
1. Es antidemocrático
Los portadores de derechos son los ciudadanos, no los territorios (ni los ciudadanos hablando en nombre de los territorios). Cualquier ciudadano es igualmente dueño político de cualquier parte del Estado, porque ninguna pertenece en exclusiva a quienes ocasional o secularmente tienen los pies puestos en ella. Hablar de una «ciudadanía catalana» o «vasca» es como referirse a aquella «equitación protestante» con la que bromeó Borges. El referéndum celebrado (más o menos) el 1-O era inválido no por carecer de transparencia, censo fiable de votantes, recuento limpio, etcétera, sino porque convocantes y participantes carecían de competencia para decidir por sí solos lo que era de todos. Si se hiciera un referéndum «con todas las garantías» (como solicitan al tuntún los de Podemos), la primera de ellas tendría que ser que votasen todos los ciudadanos del país, porque Cataluña es igualmente de todos. Y para eso habría que convencer a los ciudadanos de que aceptasen plantearse la cuestión, lo cual por supuesto no sería obligatorio y habría buenas razones para rechazarlo.
2. Es retrógrado
Porque plantea una ciudadanía basada en el terruño, en la identidad étnica, en la lengua única. En vez de seguir el camino contemporáneo de desnacionalizar lo más posible la ciudadanía, desligarla del pasado y centrarla en los deberes y derechos —es decir, en las garantías— del futuro, vuelve a convertir a los ciudadanos en siervos de la gleba políticos, definidos por aquello que rechazan y detestan más que por lo que son. El «nosotros» de los separatistas es siempre «no a otros». Y marca un regreso al tradicional caciquismo hispánico, que saboteó concienzudamente las promesas liberales y sociales de la democracia española en el siglo XIX y comienzos del XX.
3. Es antisocial
Quienes creemos en las pautas socialdemócratas (hoy presentes en los países más estables y desarrollados, aunque los dirijan partidos aparentemente de distinto signo político, v. gr. la Alemania de Merkel) sabemos que el Estado social debe ser fuerte para no admitir más privilegios locales que los que pueden revertir en mayor bienestar para todos, y lo suficientemente centralizado para garantizar la igualdad de los servicios públicos en todo el país. El único argumento para mantener cualquier disparidad fiscal entre regiones es que sea en beneficio común, no en nombre de «derechos históricos», que son algo así como las brujas de Zugarramurdi de nuestro ordenamiento jurídico y deberían desaparecer
si hay una reforma constitucional. Además, una ciudadanía ligada al fraccionamiento de los territorios perjudica a los inmigrantes que aspiran a ella y que pronto serán una cuota importante de las poblaciones europeas.

4. Es dañino para la economía
Así está quedando patente en la huida de empresas ante el anuncio de la independencia unilateral de Cataluña. Crear fronteras internas y multiplicar los aranceles en un espacio de mercado que hasta ayer estaba unido es un atentado al desarrollo económico y afecta sobre todo a los pequeños empresarios y comerciantes. Ni los ingleses van a vivir mejor después del brexit ni tampoco los catalanes (los vascos son más avisados al respecto, ya dijo Arzallus que «no querían la independencia para plantar berzas») si rompen un tablero común del que tantos beneficios obtienen. Y ello una vez ampliamente demostrado que los agravios económicos que denunciaron no son reales y que no era «España» quien les robaba, sino una importante y muy reconocida familia de la casta nacionalista. Por supuesto, en todos estos vaivenes económicos son los más vulnerables —es decir, los pobres, para entendernos— quienes más padecen la discordia.
5. Es desestabilizador
También hemos tenido ya casi un lustro para comprobarlo, y más en los últimos tiempos. El país se divide en banderías opuestas, se fomenta la inseguridad institucional, jurídica, etcétera, y las fuerzas de orden público se convierten en jenízaros al servicio de caciques locales. Además, brinda una oportunidad de oro para aumentar su cuota de poder a las fuerzas políticas antisistema (Podemos, EH Bildu, CUP) que sólo aceptan formal y transitoriamente las formas democráticas mientras esperan adquirir suficiente peso pescando en río revuelto para sacudírselas en cuanto les convenga. Otras fuerzas totalitarias, como el III Reich, ya se apoyaron en su día en movimientos separatistas de las potencias europeas para zapar su fuerza y someterlas. A mi entender, Podemos —que juega cuando le conviene a favor del separatismo sin aceptarlo explícitamente en su ideari — significa una amenaza mayor a medio plazo para las libertades democráticas de España que cualquier partido nacionalista.
6. Crea amargura y frustración
Siempre que se deshace un país que llevaba mucho tiempo unido, no digamos si son varios siglos, aunque sea con consentimiento legal, deja una ristra de dramas personalesy familiares, como se ha visto en Pakistán, en Yugoslavia… en muchos sitios. La generación que padece la división, sobre todo cuando ha sido precedida y acompañada por una campaña de odio social al distinto fomentada por la educación sectaria y los medios de comunicación criminógenos, queda inevitablemente traumatizada y a veces duraderamente resentida. El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo o una serie de molestias burocráticas…

7. Crea un peligroso precedente
No sólo dentro del país despedazado, porque si un territorio se separa a las bravas o incluso por las buenas pronto surgirán otros contagiados de lo que Freud llamó «el narcisismo de las pequeñas diferencias» que pretenderán seguir el mismo camino. También en Europa, donde ya existen amenazas a esa unión que tantas esperanzas civilizatorias planteó procedentes de los Estados nacionales y que sería aniquilada si opta por dar rienda suelta a los sentimientos disgregadores de vascos y catalanes en Francia, bretones, corsos, partidarios de la Liga Norte italiana, bávaros, etcétera. Esperemos que esta muy real amenaza en perspectiva baste para que los miembros de la Unión Europea apoyen sin fisuras al Estado español en su tarea de atajar el separatismo, recordando que ya una vez en el pasado siglo el enfrentamiento civil en España fue una especie de ensayo general del enorme y sangriento que luego desgarró toda Europa.
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