
"No creo que los músicos puedan cambiar al mundo", decía Sir Simon Rattle al periódico The Guardian. "Pero lo pueden convertir, transitoriamente, en un lugar mejor".
El caballero Rattle lo declaró cuando volvía a Inglaterra para hacerse cargo de la Sinfónica de Londres. Había estado quince años al frente de la Filarmónica de Berlín y, antes, había colocado a la Sinfónica de Birmingham en el mapa musical –y a sus grabaciones de las sinfonías de Gustav Mahler como referencia obligada, a la par de las de orquestas mucho más famosas–.
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En 2012 había dirigido a su nueva orquesta, la de Londres, en la Sinfonía Swing de Wynton Marsalis. Y en la ceremonia inaugural de lod Juegos Olímpicos de esa ciudad, tuvo como solista a Mr Bean, tocando en un teclado, con un solo dedo, la melodía de la película Carrozas de fuego. "¿No pensaste simplemente en venir aquí y ser el jefe?", dice que le dijo un amigo. Y él lo pensó. Y lo hizo.
Simon Rattle, que empezó su carrera como baterista y, luego, como percusionista, logra aunar, en todo caso, dos características excepcionales, tan inusuales por separado como milagrosas en conjunto. Es posiblemente uno de los músicos más rigurosos, analíticos, informados, cultos e inteligentes a la hora de abordar el repertorio tradicional y a la de imaginar nuevos caminos para las orquestas que conduce. Y es también, alguien capaz de inspirar a los músicos, de hacer que toquen siempre como si fuera la primera vez, de establecer con ellos un contacto personal que, a la manera de los buenos entrenadores deportivos, los convence y los transforma.
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No es un dato menor que, tanto la Filarmónica de Berlín como la Sinfónica de Londres, más allá de ser dos de las mejores orquestas del mundo, estén entre las pocas cuyos directores son elegidos por votación de sus propios integrantes.
Y este sábado 18 y domingo 19, él y la Sinfónica de Londres estarán en el Teatro Colón. La primera noche harán un programa excepcional: la Sinfonía de Requiem de Benjamin Britten y la Sinfonía Nº 5 de Mahler. El día siguiente tocarán una selección de las Danzas eslavas de Antonin Dvorak y renidrán homenaje a Berlioz, a 150 años de su muerte, con la obra que inventa la orquesta moderna, su Sinfonía Fantástica Op. 14.
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En una larga conversación que mantuvimos en ocasión de la visita anterior de Rattle a Buenos Aires, al frente de la Sinfónica de Birmingham, explicaba por qué en el ensayo no habían tocado las obras que luego interpretaron en concierto. "Una vez que una obra está lograda, me gusta que descanse", decía. "Y que los músicos puedan sorprenderse en el momento del concierto. Yo necesito poder sorprenderlos".
Una escena vista en el Festival de Salzburgo de 1999 lo sintetizaba. Allí Rattle había dirigido a la que tal vez fuera la orquesta más conservadora del mundo, la Filarmónica de Viena (fue la última en admitir, y a ragañadientes, mujeres en sus filas). La obra era la Sinfonía Nº 4 de Mahler. El segundo movimiento dialoga, de manera evidente, con la tradición del ländler, el vals campesino de Austria. El ensayo había sido normal; apenas dos interrupciones, una para marcar una cuestión de planos entre secciones de la orquesta y la otra para pedirles a los músicos que no perdieran contacto visual con él en ningún momento. En el concierto, en el momento en que el ländler emerge, Rattle bajó los brazos y señaló a la orquesta. El gesto era inequívoco: "Aquí diríjanme ustedes a mí". Debe haber sido la primera vez que los integrantes de la Filarmónica de Viena sonrieron en un concierto. Y, qué duda cabe, tocaron como nunca.
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"La sensación de volver a casa es importante", dijo en aquella entrevista con The Guardian, cuando se supo que sería el nuevo titular en Londres, luego del período en que la orquesta fue conducida por Valery Gergiev. "Pero lo que encuentro inmensamente atractivo es la curiosidad y el entusiasmo de la orquesta, y la completa falta de basura y especulación en todo esto. Y su flexibilidad, su energía y la precisión rítmica son increíbles".
El director recuerda cuando a los 25 años llegó a Birmingham: "Fue un momento fortuito en que los políticos de ambos lados –se refiere a los laboristas y los conservadores– querían una ciudad nueva. No sólo una nueva imagen sino un nuevo corazón y una nueva alma".
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Ahora, instalado a una hora del centro londinense con su pareja, la notable mezzosoprano Magdalena Kozena, sus dos hijos, de 14 y 11 años y su hija de 7 –tiene además dos hijos de un matrimonio anterior–, Rattle afirma que, después de los 60 –los cumplió en 2015– quiere más tiempo para su familia. No se nota demasiado. Viaja permanentemente de Londres a Berlin. Estrena nuevas obras, como la ópera The Monster in the Maze, de Jonathan Dove, participa activamente en proyectos educativos y toma parte, personalmente, en las audiciones y concursos que realiza la orquesta para incorporar nuevos músicos. "Creo que el último que había hecho eso y que tenía una visión de largo plazo sobre esta orquesta fue André", afirma, refieriéndose a Previn, que fue su titular hasta 1979.
Su compromiso, en todo caso, no se agota en la música. El año pasado firmó junto a otros artistas, como Brian Eno y Jarvis Cocker, una carta al Primer Ministro donde alertaba acerca de los peligros del Brexit, al que consideraba "una cárcel cultural". Aún así, dice que la vida familiar es posible, siempre y cuando no se esté pendiente de que sea "encantadora". Y describe: "Se trata de una mezcla bastante desprolija de fútbol, ping pong, sushi y, sobre todo, de estrategias para que las tortugas no se escapen del jardín. Tenemos tres. Y lo único que hacen es comer, dormir y tratar de escapar".
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*Orquesta sinfónica de Londres
Teatro Colón, Cerrito 628, CABA
Sábado 18 y domingo 19
Entradas: de $ 250 a $ 7000
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