
"La Argentina es siempre fascinante", dice Drago Jančar y, aunque este diálogo con Infobae Cultura esté mediado por miles de kilómetros de distancia y una pantalla de cada lado, uno puede imaginarse cómo se le dibuja una sonrisa en el rostro mientras lo escribe en su computadora.
Hace unas semanas, este autor esloveno estuvo en Argentina presentando su novela Aquella noche la vi —Premio a Mejor Novela Extranjera en Francia—, que acaba de traducirse al español por la editorial Bärenhaus. Quien tradujo el libro, al igual que esta entrevista, es Florencia Ferre. Se presentó en la Biblioteca Nacional —organizada por la Embajada de la República de Eslovenia—, pero también en Córdoba y en Mendoza. Todo ese recorrido hizo Jančar y también su mente porque se dedicó, en esta estadía, a ensanchar el conocimiento que ya tenía sobre este país austral caminándolo y hablando con cuanto argentino se le acercara.
Nacido en 1948 en Maribor —en ese entonces, ciudad de Yugoslavia—, Jančar sabe de cambios. El Reino de Yugoslavia se formó en 1929 cuando serbios, croatas, eslovenos y montenegrinos formaron una gran patria eslava y multicultural. En 1941 fue invadido por las potencias del Eje hasta que llegaron los Aliados y en 1945, tres años antes de que este novelista, cuentista, ensayista y dramaturgo naciera, el país logró reestablecerse pero en clave socialista: República Federal Popular de Yugoslavia. Hasta 1991 cuando Eslovenia, tras la Guerra de los Diez Días, finalmente se independizó.
Su novela, que hoy recorre las librerías, es polifónica y está basada en hechos reales: cinco personajes narran el destino de Veronika, una mujer independiente en los años de la ocupación alemana. Una historia de amor y de odio que se entreteje con la Historia de la Europa moderna. "El mundo se ha hecho añicos como este espejo roto desde el que me miran fragmentos de mi cara sin afeitar", dice uno de los personajes y esa desolación se mezcla con una mínima pero necesaria esperanza y con ese conflicto que está siempre a punto de desbordarse y todo junto se cuela también en esta entrevista. Pero empezamos por otro lado, por su visita, por Argentina.

—Quisiera empezar preguntándole por su visita. ¿Qué impresión se llevó esta vez del país y qué diferencias encuentra entre sus anteriores visitas y esta última?
—La Argentina es siempre fascinante: el paisaje, las ciudades, la gente, su historia y su literatura. Conozco sus conmociones políticas y sus problemas económicos, pero los argentinos me parecen personas capaces de superar todas las adversidades con una vitalidad particular, con alegría de vivir, en forma distinta en Buenos Aires que en el interior. Una y otra vez me parece una atractiva combinación cosmopolita que aportaron los emigrantes europeos (entre ellos, también los eslovenos). La gente que por razones económicas o políticas ha tenido que luchar por su existencia entiende que hay que celebrar la vida aún en condiciones adversas. Incluso la melancolía que los porteños han desarrollado en el tango y que han diseminado por todo el mundo es un signo de esa vitalidad. Como en general es válido el cliché de que la Argentina es el más europeo de los países latinoamericanos, es también interesante ver algunas otras influencias que le han dado forma. En ese sentido, me sorprendió el mural de Siqueiros, su arte oscuro, erótico, atractivo y extraño.
—Sé que ha leído autores latinoamericanos como García Márquez, pero ¿argentinos? ¿Qué aproximación ha tenido a la literatura argentina?
—¿Quién no ha leído a García Márquez? El fenómeno García Márquez tuvo una influencia poderosa en toda la literatura mundial. Igual que en otro tiempo los autores rusos. Hay bastantes escritores argentinos en su traducción al esloveno en los estantes de mi biblioteca. La Obra reunida de Borges, por ejemplo, que tradujo un amigo mío. Por nombrar algunos de los que leí en los últimos años: La invención de Morel, de Bioy Casares; El túnel, de Ernesto Sábato; todos los libros de Alberto Manguel, formidable defensor de los libros y la lectura en esta era digital… Es muy interesante Alejandra Laurencich, escritora de raíces eslovenas (su libro Vete de mí es estupendo), en esta última visita a la Argentina nos conocimos brevemente. Me alegró esta vez en particular el encuentro con el escritor Edgardo Cozarinsky. Nos conocimos hace años en Nantes, en Francia, adonde nos invitó a los dos Alberto Manguel, que era el coordinador literario de ese festival. Cozarinsky leyó mis cuentos del libro El discípulo de Joyce; yo leí La novia de Odessa, y ahora estoy leyendo El rufián moldavo, ambos en inglés; voy a ocuparme de que lo lean también en lengua eslovena.
—En esta novela, usted combina la historia grande (el contexto histórico) con las pequeñas historias (la vida de sus personajes). ¿Qué tan difícil fue mantenerse entre medio de ambas?
—La historia es siempre para mí la historia personal. Está claro que en ella influyen de manera definitiva las conmociones políticas de la historia; en esta novela, la violencia que se coló en cada rincón de Europa, en cada familia. Como telón de fondo hay una historia real; cuando supe de esa historia y comencé de algún modo a desbrozarla, me atrajo tanto que en verdad escribí el libro en un tiempo muy breve, en unos pocos meses. Por lo general escribo durante mucho más tiempo.

—En su novela está presente el amor, pero también el odio. ¿Cree que el odio ha encontrado nuevos canales de expresión en estos tiempos?
—Aparentemente mi historia es sobre el amor y el odio, sobre la lealtad y la traición, sobre el deseo de libertad de una mujer a quien un tiempo terrible limita… algo que sólo puede haber ocurrido en un tiempo lejano, cuando se extendió en Europa una ola de violencia inconcebible. Pero si miramos con detenimiento a nuestro alrededor: ¿se trata verdaderamente de un pasado que no puede repetirse? Me parece que estamos viviendo un tiempo muy incierto y de gran tensión. Es como si se nos estuviera moviendo el suelo bajo los pies, como si viviéramos con la impresión de que está por llegar un terremoto. Espero equivocarme.
—¿Se siente un representante de la literatura eslovena? ¿Qué significa ser un escritor en su país?
—No me siento ningún representante. Soy sobre todo un escritor a quien interesan los destinos humanos y la historia, que es, como escribió un poeta esloveno, "la ciega incertidumbre de la humanidad". Pero como escribo en esloveno, la lengua de una pequeña nación en el centro de Europa, sin duda en otras partes del mundo me ven como una suerte de representante de esta literatura. Antes en Eslovenia "ser escritor" significaba también ser un defensor de lo nacional frente a lo extranjero; en particular frente a las presiones alemanas, en tiempos de dictaduras significaba ser un defensor de la libertad de pensamiento. En tiempos democráticos este papel es más marginal, pero por eso mismo es mucho más exigente desde el punto de vista estético. En este tiempo hay que ser, no el defensor de algo, sino sencillamente un buen escritor. Witold Gombrowicz, que trabajó en Buenos Aires como un modesto empleado bancario y al mismo tiempo escribía su literatura innovadora, audaz, puede ayudarme a explicar qué significa ser escritor en una sociedad democrática. Dice aproximadamente lo siguiente: la democracia ama la igualdad, la libertad y la fraternidad. Pero el arte quiere aristocracia, feudalismo y jerarquía. Es una paradoja, pero así es.
—Última pregunta: ¿por qué escribe?, ¿por qué lee?, ¿para qué sirve la literatura en un mundo como este?
—Ay, hace ya mucho tiempo que no me hago esas preguntas. Estoy en la literatura desde hace tanto tiempo que a decir verdad la vivo. Con cada libro que empiezo a leer o a escribir entro en una nueva vida, en un nuevo tiempo, en un nuevo paisaje real o imaginario. Sin eso ya no sabría vivir.
Traducción: Florencia Ferre.
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