
La zona de exclusión de Chernóbil está vedada para los humanos, pero eso no impidió que otras formas de vida se instalaran allí tras la explosión del reactor de la Unidad Cuatro hace casi 40 años. Con menos presencia humana y con radiación ionizante todavía presente en el interior de las estructuras que rodean el reactor destruido, algunos organismos lograron sobrevivir, adaptarse y, en ciertos casos, prosperar.
Es el caso del hongo negro hallado adherido al interior de las paredes de uno de los edificios más radiactivos de la Tierra, que, de manera llamativa, parece vivir en su máximo desarrollo. Se trata de Cladosporium sphaerospermum, un organismo cuyo comportamiento frente a la radiación abrió una pregunta central: ¿puede un ser vivo beneficiarse de un entorno que para los humanos es peligroso?
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Qué encontraron los científicos en el interior de Chernóbil

El hongo fue detectado en superficies internas próximas al reactor destruido, en un entorno caracterizado por la radiación ionizante. De acuerdo con los investigadores, Cladosporium sphaerospermum no solo toleró esas condiciones: también mostró señales de crecer mejor cuando fue expuesto a radiación.
El hallazgo se volvió aún más intrigante por un rasgo visible: el hongo es oscuro, casi negro, y ese color se asocia a la presencia de melanina. Para algunos científicos, ese pigmento podría ser una pieza clave para entender por qué el organismo se comporta de forma distinta a otros seres vivos.
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El hallazgo de los años 90: 37 especies y un protagonista

El misterio comenzó a finales de la década de 1990, cuando un equipo dirigido por la microbióloga Nelli Zhdanova, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, realizó un estudio de campo en la Zona de Exclusión de Chernóbil. El objetivo era identificar qué tipo de vida —si es que existía— podía encontrarse en el refugio que rodeaba el reactor destruido.
El grupo documentó 37 especies de hongos. Un patrón se repitió en las muestras: muchos de esos organismos tendían a ser de tonos oscuros o negros, ricos en melanina. Entre ellos, C. sphaerospermum predominó y, además, presentó algunos de los niveles más altos de contaminación radiactiva detectados en el conjunto.
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Radiación ionizante: por qué es un problema para los humanos y no para este hongo

La radiación ionizante se describe como emisiones de partículas con la energía suficiente como para arrancar electrones de sus átomos y convertirlos en formas iónicas. En la práctica, esa ionización puede romper moléculas, interferir con reacciones bioquímicas e incluso dañar el ADN. En humanos, esos efectos son un riesgo; en medicina, pueden aprovecharse para destruir células cancerosas, particularmente vulnerables.
En el caso de Cladosporium sphaerospermum, el efecto observado fue distinto. La radiofarmacóloga Ekaterina Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall, ambos con cargos en el Albert Einstein College of Medicine de Estados Unidos, lideraron un equipo que analizó qué ocurría cuando el hongo era expuesto a radiación ionizante.
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Sus observaciones indicaron que la radiación no dañó al organismo “de la misma manera” que a otros seres vivos. El hongo mostró una resistencia inusual y llegó a crecer mejor bajo exposición. Además, en otros experimentos, los científicos detectaron que la radiación ionizante alteraba el comportamiento de la melanina fúngica, una señal que consideraron relevante para seguir investigando.
La hipótesis de la “radiosíntesis” y el paper de 2008

En un artículo publicado en 2008, Dadachova y Casadevall propusieron por primera vez una vía biológica similar a la fotosíntesis. La hipótesis sostiene que C. sphaerospermum, y otros organismos semejantes, podrían captar radiación ionizante y convertirla en energía, con la melanina en un rol comparable al de la clorofila, el pigmento que absorbe la luz en las plantas.
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En ese marco, la melanina tendría una doble función: por un lado, contribuiría a captar la radiación; por otro, actuaría como escudo protector frente a sus efectos más dañinos. El mecanismo propuesto recibió un nombre que resume la idea: “radiosíntesis”, según detalló Science Alert.
Aun así, el punto central permanece abierto. Aunque se observó que el hongo prolifera en presencia de radiación, todavía no se determinó con precisión cómo ni por qué. La radiosíntesis, tal como está planteada, es una teoría difícil de probar.
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Evidencia indirecta y pruebas recientes: del reactor a la Estación Espacial Internacional

Parte del interés científico por el hongo se conectó con investigaciones más recientes. Un artículo de 2022 describió los resultados de llevar C. sphaerospermum al espacio y sujetarlo al exterior de la Estación Espacial Internacional (ISS), de modo que quedara expuesto a gran parte de la radiación cósmica.
En ese experimento, los sensores colocados debajo de la placa de Petri registraron que una menor cantidad de radiación atravesaba la muestra con hongos en comparación con un control que contenía solo agar, según indicó Science Alert. Sin embargo, el objetivo del trabajo no fue demostrar ni investigar la radiosíntesis, sino explorar el potencial del organismo como escudo frente a la radiación en misiones espaciales.
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Según se consignó, hasta la fecha de publicación de ese artículo seguía sin demostrarse una fijación de carbono dependiente de radiación ionizante, un beneficio metabólico derivado de esa radiación o una vía definida de obtención de energía. “Sin embargo, aún queda por demostrar la radiosíntesis real, y mucho menos la reducción de compuestos de carbono a formas con mayor contenido energético o la fijación de carbono inorgánico mediante radiación ionizante”, escribió un equipo dirigido por el ingeniero Nils Averesch, de la Universidad de Stanford.
No es el único organismo: qué pasa con otros hongos melanizados

El comportamiento de C. sphaerospermum no parece ser una regla general entre los hongos melanizados. Una levadura negra, Wangiella dermatitidis, mostró un mayor crecimiento bajo radiación ionizante. En cambio, otra especie, Cladosporium cladosporioides, presentó una mayor producción de melanina, pero no creció bajo radiación gamma o ultravioleta.
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Esa diversidad de respuestas sugiere que lo observado en Chernóbil no puede extrapolarse de forma automática a todos los hongos oscuros. También abre dos interpretaciones que, por ahora, no tienen una respuesta definitiva: si se trata de una adaptación que permite al organismo aprovechar un tipo de “luz” intensa capaz de afectar a otros seres vivos, o si es una respuesta al estrés que mejora la supervivencia en condiciones extremas, aunque no necesariamente ideales.
Qué podría aportar a futuro: escudo, medicina, biotecnología y energía (y las dudas vigentes)

Más allá de la discusión sobre la radiosíntesis, el interés por Cladosporium sphaerospermum se expandió por sus posibles aplicaciones. Algunas investigaciones plantearon su potencial como escudo protector contra la radiación en misiones espaciales. En la nota previa, se mencionó además que también se estudia cómo podría utilizarse en medicina, en biotecnología y en producción de energía.
Lo que se mantiene como eje del debate es el límite actual del conocimiento: los científicos todavía no saben por qué el hongo es capaz de sobrevivir a la radiación ionizante, ni si el mecanismo propuesto de radiosíntesis puede demostrarse. En el interior de Chernóbil, un organismo oscuro y adherido a las paredes parece interactuar con un fenómeno que para los humanos implica riesgo, y lo hace de un modo que la investigación todavía intenta explicar.
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