
Es diciembre. Esa altura de diciembre en la que la Ciudad late a un ritmo que sólo le pertenece a lo que pasa entre Navidad y Año Nuevo, que es prácticamente nada. Muchos de sus habitantes se fueron. Los que quedan hacen lo que pueden entre el cansancio de un año casi entero sobre el lomo y la ola de calor que rebota contra el cemento y se mete por los poros.
Es el atardecer, que a esta altura del año pasa las ocho de la noche, y es la avenida Álvarez Thomas, esa que une y divide Chacarita de Colegiales, y que surca Villa Ortúzar y Villa Urquiza, y ayuda a los camiones a salir a la Panamericana. Pero pasadas las ocho de la noche hay menos camiones que hace algunas horas, y pasada la Navidad hay menos autos y peatones que hace algunos días.
Quedan, sí, las escenas que constituyen la identidad inamovible de este pedazo de Buenos Aires: hay fila para comer fugazzeta de parado en La Mezzetta, hay comensales esperando un pedazo de carne en la vereda de Lo de Charly. O eso creo.
No estoy segura porque en los parlantes del auto se escucha “November rain” y lo único que tengo en la cabeza, prácticamente la única imagen que en la que piensa mi cerebro, es la de Slash escalando el piano de Axl Rose para que su guitarra, su galera, sus rulitos y todo su misterio eclipsen al pelirrojo más sensual de la década del noventa.

Veo a Axl como un novio elegante y rockero en la iglesia, a su blanca y radiante novia caminando al altar, a Slash entregando los anillos y, después, tocando su solo de guitarra en una especie de desierto con esa capilla chiquita y blanca de fondo.
Se parece a la capilla en la que Bill manda a matar a Beatrix Kiddo, pienso, y enseguida vuelvo a esa boda y veo a los invitados empapándose con el diluvio de noviembre, y toda la felicidad nupcial oscureciéndose y convirtiéndose en una muerte y un entierro. Veo a Axl despertándose en cueros de una pesadilla, pero sobre todo la inolvidable imagen de Slash subiéndose al piano, esa escena que los Guns n’ Roses reproducirían tantas veces en sus presentaciones en vivo.
El auto va por Álvarez Thomas pero yo tengo el cerebro mudado a los noventa y, sobre todo, a la pantalla de MTV. Esa pantalla que acaba de dejar de existir tal como la conocimos y a la que tanto hay para agradecerle. Esa señal que hizo escuela para que aparecieran canales de música locales y para la que por lo menos tres generaciones conocieran los sonidos del mundo antes de que el dial up, la banda ancha, la fibra óptica o los satélites de Elon Musk achicaran las distancias simbólicas del mundo.
Y entonces, con el logo de MTV estampado en el horizonte de una avenida que surca la Ciudad, decido que voy a escribir esta nota. Para despedir pero sobre todo para darle las gracias a esa señal que construyó nuestra educación sentimental, ese paraíso adolescente al que los olores, las comidas, las películas, las anécdotas, las canciones y los amigos nos pueden hacer volver en un instante.
El nacimiento y el fin de un imperio
MTV empezó a transmitir el 1º de agosto de 1981, hace algo más de 44 años. Lo primero que se emitió en ese canal fue el video nada menos que de “Video killed the radio star”, de la banda The Buggles. Era, sobre todo, una declaración de principios: el videoclip había llegado para llevarse todo puesto.

“Damas y caballeros, rock and roll. Bienvenidos a MTV, Music Television, el primer canal de música y videos 24 horas del mundo”, fue lo primero que dijo la voz que locutó el inicio de esa señal televisiva que acababa de empezar una revolución.
En sus primeros tiempos, en un mundo mucho más segregacionista que el de hoy, MTV sólo emitía videos de artistas blancos. Pero su audiencia insistía con un nombre que sonaba cada vez más fuerte en el mundo del pop: Michael Jackson. El hombre que se convertiría en el monarca total de ese género musical abrió las puertas para siempre para los artistas afrodescendientes.
MTV expandió su imperio desde Estados Unidos, donde fue creado, al mundo entero. Hizo que Michael Jackson, Madonna, Britney Spears, Oasis, Los Piojos, las Spice Girls, Blur, los Backstreet Boys, los Rolling Stones, Soda Stereo y Los Fabulosos Cadillacs, entre tantísimos otros de tantísimas latitudes del mundo, vendieran más (muchos más) discos.
Hizo que esos artistas fueran conocidos en tierras lejanas, que ampliaran su público internacionalmente, que se los reconociera con premios globales. MTV hizo también que, del otro lado del televisor, millones de televidentes educaran su oído con más versatilidad de la que hubieran podido imaginar antes de su desembarco. Ese es su mayor legado.

El 31 de diciembre de 2025, hace apenas dos días, el MTV que debutó en 1981 se despidió para siempre casi en su totalidad. Dejaron de existir los canales MTV Music, MTV 80s, MTV 90s, Club MTV y MTV Live, que eran los que aún mantenían la tradición de sostener una programación hecha de videos musicales.
El “apagado” impactó en el minuto final de 2025 en Reino Unido, Irlanda, Francia, Alemania, Austria, Polonia, Hungría, Australia, Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. Los motivos de esa decisión son deducibles: el desembarco de MTV en la televisión hace más de cuatro décadas fue apenas una de todas las revoluciones de los medios de comunicación y de la forma de consumir cultura.
Desde hace varios años que la música se escucha y se ve on demand a través de plataformas globales como Spotify y YouTube. Y ese cambio de hábitos impactó en las audiencias de la televisión, algo de lo que MTV no estuvo exento. Mantendrá varios de sus canales en Estados Unidos, pero centrándose sobre todo en la emisión de realities show y dibujos animados.
El pulover de Cobain
Ahora, en esta escena que me coloniza el cerebro mientras pienso en todo lo que hay que agradecerle a MTV, no sé si es diciembre o enero o febrero, pero sé que es verano. Es apenas el arranque del siglo XXI y un litro de cerveza Quilmes cuesta un peso, es decir, un dólar, en un bar marplatense que huele a espíritu adolescente.

Es verano pero refrescó porque así funciona la Costa Atlántica. Una amiga muestra con todo el disimulo posible a un grupo de chicos algo más grandes que nosotras y distingue al que le gusta: “El del pulover de Cobain”.
“El del pulover de Cobain” podría haber sido “el del pulover de Freddy Krueger”, un sweater de rayas horizontales anchas rojas y negras, si MTV no hubiera existido. Pero para ese entonces, llevábamos años viendo a Kurt Cobain, el alma de Nirvana ya muerto en los noventa, cantar su infancia desgraciada en el video de “Sliver”.
En el clip viste el icónico abrigo que le había regalado su amor, Courtney Love. Algún VJ de MTV ya nos había enseñado que la canción era un single de 1990 que se había incluido en el disco Insecticide, que compilaba rarezas de la banda grunge de Seattle. Todo esa docencia hacía el canal de videos musicales.
Claro que también habríamos identificado al chico que le gustaba a mi amiga si hubiera tenido un saco de lana de algún color entre el beige y el té con leche. Habría sido perfectamente correcto decir “el del pulover de Cobain” también en ese caso, porque habíamos visto infinitas veces el MTV Unplugged de Nirvana en el canal.
Habíamos aprendido, para ese entonces, que no había prácticamente ningún MTV Unplugged flojo. Que casi todos eran hitos destacados en la trayectoria de los artistas que los grababan, que ahí había sonidos que nunca les habíamos escuchado a las bandas que nos gustaban y que, además, grabar un MTV Unplugged podía resultar consagratorio para las bandas que recién empezaban.

Los Fabulosos Cadillacs fueron los primeros argentinos en probarse ese traje, aunque estrictamente no se trató de un unplugged porque tocaron con instrumentos eléctricos. Su versión de “Matador” sería elegida después para la compilación Lo Mejor de MTV Unplugged, que también incluiría a artistas como Charly García, Shakira, Ricky Martin, Soda Stereo, Aterciopelados, Café Tacvba y Diego Torres, entre otros grandes latinoamericanos.
MTV producía y grababa las históricas sesiones, mayormente acústicas, y la música se expandía en el mundo. En esas sesiones, los Gallagher se peleaban más de lo que ya se habían peleado, Cerati y Vicentico multiplicaban sus seguidores en Latinoamérica y en Estados Unidos, y Shakira y Ricky Martin, en el mundo entero.
Kurt Cobain se despedía del mundo aunque el mundo no lo supiera, y le ponía su voz desgarrada a una letra de David Bowie -la hermosísima “The man who sold the world”- que, tal vez, muchos conocieron por el disco de Nirvana antes que en la versión original del artista británico. El cerebro y el corazón nos crecían mirando MTV, y comprábamos los Unpluggeds en Musimundo o los copiábamos en la casa del amigo que tuviera cómo hacerlo.
La historia de la música en un televisor de 14 pulgadas
Ahora es 2003 y estoy delante de un televisor de 14 pulgadas. Un dólar ya no cuesta un peso y en el televisor está puesto MTV porque es la entrega de los Video Music Awards, los VMAs, como los llama el canal global. En la cúspide de su principado en el pop y vestida de novia, Britney Spears devela su rostro mientras canta la primera estrofa de un himno que no le pertenece: “Like a virgin”. En la cúspide de su ducado o condado en el pop y vestida de novia, Christina Aguilera canta el estribillo de la canción.

De la cumbre de una escalera armada sólo para que Britney y ella la bajen, vestida de negro, con unas botas altísimas y una galera inolvidable, el mundo entero ve emerger a Madonna. Canta las primeras estrofas de “Hollywood”, su corte más exitoso en ese momento, y desciende al nivel del resto de los humanos al ritmo de su canción.
Dirige a Britney y a Christina, las guía en el baile, las sitúa a su derecha y a su izquierda, las gobierna y, de a una, las besa. Las imágenes recorren el mundo antes de que la humanidad hable de “viralización” y casi nadie que recuerda ese instante se acuerda de que, inmediatamente después de ese ancestro del Chape Tour, Missy Elliot rapeó unos versos y terminaron cantando las cuatro juntas.
Al otro día, en los colegios secundarios, en los negocios, en las universidades, en las oficinas, en los noticieros y en los diarios de papel, se habla sobre todo del beso de Madonna a Britney, pero también a Christina, y del que se dieron las dos discípulas entre sí.
MTV lo hizo. Creó ese instante sensual e histórico, creó tantos otros instantes históricos en sus premiaciones y en sus shows acústicos o enchufados, y también hizo algo que todavía no se llamaba como hoy. Esa tríada entre Britney, Christina y Madonna podría haber inaugurado la expresión “respeten los rangos” sin necesitar ninguna explicación.
Es que en esa programación musical constante, MTV narraba la historia de la música popular. Contaba quién había inventado qué cosa, qué artista había influenciado a otro, qué sonido se escuchaba en el Reino Unido, en la Costa Este de los Estados Unidos, en el Río de la Plata, en Río de Janeiro y en California. MTV era una enciclopedia musical a cielo abierto.
La era de la inmediatez
Ahora es diciembre de 2025, el tránsito no se detiene y la imagen de Slash subido a la escalera apuntando el mástil de su guitarra al cielo sigue vívida. Pienso que el mundo cambia demasiado rápido. Que esperar a que un canal de televisión ponga justo el video de la banda que a una le gusta en una era completamente on demand es un contrasentido.

Pero sobre todo pienso que “November rain” dura algo más de nueve maravillosos minutos, y que lo que más cayó en desuso es que la atención humana, ese bien cada vez más escaso, se concentre en una sola cosa durante ese tiempo. Ese tiempo que antes parecía un recreo cortísimo ahora es una eternidad porque nueve minutos alcanzan para abrir y cerrar varias aplicaciones, scrollear, dar likes, recibir likes, olvidarnos de lo que estábamos haciendo, retomar y, con suerte, terminar algo de lo que queríamos hacer.
Hay mucho por agradecerle a MTV. Esos mundos que nos hizo conocer, esos artistas de los que nos ayudó a enamorarnos, esos sonidos que incorporó a nuestras bibliotecas. Todo eso que descubrimos mientras esperábamos tener suerte y que pasaran el video que nos moríamos por ver.
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