Diez cumbres históricas entre líderes de Estados Unidos y Rusia
Diez cumbres históricas entre líderes de Estados Unidos y Rusia

Hace mucho tiempo que el mundo dejó de ser bipolar. Con un PIB que no llega a representar la cuarta parte del estadounidense, un poderío militar menguante y una área de influencia también en retroceso, Moscú ya no está en condiciones de competir con Washington como en el apogeo de la Guerra Fría. Estados Unidos, por su parte, tampoco conserva el mismo liderazgo que había tenido sobre el hemisferio occidental y está cada vez más encerrado en sus problemas internos.

Sin embargo, desde 2014, cuando Vladimir Putin decidió asumir un rol mucho más activo en el escenario internacional, volvió a quedar claro que, aún sin la capacidad de antes, Rusia sigue siendo el país más influyente del eje postsoviético. China, que perfectamente podría asumir ese rol, prefiere —por ahora— moverse con mayor cautela.

Por eso, ninguna cita bilateral genera una expectativa comparable a una entre los mandatarios de Rusia y Estados Unidos. El encuentro que mantuvieron Donald Trump y Putin este lunes en Helsinki fue quizás uno de las más esperadas de los últimos tiempos. Por un lado, porque hacía ocho años que no se reunían los jefes de Estado de estos países. Por otro, a causa de todo lo que rodea al vínculo entre ambos líderes.

Revisar la historia de las cumbres entre estas dos superpotencias es una manera de adentrarse en la historia política del siglo XX. Estas son diez de las más relevantes para comprender la dinámica del orden global desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad:

Joseph Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill en Teheran, en 1943
Joseph Stalin, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill en Teheran, en 1943

1. Franklin D. Roosevelt — Joseph Stalin (Teherán, 1943)

La conferencia de Teherán, que se desarrolló entre el 28 de noviembre y el 1 de diciembre de 1943, fue el primer encuentro entre los líderes de las potencias aliadas tras el ingreso de Estados Unidos en la Segunda Guerra, a fines de 1941. Es muy recordada la foto de Franklin D. Roosevelt, Joseph Stalin y Winston Churchill —conocidos como "los tres grandes"— sentados tras la reunión.

Ya habían pasado más de dos décadas de la Revolución Rusa, así que las diferencias estratégicas entre los dos mandatarios occidentales y Stalin eran inocultables. Pero la necesidad de vencer a la Alemania Nazi forzó una alianza táctica, que resultaría exitosa.

Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin en Yalta, en 1945
Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Joseph Stalin en Yalta, en 1945

2. Franklin D. Roosevelt — Joseph Stalin (Yalta, 1945)

La conferencia de Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, fue el segundo encuentro entre los tres grandes. Con Hitler prácticamente derrotado, sirvió para delinear el mundo de posguerra. Los Aliados acordaron repartirse el territorio alemán y avanzar en la organización de las Naciones Unidas.

A nivel bilateral, Roosevelt pretendía el apoyo de Stalin en su enfrentamiento con Japón en el Pacífico, y el líder soviético necesitaba la garantía de que las otras potencias no se iban a meter en Europa del Este. Empezaba a perfilarse el mundo bipolar de la Guerra Fría.

Dwight Eisenhower y Nikita Khrushchev, en Camp Cavid, en 1959
Dwight Eisenhower y Nikita Khrushchev, en Camp Cavid, en 1959

3. Dwight D. Eisenhower — Nikita Khrushchev (Washington, 1959)

Nikita Khrushchev se convirtió el 15 de septiembre de 1959 en el primer jefe de Estado de la Unión Soviética en pisar suelo estadounidense. La Guerra de Corea, el primer gran enfrentamiento indirecto entre los dos países, había concluido con un armisticio seis años antes, y la Guerra de Vietnam ya había comenzado hacía cuatro.

Sin embargo, Khrushchev, que había sucedido a Stalin en 1953, estaba en pleno proceso de desestalinización y hablaba de tener una relación pacífica con Estados Unidos. A lo largo de los 12 días que permaneció en el país visitó Nueva York, Los Angeles, San Francisco y Des Moines, y se indignó luego de que no lo dejaran entrar a Disneyland por razones de seguridad. Mostró buena sintonía con Dwight D. Eisenhower durante los encuentros que mantuvieron en Camp David.

Nikita Khrushchev y John F. Kennedy en Viena, en 1961
Nikita Khrushchev y John F. Kennedy en Viena, en 1961

4. John F. Kennedy — Nikita Khrushchev (Viena, 1961)

El contraste con la cumbre anterior no podría haber sido mayor. Dos meses antes, tras la fallida invasión de bahía de Cochinos, Fidel Castro había declarado el carácter socialista y marxista de la Revolución Cubana, lo cual le concedió a la Unión Soviética un aliado impensado, a menos de 200 kilómetros de su enemigo.

John F. Kennedy, que acababa de asumir la presidencia y tenía 44 años, se topó con el experimentado Khrushchev, que se aprovechó de la juventud de su par. El mandatario estadounidense había sido medicado con analgésicos por un fuerte dolor de espalda, así que estaba algo desorientado. Se cree que por eso estuvo a punto de sentarse en la falda del líder soviético, creyendo que la silla estaba vacía.

No pudieron alcanzar ningún acuerdo y JFK se fue muy ofuscado. Luego confesaría que Khrushchev le propinó "una paliza", según The New York Times. En los meses y años siguientes se vivió un recrudecimiento de la Guerra Fría. En Europa comenzó la construcción del Muro de Berlín y en Cuba se produjo la crisis de los misiles, el momento en el que más cerca se estuvo de un enfrentamiento nuclear.

Richard Nixon y Leonid Brezhnev firman un acuerdo en Moscú, en 1972
Richard Nixon y Leonid Brezhnev firman un acuerdo en Moscú, en 1972

5. Leonid Brezhnev — Richard Nixon (Moscú, 1972)

Richard Nixon, que meses antes se había convertido en el primer presidente estadounidense en viajar a China para verse con Mao, fue también el primero en visitar Moscú para una reunión bilateral con Leonid Brezhnev, sucesor de Khrushchev.

Luego del dramatismo que atravesó toda la década del 60, la cumbre inauguró una etapa de progresiva distensión. Los mandatarios firmaron acuerdos de no proliferación nuclear y se comprometieron a hacer esfuerzos para establecer una paz duradera. Volvieron a reunirse en dos ocasiones más.

Mikhail Gorbachov y Ronald Reagan firman un tratado en Washington, en 1987
Mikhail Gorbachov y Ronald Reagan firman un tratado en Washington, en 1987

6. Mikhail Gorbachov — Ronald Reagan (Washington, 1987)

La llegada de Gorbachov al Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de la URSS marcó el principio del fin de la Guerra Fría. Decidido a relajar las normas económicas y políticas del régimen comunista, realizó sucesivas reformas y se acercó a Estados Unidos.

En la cita de 1987 en Washington se firmó uno de los acuerdos más importantes del período: el Tratado INF (Fuerzas Nucleares de alcance Intermedio), que dispuso la eliminación de los misiles balísticos nucleares o convencionales en un rango de entre 500 y 5.500 kilómetros. Entre los dos países destruyeron 2.692 proyectiles, terminando con la carrera armamentista que habían protagonizado en los años anteriores.

Mikhail Gorbachov le regala una ilustración de ambos a George H.W. Bush en Helsinki, en 1990 (Getty)
Mikhail Gorbachov le regala una ilustración de ambos a George H.W. Bush en Helsinki, en 1990 (Getty)

7. George H.W. Bush — Mikhail Gorbachov (Helsinki, 1990)

George H.W. Bush y Gorbachov fueron los líderes que más veces se vieron. En total fueron siete encuentros, la mayoría en soledad, sin asesores. La Unión Soviética comenzaba su proceso de desintegración y la enemistad entre Rusia y Estados Unidos parecía quedar en el pasado.

En la tercera cumbre, que se realizó en Helsinki, en septiembre de 1990, Gorbachov le regaló a Bush una ilustración de ellos disfrazados de boxeadores, en la que un árbitro con cabeza de globo terráqueo les levanta los brazos para declararlos ganadores. Tirado en el cuadrilátero hay una especie de monstruo que representa a la Guerra Fría.

Bill Clinton saluda a Boris Yeltsin en Helsinki, en 1997
Bill Clinton saluda a Boris Yeltsin en Helsinki, en 1997

8. Bill Clinton — Boris Yeltsin (Helsinki, 1997)

La URSS ya había dejado de existir y el vínculo entre Bill Clinton y Boris Yeltsin, el primer presidente ruso de la era postsoviética, era inmejorable. Según el historiador Taylor Branch, Yeltsin se había sentido tan cómodo durante su visita a Washington en 1993, que había bebido de más. En medio de la noche, guardias lo encontraron deambulando por los jardines de la Casa Blanca en ropa interior.

Es cierto que el clima que rodeó a la cumbre de Helsinki en 1997 no era el mejor, porque Rusia se sentía amenazada ante el avance de la OTAN, que había firmado varios acuerdos con países de Europa del Este. Pero Yeltsin no estaba dispuesto a tensar el vínculo, así que sólo se limitó a expresar su disconformidad.

George W. Bush y Vladimir Putin en Liubliana, en 2001
George W. Bush y Vladimir Putin en Liubliana, en 2001

9. George W. Bush — Vladimir Putin (Liubliana, 2001)

Putin llevaba poco más de un año como presidente cuando se reunión con George W. Bush en Liubliana, Eslovenia. Todavía no estaba tan clara la ruptura con la actitud amistosa hacia Washington de su antecesor. Quizás por eso, al salir de la bilateral, el mandatario estadounidense fue muy elogioso con él: "Lo miré a los ojos y lo sentí muy directo y confiable. Tuvimos un muy buen diálogo y pude ver algo de su alma".

Las cosas cambiarían de forma abrupta en los años siguientes. Las guerras de Afganistán e Irak, que implicaron el despliegue masivo de tropas norteamericanas en Medio Oriente, fueron rechazadas por Putin, que se fue volviendo cada vez más proactivo y ambicioso en sus objetivos de política exterior.

Vladimir Putin le entrega la pelota del Mundial a Donald Trump
Vladimir Putin le entrega la pelota del Mundial a Donald Trump

10. Vladimir Putin — Donald Trump (Helsinki, 2018)

Por muchas razones, fue la cumbre más importante de los últimos años. Para empezar, fue la primera después de que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos llegaran a niveles de tensión que no se veían desde el final de la Guerra Fría. La intervención del Kremlin en el conflicto interno ucraniano, que terminó en la anexión de Crimea en 2014, marcó un punto de inflexión. El renacer de Rusia como potencia militar —o como potencia que necesita exhibir ese poderío— se consagró con su decisiva intervención en el conflicto sirio, que permitió la victoria de su aliado, Bashar al Assad, que había sido combatido por Washington.

Por otro lado, está el componente personal que une a Rusia con Donald Trump. La Justicia de Estados Unidos imputó en febrero a 13 ciudadanos rusos y a 3 empresas por interferir en las elecciones presidenciales de 2016 para favorecer la candidatura de Trump. Hace una semana, presentó cargos contra 12 agentes de inteligencia rusos por el hackeo de la campaña de su rival, Hillary Clinton. El Presidente negó siempre haber estado involucrado, y de hecho no hay evidencias ni denuncias en su contra, pero sí contra ex asesores, como Paul Manafort, que fue arrestado el mes pasado.

Sorprendentemente, en la conferencia de prensa posterior a la reunión del pasado lunes —que duró más de dos horas y fue en privado—, Trump desacreditó las investigaciones del FBI y de la Justicia estadounidense, y respaldó la postura de Putin, quien asegura que es todo mentira. Fue tan negativa la reacción de la dirigencia política, tanto demócrata como republicana, que luego se desdijo y afirmó que había querido decir lo contrario.

A diferencia de otros momentos históricos, aunque haya razones objetivas para que el vínculo entre Moscú y Washington sea de mucha tirantez, los líderes de ambos países muestran una curiosa sintonía. Habrá que esperar para ver por cuánto tiempo pueden mantenerla si los objetivos estratégicos de ambos países continúan colisionando.

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