Por Juan Carlos Quezadas

"…un día el monarca español Fernando VII le preguntó a un visitante mexicano: "¿Qué piensa usted que están haciendo sus paisanos en este momento?" "Tronando cuetes, Su Majestad". Algunas horas después, el monarca español repitió su pregunta y el mexicano dio la misma respuesta. Así varias veces. Y Carlota lo aprendió esa noche: para los mexicanos toda fiesta o conmemoración, cualquier pretexto, era ocasión para hacer estallar cohetes y petardos ensordecedores por horas, días enteros, años, sin acabar nunca."

Noticias del Imperio, Fernando del Paso

I

El cuento es muy sencillo. Incluso roza los territorios del lugar común: el archiduque construye su castillo a la orilla del mar. Justo en el sitio en que se salvó de un naufragio. A los 25 años se casa con la princesa. A los 31 años es coronado emperador de un lejano territorio. A los 34 es fusilado. La emperatriz enloquece y logra sobrevivir 60 años entre visiones y lamentos.
Así, sin nombres y lugares de referencia, la anécdota no nos dice mucho. La situación, sin embargo, comienza a ponerse interesante cuando a ese par de fantasmas les agregamos apellidos y amores, reinos y enemigos.

El archiduque se llamaba Maximiliano de Habsburgo, era sensible, pero ingenuo y fue tío de Francisco Fernando de Austria, cuyo asesinato desencadenó la Primera Guerra Mundial. La princesa se llamaba Carlota Amalia era inteligente, pero explosiva y fue cuñada de Isabel de Baviera, mejor conocida como Sissi. Y el lejano territorio que gobernaron durante cerca de tres años fue México.

El cuento se empezó a torcer cuando una delegación de conservadores mexicanos tocó a su puerta para ofrecerle a Maximiliano, ni más ni menos, el puesto de Emperador de México

Maximiliano y Carlota vivían a las afueras de Trieste. En un castillo que habían construido con la dote que Leopoldo I de Bélgica les entregó al consumar su matrimonio. Ambos gastaban buena parte de su tiempo entre la lectura y el estudio. Eran cultos, guapos y agradables. Lo contrario a la idea que se tiene de los monarcas. En resumen: llevaban una vida tranquila y feliz hasta que el cuento se empezó a torcer cuando una delegación de conservadores mexicanos tocó a su puerta para ofrecerle a Maximiliano, ni más ni menos, el puesto de Emperador de México.

(Shutterstock)
(Shutterstock)

Las vueltas que da la vida: un día estás persiguiendo mariposas en tu jardín y al otro día eres el mandamás de una gigantesca nación, que está del otro lado del mundo y de la que no sabes mayor cosa. ¿Qué podría salir mal?
Maximiliano dijo que sí, los conservadores se pusieron muy contentos y sobre una mesita que aún se conserva se firmaron los papeles. No hay fotografías que registren el hecho, pero sí una bonita pintura que recrea el feliz momento.

El 10 de abril de 1864, desde el muelle del castillo de Miramar, los emperadores se embarcaron rumbo a México. Algunos años después ella habría de volver a aquella residencia, él jamás regresaría.

Reproducción del momento en que los enviados mexicanos hablan con el emperador y le hacen la propuesta
Reproducción del momento en que los enviados mexicanos hablan con el emperador y le hacen la propuesta

Nada más desembarcar en Veracruz Maximiliano se encontró con un país divido entre republicanos y conservadores, y empobrecido por las recientes guerras libradas contra Francia y los Estados Unidos. Sin embargo la mayor de sus dificultades fue estrellarse de lleno contra la compleja idiosincrasia del pueblo mexicano.

El emperador aprobó una serie de medidas a favor de las clases trabajadoras: reducción del horario laboral, desaparición de los castigos corporales y la prescripción de las deudas de los peones

El lema del gobierno de Maximiliano fue "Equidad en la justicia" y para que no quedara en letra muerta el emperador aprobó una serie de medidas a favor de las clases trabajadoras: reducción del horario laboral, desaparición de los castigos corporales y la prescripción de las deudas de los peones. México se convirtió en el primer país en el mundo en tener una ley que protegía a los campesinos. Todas estas políticas de carácter eminentemente liberal levantaron las cejas de los conservadores que habían ido hasta Trieste para ofrecerle el poder y no sirvieron, sin embargo, para que Maximiliano se ganara el respeto de los republicanos.

Fueron tres años de luces y sombras, de traiciones y heroísmo, de cartas enfebrecidas y sueños sin cumplir. Tres años que acabaron en la madrugada del 19 de junio de 1867 con el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas de Querétaro. En sus últimos momentos tuvo un recuerdo para la emperatriz, que ya se encontraba en Europa, regaló una moneda de oro a sus verdugos y antes de la descarga alcanzó a decir unas palabras: "Que mi sangre se derrame para el bien de este país (…) Voy a morir por una causa justa (…) ¡Viva México!"

La ejecución del emperador Maximiliano, de Edouard Manet
La ejecución del emperador Maximiliano, de Edouard Manet

A pesar del romanticismo que va envolviendo al cuento del emperador, y a ciertos detalles rescatables de su gobierno, a los niños mexicanos se nos enseña desde la escuela que Maximiliano era de los malos. Un enemigo de la patria. Un usurpador. Un criminal que en nombre de intereses oscuros intentó hacerse con el poder de México y que por todo ello a Benito Juárez no le quedó más remedio que pasarlo por las armnas.

Ni vivieron felices ni comieron perdices.

II

Hay libros que se comienzan a leer mucho tiempo antes de abrirlos. Su lectura no se mide en páginas sino en viajes, años, otros libros y acontecimientos que te sucedieron mientras vivías sumergido en la estela de aquella historia.

Yo, sin leer una sola de sus páginas, comencé Noticias del Imperio, calculo, por allí de 1996. Cuando algún maestro de la Escuela de Escritores nos recomendó Palinuro de México y entonces descubrí la prosa de Fernando del Paso. Tuvieron que pasar, sin embargo, 23 años para que por fin me decidiera a enfrentar-escalar-desafiar las 668 páginas de las Noticias del Imperio. De hecho no fue en una página de papel sino en la pantalla de mi teléfono donde me encontré con: Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América… Iba en un autobús urbano rumbo al castillo de Miramar, en Trieste, y me pareció un buen momento para iniciar la lectura formal de la novela. Palabra por palabra. La lectura que de algún modo había iniciado 23 años atrás. A veces levantaba la mirada del libro y me encontraba con el Mar Adriático, grisazulado y casi terso. Como una sábana mal planchada. A lo lejos se veían unas boyas que nunca supe si eran para marcar el rumbo de pescadores pobres o de marineros ricos. Ana verificaba en el google maps las paradas que íbamos pasando. Porto Vecchio. Barcola. Contovello. Después yo regresaba al libro –al teléfono –y leía: Porque, ¿sabes otra cosa, Maximiliano? Todos los días llegan alguna vez, aunque no lo creas y aunque no lo quieras, y por más lejanos que parezcan. El día en que cumples dieciocho años y tienes tu primer baile. El día en que te casas y eres feliz. Y cuando llega el último día, el día de tu muerte, todos los días de tu vida se vuelven uno solo.

Serían cerca de las once de la mañana cuando el autobús nos depositó en una solitaria parada en medio de la nada. El google maps de Ana indicaba que el castillo se encontraba detrás de un pequeño bosque, pero una alambrada nos impedía cruzar por allí. Tuvimos que hacer un largo rodeo hasta llegar a Grignano, el pueblito de los marineros ricos, y allí, por fin, pudimos encontrar una entrada al Parque de Miramar.

Digamos, que al igual que Maximiliano y Carlota entraron de cabeza a México, nosotros entramos a su feudo por la puerta de atrás.

Nos encontramos, primero, con el Castelleto, un edificio ajado y triste. Con las contraventanas cerradas, la pintura agrietada y un ridículo balconcito indigno de una emperatriz. Una casona sin la menor de las gracias, pero fue aquí, sin embargo, donde Carlota pasó los últimos años de su vida. Repitiendo, una y otra vez, el monologo que cien años después Fernando del Paso habría de convertir en novela, dejando en claro que también hay libros que se comienzan a escribir, incluso, antes de que nazcan sus autores.
En el parque nos topamos, también, con una capilla en ruinas y con un jardín adornado por estatuas de ninfas y querubines, pero al final del paseo, pálido y circunspecto, como un cadete en guardia, nos esperaba el castillo de Miramar.

Con la lección aprendida desde mis años de estudiante y con la espada desenvainada me interné en el recinto como quien entra en un sitio a recuperar lo que le han robado. Lo primero que encontré fueron los aposentos del emperador: dos o tres habitaciones diminutas, de techo muy bajo y que pretendían simular el interior de un barco. Maximiliano las diseñó así porque era tan grande su gusto por los viajes que de este modo podía imaginarse en medio del mar aunque permaneciera en casa.

A un lado del barco imaginario se encuentra la biblioteca: un salón luminoso, dominado por un enorme globo terráqueo –por el que seguro también navegaba Maximiliano–. Los bustos de Homero, Shakespeare, Goethe y Dante custodian los enormes libreros que contienen una colección de textos que no han leído –ni juntando todas sus improbables lecturas –los últimos cuatro presidentes de México.

(Shutterstock)
(Shutterstock)

Mientras recorría los pasillos y salones no dejaba de llamarme la atención la aparición de motivos relacionados con México: paisajes, banderas, mapas. Allí estaba, también, la mesita donde se firmó la petición para que Maximiliano se ciñera la corona y junto a ella, como en un cuadro dentro de otro cuadro, la pintura que retrataba el acontecimiento. Muchas de las inscripciones que adornaban las paredes del castillo estaban escritas en español. Repitiéndose, sobre todo, la famosa sentencia de "Equidad en la justicia".

Conforme caminábamos por el castillo Ana y yo no dejábamos de señalarnos estos detalles: una banderita mexicana, una virgen de Guadalupe, un nopal. El sentimiento de desagravio empezó a desaparecer y frente a nosotros quedó, tan sólo, el gigantesco baúl de los recuerdos de un hombre.

Se podrán discutir las motivaciones de Maximiliano, y sobre todo de la gente que le entregó el poder; se podrán juzgar los intereses de las naciones que se escondían detrás de este hecho. Lo que no podrá cuestionarse es el extraño, inmenso y hasta enfermizo amor que Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena profesó por una tierra que apenas conoció y en donde fue a encontrar la muerte.

……………………………………………………….

*Juan Carlos Quezadas es un premiado escritor mexicano, autor de celebrados relatos para niños y adolescentes. Algunos de sus libros son Oki, tripulante de terremotos, En qué piensa una cabeza recién cortada, Desde los ojos de un fantasma y Donde nadie oye mi voz.

 
 

SEGUIR LEYENDO: