Lillian Hellman y Dashiell Hammett, (George Karger/Pix Inc./Time Life Pictures/Getty Images)
Lillian Hellman y Dashiell Hammett, (George Karger/Pix Inc./Time Life Pictures/Getty Images)

Ninguno, ni él ni ella, habrían podido decir ni escribir el comienzo de Charles Dickens en Historia de dos ciudades, ya que no era "el peor de los tiempos, el mejor de los tiempos": era sólo el peor.

Porque a pesar de la diferencia de edad –Hellman tenía 24 años y Hammett 36 cuando se conocieron: casi en la mitad de sus vidas–, del éxito, de su militancia política…, el mundo ya había estallado entre 1914 y 1918, y en el aire se respiraba el preludio de la mayor tragedia moderna: el nazismo.

Una década, dos guerras mundiales, 120 millones de muertos, y –salvo matices–un planeta en dos mitades: fascismo en agonía pero no muerto, y comunismo triunfante y en expansión, pero con Iósif Stalin y su batuta dirigiendo el macabro concierto de los gulags…, sin contar el nacimiento de la Era Atómica en Alamogordo, Hiroshima, Nagasaki, y sus réplicas: bombas de hidrógeno y misiles bajo tierra esperando su hora. Su vuelo de muerte de uno a otro continente. Y en geopolítica, la Guerra Fría. El Tío Sam versus El Oso Ruso.

Mal que bien, bien que mal, Lillian Hellman y Dashiell Hammet debieron respirar, beber (¡mucho!), escribir y amar en esa ciénaga.

Lillian Hellman

Lillian Hellman
Lillian Hellman

Nació en la Nueva Orleans del jazz, del blues, del góspel, de músicos y cantantes irrepetibles, el 20 de junio de 1905. La llamaron Lillian Florence.

Rebeldía temprana en familia venida a menos pero con madre enferma de delirios de grandeza, y padre alemán de religión judía, zapatero… y despreciado por su mujer.

Mucho después (1973), en Pentimento, el primer libro de su trilogía autobiográfica completado por Una mujer inacabada y Tiempo de canallas, escribió: "Me rebelé contra la familia de mi madre, y en consecuencia contra toda la gente rica".

Autora teatral y guionista de cine, a los 29 años pisó fuerte en Broadway con La Loba, y después en Hollywood con Bette Davis como protagonista en la versión dirigida por William Wyler, y con La calumnia, también llevada al cine por Wyler con Audrey Hepburn y Shirley McLaine en ese potente drama de dos profesoras acusadas de lesbianismo.

De punta a punta de su carrera –24 obras entre textos teatrales, guiones y el tríptico sobre su vida– levantó una bandera, además del socialismo, "contra la hipocresía social de las clases altas norteamericanas, su degradación moral, su ambición, su envidia, y esos silencios elegantes de ciertas damas, más estúpidos o crueles que misteriosos. Una atrofia de emociones propia de la gente bien que es lo más parecido a un estado de coma".

Escindida, sólo tuvo sentimientos profundos hacia los criados negros, los esclavos, los judíos de su familia, y en política abrazó la causa antinazi, la lucha de los republicanos españoles en la Guerra Civil (1935–1939) –de la que fue arriesgada corresponsal y documentalista–, y acompañó en sus viajes a muchos intelectuales comunistas norteamericanos. Argumento más que suficiente para el senador cazabrujas Joseph McCarthy la instalara en el podio de sus listas negras.

El 25 de noviembre de 1930, en un restaurante de Hollywood, le presentan a un hombre: Samuel Dashiell Hammet, que un año antes y con diferencia de sólo un año ha publicado tres obras maestras del género negro: Cosecha roja, La maldición de los Dain y El Halcón Maltés.

Pero el hombre no está en su mejor día: porque sí, o para festejar el éxito de El Halcón…, lleva casi una semana de alcohol corrido: Johnnie Walker etiqueta roja, y no está dispuesto a abandonar el raíd.

Llilian, a punto de divorciarse del guionista, comediógrafo y agente teatral Arthur Kober, le sigue la corriente. "Bebimos como salvajes. Lo único que recuerdo es que unas horas después, en el auto de él, hablamos de T. S. Eliot, y que tenía horribles cicatrices en las piernas y una profunda herida en la cabeza, como un canal…".

Pero otras cosas la sedujeron para siempre. Más allá de su porte, su refinamiento, su elegancia, su ingenio y su aire excéntrico…, juzgó que estaba amasado con la harina de los que se hacen a sí mismos, "no los escritores falsamente rebeldes de los años veinte". En verdad, una visión distorsionada por la pasión: Francis Scott Fitzgerald, Ernest Heminghay, John Dos Passos, no fueron eso…

En todo caso, no fue ajeno a la pasión que los mantuvo unidos hasta 1961, año de la muerte de Dashiell, su compromiso político. Afiliado al Partido Comunista, encarcelado por el Comité McCarthy en 1951, y presidente de la Liga de Escritores Americanos contra la caza de brujas, Lillian –socialista– lo idealizó como a un héroe digno de eternidad. Aunque ella no fue menos. Llamada a declarar ante el grotesco comité, cuyas preguntas apenas rozaban el límite del coeficiente mental entre humanos y simios, no tembló: "Herir a personas inocentes a las que no conozco y quiero desde hace años para salvar mi vida, me parece inhumano, indecente y deshonroso".

Dashiell Hammet

Dashiell Hammett, el padre de la novela negra
Dashiell Hammett, el padre de la novela negra

No menos personaje que los personajes de sus cuentos y novelas, nació en una granja de St. Mary, sur de Maryland. Apenas a los 13 años huyó de la escuela, trabajó en lo que pudo, y a sus 21 vivió y aprendió en la fragua del delito…, pero del lado de los buenos: fue policía y detective de la mítica Agencia Pinkerton en el área de Baltimore.

Pero al sonar los primeros cañonazos de la guerra 1914–1918 se alistó en el American Field Service, un cuerpo de voluntarios que enviaba ambulancias y otros vehículos al frente aliado contra Alemania y sus socios.

Misión que le cobró altísimo precio: la virulenta gripe española, y un año después, tuberculosis. Flagelo que le dejó secuelas de por vida. En el hospital de Tacoma, Estados Unidos, conoció a la enfermera Josephine Dolan, se casó con ella en 1921, les nacieron Mary Jane y Josephine, se separaron, pero no se divorciarían hasta 1937.

A las secuelas de tuberculosis sumó el alcohol, que no abandonaría jamás. Sin rumbo, intentó sostener a su mujer y a Mary Jane, su primera hija, con trabajos temporales, intentó convertirse en creativo publicitario, fracasó…, e intentó el mayor de los saltos sin red: la literatura.

Con alguna ventaja… Su fogueo como detective de la Pinkerton le allanó al camino hacia sus primeros cuentos, publicados en la revista Black Mask (Máscara Negra).

Al principio, sus relatos rezumaron violencia –característica del estilo "pulp"–, pero (refinado caballero al fin), los fue puliendo hasta lograr una perfección que influyó –nada menos– en Ernest Hemingway, Raymond Chandler y Georges Simenon: gigantes indiscutibles.

Usó seudónimos –por caso, Peter Collinson–, creó dos personajes eternos (el detective Sam Spade y el Agente de la Continental, presente en veintiocho cuentos y dos novelas), y como si presintiera que su vida no sería demasiado larga, en pocos años tejió sus obras maestras: Cosecha roja, La maldición de los Dain, El Halcón Maltés, La llave de Cristal, El hombre flaco, Dinero sangriento –serie de historias cortas– y Disparos en la noche, sus cuentos completos.

Los detectives de Hammett y de Chandler, héroes de novela negra en estado puro, abrieron una bifurcación en el clásico camino del policial inglés al estilo de Arthur Conan Doyle y su inmortal Sherlock Holmes.

A grandes rasgos, para Sherlock y sus pares de otros autores el crimen y el descubrimiento del criminal no es mucho más que una operación de ingenio, casi o totalmente matemática, a la que poco le importan la justicia y el castigo, que suceden por añadidura. Lo importante es demostrar una inteligencia superior. El triunfo de la asombrosa deducción sobre el enigma, el misterio, el rompecabezas.

En cambio, los sabuesos Spade y Marlowe no terminan su faena cuando pescan al criminal. Siguen adelante, husmeando en las capas de la sociedad como quien pela una cebolla, hasta llegar al fondo amoral, corrupto, podrido, de los pilares de la sociedad y sus monstruos. Los detectives ingleses son felices. Los detectives norteamericanos, escépticos a fuerza de desencanto.

Dashiell Hammett declarando en el Senado ante la comisión de McCarthy
Dashiell Hammett declarando en el Senado ante la comisión de McCarthy

La otra cara de Hammett fue el abierto activismo de izquierda. Afiliado al Partido Comunista de los Estados Unidos, abierto enemigo de McCarthy y su comité, cliente destacado de las listas negras, y muy quebrada su salud, luchó para ser admitido en las filas de su país al estallar la segunda gran guerra, y premiaron su patriotismo: elevado a sargento, pasó casi todo el conflicto en las Islas Aleutianas editando un periódico del ejército.

La historia de Lillian y Dashiell –tres décadas de peleas, separaciones, reconciliaciones– fue inconmovible. Ella lo acompañó hasta la muerte, con la certeza de que su héroe había elegido el lento suicidio de infinitas botellas de whisky.

El final llegó en Nueva York, el 10 de enero de 1961, a sus 66 años: cáncer de pulmón. Por su papel en las dos grandes guerras, fue sepultado en el Cementerio Nacional de Arlington. Lillian lo sobrevivió hasta el 30 de junio de 1984: infarto letal a sus 79 años.

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