
Era 21 de junio de 1977 en Rapid City, una pequeña ciudad de Dakota del Sur. Aquel día, el público desbordaba el auditorio y no imaginaba que estaba a punto presenciar un momento épico de la historia del rock; menos aún sospechaba que aquel sería uno de los últimos conciertos del Rey.
La década de los setenta fue para Elvis Presley una época de luces y sombras. En cada concierto se hacía evidente su preocupante decrepitud. Incapaz de hilvanar frases con sentido, balbuceando, tosco, enfermo y depresivo, subía al escenario para ofrecer shows cargados de interrupciones y deslices escénicos que hacían tronar críticas feroces en las páginas de revistas y dejaban entrever su imparable declive.
Quizás por aquella sucesión de actuaciones decepcionantes, el 21 de junio de 1977 se convirtió en una noche mítica. Y es que aquel hombre de 42 años, patillas frondosas, sobrepeso y camisas abiertas con ribetes dorados seguía conservando su ingenio. Entre actuación bochornosa y concierto para el olvido, Presley deslumbró y recordó al auditorio por qué siempre sería el rey del rock.
“Tengo que hacer esto primero", dijo el cantante tras detener su actuación. "Este tema que acabo de grabar es una vieja canción llamada Unchainted Melody. Voy a tocar el piano, así que les pido unos minutos”, añadió.
Nunca antes, el intérprete de Hound Dog había versionado el clásico romántico del letrista neoyorquino Hy Zaret, quien la escribió en 1965 -un poco a desgana- a petición del compositor de los años cincuenta, Alex North, quien trababa entonces en una película de bajo costo sobre presidiarios llamada Unchained (Desencadenados).
Ya víctima del insomnio, de los problemas cardíacos, dolores abdominales y mala circulación, Presley se dirigió al piano aquella noche inolvidable y le pidió al batería que sostuviera el micro mientras tocaba la melodía. Y en unos versos que podrían considerarse casi premonitorios, el artista comenzó a entonar...
“Necesito tu amor. Que Dios envíe tu amor.... hasta mí. Los ríos solitarios fluyen hasta el mar... hasta el mar... Hacia los brazos abiertos del mar. Los ríos solitarios lloran. Espérame... Espérame. Estoy yendo a casa. ¡Espérame!”.

Aquella versión íntima, interpretada con pasión y verdad por el hombre que se había convertido en los últimos años en la burla de lo que fue, conmovió al auditorio. Sólo un mes más tarde, el 16 de agosto de 1977, su pareja Ginger Alden encontró al cantante sin vida en el baño de su mansión, en medio de un charco de vómito. Tenía 42 años, y nunca vio publicado su último álbum “Elvis in Concert”, que incluyó aquella versión que quedó por siempre grabada en los anales del rock, “Unchained Melody”.
Esta semana, a través de Twitter, usuarios recordaron aquel momento que iluminó los días más oscuros del artista, consumido por sus trastornos alimenticios, y golpeado por las drogas y los escándalos amorosos.
“Elvis Presley, meses antes de morir, con problemas cardíacos, dolores abdominales intensos, varios órganos afectados, depresión, insomnio, mala circulación, etc... En una de sus últimas actuaciones le pide al batería que sostenga el micrófono, va al piano y canta esto”, escribió en la red social el internauta Sebastián Puig (@Lentejitas).
La publicación se viralizó en pocos días, y ya suma más de 82.500 me gusta y 30.800 retuits.
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