
La escena era absolutamente cinematográfica. Un pequeño departamento en un callejón del West Village, New York. Afuera, noche y frío: febrero azotaba. Adentro, un cuerpo tirado en el baño, en calzoncillos, y una jeringa todavía colgando de uno de sus brazos.
El hombre estaba muerto.
Causa: sobredosis de heroína.
Pero no se oyeron los clásicos gritos del director: ¡Action! ¡Rolling!
Porque no había director ni película.
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Eran las 11 de la noche del 2 de febrero de 2014, y el muerto –de apenas 46 años-, uno de los actores de cine y teatro más geniales y versátiles de su generación: un Oscar por su asombrosa composición de Truman Capote, y una colección de nominaciones y premios que parecía imposible lograr en tan pocos años: recién en 1984 empezó a estudiar teatro, su primer paso.
Pero hubo en él dos hombres. Jekyll y Hyde…
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El que ese día volvió de Atlanta luego de rodar unas escenas de Los juegos del hambre, al anochecer comió en un bar, sacó 1.200 dólares de un cajero en seis operaciones de 200 cada una, y le dejó un mensaje a su amigo y dramaturgo David Bar Katz:"¿Vamos a ver el partido de los Knicks esta noche?"
Y el otro: el que cayó en la heroína muy joven, fue un adicto salvaje, se horrorizó de sí mismo y su drama, entró y salió (como por puerta giratoria) en Narcóticos Anónimos, ganó la batalla –¡25 años sobrio!–, pero recayó hasta el sombrío y solitario final…
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Desde 1999 estuvo casado con la diseñadora de vestuario Mimi O´Donell, y les llegaron tres hijos: el varón Cooper Alexander y las niñas Tallulah y Willia.
Hijos que lo desvelaban: en los intervalos del abismo de la droga fue un padre todoterreno.
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Al parecer, en los últimos tiempos "estuvo atrapado en un triángulo amoroso", según su amigo Katz, pero no se supo quién era la otra mujer.
Por lo demás, no sólo murió un enorme actor, también –algo no muy frecuente en su gremio–un hombre simple: "era como un embajador del Greenwich Village", recordó uno de sus vecinos. Sentado en los escalones del edificio de su departamento, fumando, hablaba con todos, y era un perfecto guía para los turistas. Un tipo cualquiera.
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Pero la droga, como un siniestro juego de subibaja, lo minaba y se delataba como un demonio en esos vaivenes.
De pronto era un caballero pulcro, bien vestido, afeitado, con aroma a buen perfume: uno de esos personajes a quienes los porteros reverencian, aunque no los conozcan.
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Pero la metamorfosis no tardaba: "La piel lo delataba –contó la escritora Tatiana Pahlen, que diez días antes del final lo encontró en el ascensor de la Young Men's Christian Association–: salía de la piscina muy desarrapado, como un vagabundo".
Algo similar sucedió en el aeropuerto de La Guardia: un agente de seguridad recordó que "puso los zapatos y el cinturón en la cinta con descuido, tirándolos. Creo que estaba borracho, o por lo menos lo parecía. Después, del otro lado de la cinta, no podía ponerse el cinturón, los pantalones se le caían, y mostraban un vientre muy abultado. Le hice un chiste (espero que no te quedes sin pantalones), pero me miró con ojos turbios, como perdido".
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Al volver de ese vuelo al mismo aeropuerto, no pudo bajar por sus propios medios. Derrumbado en su asiento, fue necesario bajarlo entre dos y llevarlo al edificio de La Guardia en un carrito a motor. Alguien lo miró con pena, y él dijo:
–Soy heroinómano.
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Sin embargo, un par de días antes, a la mañana, pulcro y despejado, tomó su café expresso muy fuerte en el Chocolate Bar, y habló con varios actores de teatro, entusiasmado:
–Hay varios papeles en cine para mí, dando vueltas, y una oferta para una serie en Showtime.
Pero pocas horas más tarde, el mismo día, Paul Pabst, productor del programa deportivo The Dan Patrick Show, lo vio y le contó a sus amigos:
–¡Qué aspecto terrible tiene! Es un horror. Camina como un zombie, completamente ido…

A las once y media de la noche, luego de leer los dos mensajes de Hoffman sobre sus ganas de ver el partido de los Knicks, mandados a las ocho y cuarenta y ocho cincuenta, Katz le escribió:
–Recién terminé de cenar. ¿Dónde estás?
Pero Hoffman no le contestó. Ya estaba muerto.
Míster Hyde, en su espantosa versión de dealer, había derrotado al doctor Jekyll.
Alrededor del cuerpo exánime, como una trágica corona, había 50 papeles de heroína y varias jeringas.
Su penúltimo acto, los 1.200 dólares que sacó del cajero, tal vez sirvieron para tejer el invisible telón final. Un telón, y también un sudario de heroína.
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