De Chernobyl a Wimbledon: Maria Sharapova, una tenista tan exitosa como cubierta por una capa de hielo

Nacida en Siberia, luego de que sus padres abandonaran la ciudad en la que residían, cercana al reactor, supo transformarse en un producto global, pero al mismo tiempo fue fustigada por la falta de calidez

Especial para Infobae
Sharapova ganó 5 Grand Slam (Reuters/Brandon Malone)
Sharapova ganó 5 Grand Slam (Reuters/Brandon Malone)

El éxito y el fenómeno comercial de Maria Sharapova fueron producto de su esfuerzo y talento, pero también de una tragedia. De no haberse fundido en abril de 1986 el reactor de la central nuclear de Chernobyl, la rusa no habría vivido en Estados Unidos. El tenis, así, se hubiera perdido una estrella. Una estrella dura y glacial que le regaló a su deporte tanto esfuerzo y éxitos como pocas sonrisas.

Sharapova fue, casi sin lugar a dudas, la número uno del mundo menos relajada y empática de las últimas dos décadas. “No tengo la bola de cristal”, le respondió a un periodista el mes pasado en Melbourne cuando le preguntó si se veía jugando en el circuito en el futuro. Acababa de perder 6-3 y 6-4 ante la croata Dona Vekic en la primera ronda del Abierto de Australia, y alcanzaba con verla jugar para entender que ya no tenía recursos físicos ni tenísticos. No era necesario tener bola de cristal alguna, pero la pregunta era absolutamente razonable.

El hombro derecho fue un problema desde sus 21 años, y a los 33 dijo basta. El positivo en un control antidoping -aunque el panel ad hoc determinara que la rusa “no tuvo intención” de doparse- fue un deshonor, y frenó su carrera durante 15 meses entre 2016 y 2017. Pero hubo otros tiempos, tiempos que fueron deportivamente hermosos, aunque Sharapova nunca pareciera libre de verdad.

El 3 de julio de 2004, cuando se impuso 6-1 y 6-4 a la estadounidense Serena Williams en la final de Wimbledon, Sharapova se mostró humana y espontánea como pocas veces sucedería en los años posteriores. Saludó a su rival y corrió a la tribuna a pedirle algo a su padre: un teléfono celular blanco desde el que intentó sin éxito llamar a su madre para compartir la alegría. Tenía 17 años, una derecha con reminiscencias de la de Steffi Graf, y un tenis altanero y avasallante.

Pronto, sin embargo, el producto Sharapova se devoró a la persona, a Maria. Como rusa nacida en Siberia y perfeccionista al extremo, Sharapova buscó siempre ser más estadounidense que los estadounidenses: perfecta en su pronunciación del inglés, perfecta en su aspecto, perfecta en los negocios, perfecta en las frases prefabricadas que pronunciaba en público, lejos de la espontaneidad de Serena Williams o la profundidad reflexiva de otra contemporánea, la belga Kim Clijsters, que vuelve al tenis cuando la rusa se va.

El “producto Sharapova” era demasiado tentador como para dejarle margen a lo espontaneo, a lo no calculado. La multinacional IMG tuvo firmes las riendas de su carrera desde siempre, con uno de sus vicepresidentes, Max Eisenbud, como agente de la jugadora desde sus 11 años.

El accidente nuclear de Chernobyl convenció a Yuri Sharapov de abandonar Gomel, una ciudad que es hoy parte de Bielorrusia y está a sólo 120 kilómetros del reactor ucraniano. Al año siguiente se fue con su esposa, Yelena, a Nyagan, en Siberia. Y allí nació María, que pronto cambió el ártico por el clima amable de Sochi, sobre el Mar Negro. Pero el frío de Siberia siempre la acompañaría, marcaría su carácter aun viviendo en la Florida. Lo cierto es que sin Chernobyl no habría habido Florida, ni tenis, ni éxitos.

Yelena se quedó en Sochi y Yuri se fue con Maria, que tenia apenas siete años, a la academia de NIck Bollettieri, el entrenador de tenis más famoso del mundo, en Sarasota. Ni Yuri ni su hija hablaban inglés, llegaban a Estados Unidos con apenas 700 dólares y llevaba a su hija a los entrenamientos en bicicleta, porque no se podía permitir un auto. Bollettieri los hizo esperar dos años para aceptarla a tiempo completo, porque era demasiado joven. Entretanto, Yuri Sharapov trabajó de todo lo que fuera posible para sostener la vida en Estados Unidos. Maria tenía diez años cuando llegó Yelena y volvieron a ser una familia. El tenis era la obsesión, por eso no había tiempo para que fuera al colegio: recibía clases en su casa.

En aquellos años brillaba en el circuito otra rusa, Anna Kournikova, también producto de la factoría Bollettieri. Pareja hoy del cantante español Enrique Iglesias, con el que tiene dos hijos, Kournikova era muy diferente a Sharapova: su tenis estaba impregnado de una dulce fluidez, aunque incluyera conciertos de dobles faltas, y su imagen, siempre bronceada y sonriente, era lo opuesto a lo glacial. Otra gran diferencia es que no ganó jamás un torneo, aunque fuera semifinalista de Wimbledon a los 16 años y llegara a ser la número uno del mundo. Fue en 1997, Sharapova tenía diez años.

Los resultados plantean un abismo en la comparación, aunque Bollettieri, que a sus 88 años sigue trabajando, cree que Kournikova pudo llegar mucho más lejos.

Sharapova, en la derrota ante Donna Vekic, por el Abierto de Australia 2020 (REUTERS/Kai Pfaffenbach)
Sharapova, en la derrota ante Donna Vekic, por el Abierto de Australia 2020 (REUTERS/Kai Pfaffenbach)

“Si hablamos de talento natural creo que Anna era más talentosa”, dijo el estadounidense a Infobae. “Maria es el ejemplo perfecto de una trabajadora. ¡Lo que trabajaba! Ella es puro negocio, trabaja todo lo que sea necesario. Y su actitud es increíble, no se rinde hasta que está derrotada. Pero las cosas no fueron fáciles para Maria, y sufrió muchas lesiones, cuatro o cinco. Es una chica que trabajaba realmente duro...”.

“Puro negocio”, dice Bollettieri, y no se equivoca. Anna Wintour, la editora de Vogue, amiga de Roger Federer e inspiración para el filme “El diablo se viste de Prada”, puso el ojo en Sharapova y la llevó a la tapa de “Teen Vogue” a los 18 años. Aquel cumpleaños, el de los 18, fue especial para la rusa: lo patrocinó Motorola.

Número uno del mundo por primera vez con apenas 18 años y ganadora de cinco títulos de Grand Slam, Sharapova es una de las diez jugadoras en la historia que ganó al menos una vez cada uno de los cuatro grandes. Si a eso se le suma la medalla de plata que ganó en el individual de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, las razones para darle un lugar prominente en la historia del tenis son más que suficientes.

Su dimensión es, sin embargo, mucho mayor a nivel negocios. Fue desde los 18 y hasta los 29 años, sin interrupciones, la deportista que año tras año más dinero ganó, según Forbes. Cuando llegó el momento de la suspensión por doping, en vez de hundirse, la rusa buscó ser mejor en los negocios, involucrarse de manera que supiera hasta el último detalle de cómo se explotaba su nombre: hizo un curso de diez días en la escuela de negocios de Harvard para aprender sobre “liderazgo y construcción de equipos”, fue pasante en la sede de Nike en Londres para entender cómo razona la gente a la hora de elegir unas zapatillas sobre otras, y también hizo una pasantía en la NBA.

Su marca de dulces “Sugarpova” crece sin pausa. Para crearla envió a Eisenbud a investigar a una pequeña fábrica española cuyos duces le gustaban. Los había probado en Madrid y la inspiraron a una inversión inicial de 500.000 dólares para lanzar su marca. Tiene inversiones en la UFC, el gran negocio de las artes marciales mixtas (MMA), una aplicación (Charly) que permite enviarle mensajes a celebridades y está trabajando en una alianza con un arquitecto, Dan Meis, para convertir a los gimnasios de hoteles en lugares más agradables.

Sharapova era amiga de Kobe Bryant, el basquetbolista que murió en enero junto a su hija en un accidente de helicóptero. “Íbamos a vernos tres días después de ese accidente”, le dijo la rusa al New York Times en una entrevista difundida hoy. Bryan fue, según Sharapova, una “increíblemente sólida tabla de apoyo” durante toda su carrera.

“Creo que todos, en algún momento de nuestro recorrido, podemos parecer más grandes que la vida debido a lo que hacemos. Pero nuestro interior es increíblemente frágil. Y cuando algo te abre los ojos acerca de lo que realmente importa en la vida... Bueno, ese fue un momento en el que me puse a pensar en mi futuro también”.

En aquel enero, antes de la tragedia de Bryant, Sharapova participaba como comentarista de la televisión en una exhibición en Melbourne cuando apareció uno de sus ex novios, el búlgaro Grigor Dimitrov, que no dejaba de mirarla. Raqueta en mano, Dimitrov salió de la cancha y se introdujo en la transmisión.

Grigor Dimitrov - Maria Sharapova, una pareja que dejó cenizas
Grigor Dimitrov - Maria Sharapova, una pareja que dejó cenizas

- “¿De qué están hablando?”.

"¿Qué es esa cosa amarilla?", le respondió Sharapova en referencia a los pantalones cortos de Dimitrov.

- "¡Te gustan, eh!".

- "La verdad que no...", dijo Sharapova.

- "¿No?", repreguntó extrañado el búlgaro.

- "La verdad que no", insistió la rusa.

- "Pensé que te gustaba como me quedaba el amarillo, pero está todo bien. La gente cambia", zanjó Dimitrov.

El amor no siempre fue generoso con Sharapova. Aunque la historia fuera inverosímil, el recuerdo que le dejó su breve noviazgo con Adam Levine, el líder de Maroon 5, es el de una frase insultante: “La dejé porque en la cama tenía menos pasión que un sapo muerto”.

Levine juró no haber dicho nunca semejante cosa y sus abogados reclamaron una inmediata retractación de Exile, una publicación irreverente basada en Moscú. El editor, Mark Ames, alegó que se trataba de una “sátira irreverente” escrita en cinco minutos en la habitación de un hotel en California, pero el daño que le hizo la frase a Sharapova (y a Levine) fue gigantesco, porque centenares de publicaciones la tomaron por cierta y la difundieron por todo el mundo. Era el año 2007: Levine tuvo suerte de que no sucediera en 2019/2020, y Sharapova, la mala suerte de que en aquellos tiempos la mujer no estuviera empoderada al nivel de hoy.

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Tras la decepción de Australia, Sharapova se subió por primera vez a unos esquíes en las pistas de Montana, Estados Unidos. Lo hizo junto al británico Alexander Gilkes, un hombre de negocios que es su novio. La rusa le contó al New York Times lo que le dijo el italiano Jannik Sinner, un prometedor tenista con el que se entrenó en Australia, y que antes de decidirse por la raqueta fue un exitoso especialista en esquí alpino: “Creo que deberías seguir jugando al tenis”.

Ya no, ya es tarde. Sharapova ya no juega al tenis. Quiere estudiar arquitectura y potenciar sus negocios. Y, quizá, lejos ahora de los reflectores de deporte y de la presión de ser perfecta, llegue la hora del deshielo. De terminar con esa capa de hielo nacida en el ártico y que, impulsada por el “american way of life”, creció sin parar para ocultar por años y años la calidez y las sonrisas de la exitosa María.

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