
¿Qué relación tienen un becario investigador del humor en la literatura, una feminista hija de un político de ultraderecha y una pandilla transcontinental de mafiosos? No voy a pedirle a nadie que me crea, de Fernando Frías de la Parra, llegó a Netflix después de pasar durante este año por festivales (entre otros, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata). La película está basada en la novela homónima del mexicano Juan Pablo Villalobos, editada por Anagrama y ganadora del prestigioso Premio Herralde de Novela en el año 2016.
En el libro, el protagonista (llamado como el autor de la novela, Juan Pablo Villalobos) está por viajar a España para realizar un doctorado sobre los límites del humor en la literatura latinoamericana del siglo XX; pero antes de viajar se ve envuelto, por culpa de su primo “Proyectos” -siempre a punto de materializar ideas que nunca lleva adelante-, en una comedia negra de enredos nucleada en un cartel mexicano-español.
Cuando Juan Pablo viaja a Barcelona con su novia Valentina, a quien quiere proteger pero lo único que logra es que se sienta cada vez peor, su vida ya está bajo el control del grupo de mafiosos. Aparecen nuevos personajes, todos desopilantes, como el líder del cartel, “el licenciado”, o la estudiante e investigadora feminista Laia, con quien debe tener sexo para poder acercarse a su círculo íntimo y en especial a su padre, un oscuro y poderoso político de extrema derecha. Por órdenes de los mafiosos, el protagonista debe cambiar su tema de tesis para acercarse a Laia, y de los límites del humor en la literatura del siglo XX debe pasar a estudios de género, viéndose obligado a familiarizarse con teorías como la de Judith Butler, todo con el objetivo de entablar un vínculo con Laia.
La película, protagonizada por Darío Yazbek Bernal y con las actuaciones de Natalia Solián, Anna Castillo, Alexis Ayala y Juan Minujín (en el papel de un argentino desagradable) mantiene el tono de la novela de Juan Pablo Villalobos. Con este elenco, Fernando Frías lleva adelante la adaptación, ambiciosa por el éxito que supuso el libro.
Según contó el director, el libro de Juan Pablo Villalobos le llegó en un momento de crisis. En el proceso de producción de su película anterior Ya no estoy aquí (2019), debió detener el rodaje porque, al momento de filmar las escenas que transcurren en Estados Unidos, a su protagonista le habían rechazado ya tres veces el pedido de visa para poder viajar. En ese impasse, se topó con el libro No voy a pedirle a nadie que me crea y, como a la gran mayoría de sus lectores, le fascinó.
Ya no estoy aquí también es una historia de migración. Pero si la primera sigue a un personaje más marginal de la clase baja mexicana, obsesionado con la cumbia rebajada y que también se ve envuelto sin quererlo en una trama narco, la historia de Juan Pablo Villalobos, en cambio, tangencialmente trata temas que apuntan a otra clase cultural, como las contradicciones del feminismo, lo políticamente correcto en el humor o algunas de las implicancias de la extrema derecha.

No voy a pedirle a nadie que me crea es cercana a la novela especialmente con respecto al guion. Más de un diálogo fue transcrito del texto de Juan Pablo Villalobos (los chistes de nacionalidades, fragmentos del diario de Valentina, líneas de los personajes argentinos). Pero el gran desafío que suponía la adaptación al cine de la novela estaba en rescatar la complejidad narrativa que armó Juan Pablo Villalobos alrededor de la confusión entre narrador y autor. La inquietud que produce la cercanía entre estos dos lleva a la pregunta obvia que encuentra este relato: “¿le creo?”. Esa confusión es su mayor gracia y genialidad. Entonces, la dificultad de hacer esta película estaba en cómo conservar ese aspecto -imposible de por sí, por el cambio de medio-. Aunque esa complejidad fuese irreproducible, sí filmó Fernando Frías una escena con gracia similar: la entrega del Premio Herralde de Novela, con la que sueña el protagonista.
Aunque la película No voy a pedirle a nadie que me crea representa a la vez que reinterpreta la obra original, no conserva la fuerza que tiene la novela, en parte por no seguirle el ritmo y también por algunas decisiones tales como una dirección de fotografía un tanto experimental. Así y todo, es una película que merece ser vista por todo aquel que haya amado el libro.
(Créditos: Netflix)
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