Si hay algo difícil de representar en el cine es la sensación de encierro prolongado. Una película puede hacer sentir el paso del tiempo pero difícilmente pueda en un par de horas mostrar el interminable agobio de que el tiempo se detenga, al menos como lo pudieron sentir las personas que estuvieron confinadas en aislamiento durante 12 años y sin una condena definida. Ese es el desafío que se plantea La noche de doce años, haciendo que esta notable película sea algo distinto a una gesta política o a un canto a la libertad.
La materia prima en la que se basa la narración es el intento por parte de la dictadura uruguaya que arranca en 1973 de terminar de doblegar al grupo armado Tupamaros, a esa altura, muy cerca de ser derrotado. La "táctica" de los militares uruguayos (y su frontman civil inicial, Juan María Bordaberry) fue la de tomar como rehenes a un grupo de importantes dirigentes tupamaros con la amenaza tácita de ejecutarlos si la organización reiniciaba las acciones armadas.
La noche de los doce años recoge la experiencia de tres de ellos –José Mujica, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro— encerrados a lo largo de esa docena de años (1973-1985), a menudo en aislamiento total, algunas veces conversando a través de golpes en la pared, interactuando con sus captores, tratando de resolver problemas elementales (como defecar esposado, por ejemplo) y fundamentalmente intentando no entregarse a la solución más sencilla que era dejarse llevar por la locura.

A priori, no puede sino fracasar la pretensión de hacer sentir al espectador la desesperación de los más de cuatro mil días transcurridos en condiciones inhumanas, sin ver el sol más que esporádicamente, ni tener noticias del mundo exterior, ni una comida decente ni la voz ni el tacto de una mujer.
Sin embargo, los intentos de esa representación, la búsqueda sonora y visual de ese acertijo se cristaliza en una experiencia estética totalmente inusual para el cine latinoamericano, que raramente renuncia al discurso oral para transmitir sus ideas. Hay muy pocos diálogos en La noche de los 12 años y buena parte de ellos son transcripciones escritas sobre la pantalla de conversaciones mantenidas de calabozo a calabozo, golpeando la pared utilizando un código para cada letra.
Los recursos sonoros y visuales desplegados por el director uruguayo Álvaro Brechner son tan virtuosos como así lo es también la decisión de restringir el fuera de campo de la acción. Apenas algunos flashbacks –justificados como recuerdos a menudo distorsionados que vuelven sobre las mentes de los rehenes en esas horas interminables—airean el desarrollo de la película.

Ese aislamiento extremo que se dio en la realidad y que la película respeta sin salir a buscar historias paralelas, tiene el efecto de universalizar su sufrimiento y, de esa manera, despolitizarlo. Las condiciones inhumanas a las que son sometidos esos tres rehenes se convierten en la película en maldad en estado puro, más allá de la ideología de unos y otros. Ayuda también a empatizar fuertemente con el sufrimiento de los detenidos un aire de simpatía que han generado los Tupamaros, especialmente en la Argentina.
En nuestro país tendemos a otorgarle al Uruguay una cualidad mágica, como si sus virtudes fueran una serie de enunciados en contra de la Argentina. Los argentinos pensamos que los uruguayos son calmos, amables, hablan en voz baja y son modestos, honestos y austeros. Quizás mucho de eso sea cierto pero es más fuerte el deseo de que lo sea de manera de que así se resalten especialmente nuestros defectos.

Dentro de esa mitología se piensa que la organización revolucionaria Tupamaros fue romántica y no violenta. Sus acciones más recordadas son fugas incruentas, como la que se produjo en el penal de Punta Carretas.
Sin embargo, también es cierto es que sus objetivos eran revolucionarios y sus métodos no excluían los secuestros, robos armados y asesinatos. Su crimen más famoso es el secuestro y asesinato de Dan Mitrione, un agente del FBI experto en torturas, pero también el asesinato de Pascasio Báez, un humilde peón rural que había descubierto casualmente un refugio de armas.
Ciertamente los tupamaros no tuvieron la obsesión con el dinero de los Montoneros y fueron mucho menos dogmáticos que lo que lo fueron los miembros del ERP. Lo interesante de la experiencia tupamara fue precisamente su reconocimiento de los valores democráticos y republicanos adoptados desde 1985, con el retorno a la democracia. Es sabido que uno de los personajes centrales, Pepe Mujica, ha sido senador y presidente de Uruguay pero también Fernández Huidobro fue senador y falleció en ejercicio como Ministro de Defensa.

Apreciando en esta magnífica película el dolor y el sufrimiento al que fueron sometidos los militantes más destacados de Tupamaros, es fácil llegar a una reflexión extracinematográfica: cuesta creer que el gobierno del Frente Amplio no tenga una relación más empática con quienes en Venezuela sufren exactamente la misma clase de tormentos. La ideología impide que algunos aprendizajes sean completos.
*La noche de 12 años es una coproducción argentina, española y uruguaya. La dirige el uruguayo Alvaro Brechner y la protagonizan el español Antonio de la Torre como Pepe Mujica, el argentino Chino Darín como Mauricio Rosencof y el uruguayo Alfonso Tort como Eleuterio Fernández Huidobro. Fue presentada la semana anterior en el Festival de San Sebastián y está en cines en Argentina desde el último jueves.
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