmiten la resignación forzada por el contexto: “La restricción de no poder construir más aquí, no estar seguros de que estemos suficientemente protegidos del mar, con tormentas cada vez más fuertes y frecuentes, nos obligó a pensar que nuestra propiedad aquí ya no vale mucho”.
Desde la administración local observan un cambio gradual de actitud. Nancy Hayes, miembro de múltiples proyectos comunitarios, expresó su esperanza por la receptividad de vecinos jóvenes: “Soy optimista y positiva porque de lo contrario solo veríamos cómo sube el agua”. Su visión se orienta a transformar el reto en una oportunidad para nutrir el arraigo y estimular el retorno de los migrantes, en un escenario, además, marcado por el envejecimiento poblacional.
A escala global, la ONU advierte sobre “una amenaza urgente y en aumento” para casi mil millones de personas que viven cerca de las costas. Según la WMO, “los lugareños se están quedando sin opciones de adaptación, ya que la construcción de diques, la plantación de manglares y la mejora de los sistemas de drenaje ya no son viables”.
El fenómeno desestabiliza economías, destruye infraestructuras, saliniza acuíferos y obliga a considerar la “migración planificada” como última barrera antes del abandono definitivo. Tal como resumió Perillo: “Todos los lugares con costas bajas están sujetos a potenciales inundaciones debido al ascenso del nivel medio del mar”.

La historia de Saint-Pierre y Miquelón se conecta con experiencias recientes en el Pacífico y el sudeste asiático, donde naciones como Tuvalu o regiones densamente pobladas como Bangladesh ya comenzaron procesos de mudanza.
Las respuestas globales apuestan a una combinación de reducción de emisiones y adaptación, aunque la ciencia sostiene que el fenómeno persistirá durante siglos. La resiliencia de Miquelón y su lucha por preservar su cultura y entorno añade un nuevo capítulo al debate sobre los desplazamientos forzados por el clima.
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