Por Margarita García Robayo

El día que nació Tiempo muerto pensaba en huracanes. Era el final de una tarde, estaba en la Florida frente a un mar tibio y tranquilo, y se sabe que eso es todo lo que necesitan las tormentas eléctricas para desplazarse y soplar. Yo venía acumulando tormentas eléctricas en la cabeza. Temas y más temas sobre los que quería decir cosas, imágenes que me explotaban en la cara exigiendo mi atención.
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La materia prima de mi narrativa tiene que ver con las cosas que miro. Suelen ser cosas cercanas, de entornos próximos, incluso propios. Al final todo se vuelve una gran melaza de la que surge el universo que me interesa recrear y que, en general, termina pareciéndose poco y nada al impulso original. Debe haber un proceso mental para nominar esto: el impulso disociado de su consecuencia. El caso es que estaba ahí, pensando en huracanes, alternando el paisaje apacible del Atlántico con la fila de hotelitos art decó enfrentados al horizonte.
Había llegado a esa playa con mi familia, huyendo de un hotel más fancy, un poco hartos del servicio enfundado en uniforme tropical, que clava la sombrilla en la arena, acomoda la silla reposera y te ofrece cócteles dulces a las once de la mañana. Huyamos, dijimos, agarremos a nuestro hijo y una canasta con sandwiches y vámonos de acá. ¿A dónde? A dónde sea, a otro lado. Y allá fuimos.
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Nos encontramos con gente extraña, algo gastada pero aún entera, que llevaba su sillita y se plantaba frente al mar a mirar atardeceres. Pensé que esa gente debía hacer lo mismo todos los días. Me pregunté si cada vez que lo hacían pensaban que estaban frente a una escena única e irrepetible, o si tenían alguna conciencia de estar coleccionando postales repetidas.

A un costado se había armado una ronda de señoras y señores que tocaban el ukelele. Se habían conocido por un grupo de Facebook de aficionados al ukelele. Mi hijo, de poco más de un año, estaba fascinado con una china que lo sentó en sus piernas y le cantó canciones hawaianas mientras él garabateaba las cuerdas del instrumento. Mi marido filmaba la escena con el teléfono, yo lo miraba filmar, a todos nos bañaba una luz que si fuera un filtro podría llamarse ocaso vintage. Después pasó un camioncito de basura por la playa y el hombre que lo manejaba nos saludó mostrando unos dientes grandes que brillaban sobre su cara marrón. Me conmovió lo kitsch de la escena, una imagen hermosa y grotesca al mismo tiempo. Esta, me dije, será la condición estética de la historia.
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¿Será una historia feliz? No me creo las historias felices.
¿Será una historia trágica? La tragedia me parece una sobreactuación.
Será una historia posible.
Los temas que me venían rondando tenían que ver con el paso del tiempo. Había estado leyendo sobre el tiempo filosófico, sobre el tiempo material, incluso sobre tiempos verbales. Quería escribir algo que tuviera al tiempo como tema central en muchos sentidos, sin abandonar el que ha sido mi gran tema desde que escribo: la construcción (fallida) de la identidad y la pertenencia. Eso también tenía que ver con el tiempo. Solo el tiempo te da la conciencia de lo inútil de ese empeño.
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Lo que encontré ese día no se tradujo en un argumento específico (los argumentos, en mi caso, llegan casi al final) pero sí en el fondo necesario para que los elementos de una historia cuajen. Todavía me faltaba encontrar a los personajes, plantarlos en ese mundito, inocularles ideas y decidir su destino con tanta compasión como distancia pudiera permitirme.
A veces escribir es ordenarse. Poner las piezas sueltas sobre la mesa para mirarlas en conjunto y encontrar intersecciones. A veces escribir es idear esas intersecciones. Entonces imaginé un terreno afectivo donde temas como el paso del tiempo y la construcción problemática de la identidad pudieran ser el fondo sobre el cual rodara una historia. Así nació la familia de Tiempo muerto: Pablo, Lucía, Tomás y Rosa, que no son ni más ni menos disfuncionales que otras familias, que no son ni más ni menos desdichados. La gracia de Pablo y Lucía y sus niños, supongo, es que podríamos ser todos.
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Antes de que Tiempo muerto fuera una novela fue, entonces, una serie de fijaciones. Me vi mirando largamente parejas en restaurantes que apagaban la tensión entre ellos tomando de sus copas y jugando con el celular. O niños que aparecían de la nada portando frases epifánicas, observaciones duras sobre el mundo blando en el que sus padres los habían depositado. O gente que, tras llevar vidas serenas, caían en la desmesura por unos días y luego el propio cuerpo se vengaba. Así empieza Tiempo muerto: con un hombre sereno desmesurado, y un cuerpo que se venga y explota, y una mujer que se para frente a eso pero decide mirar hacia adentro.
El lugar donde surgió el impulso original de la novela aparece en la historia de un modo muy tangencial. Es una especie de guiño propio y es el punto de equilibrio al que Pablo y Lucía jamás podrían llegar. Pero eso lo supe después de que terminé el libro: ellos no vieron esta salida, me dije, ahí estaba, pero no la vieron. Pablo y Lucía pasarían de largo lo que esa playa les ofrecía, como se pasa de largo la salida de emergencia de un edificio en llamas. Antes tendrían una vida tibia y apacible, de aparente normalidad: se sabe que eso es todo lo que necesitan las tormentas eléctricas para desplazarse y soplar.
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