
Un exoplaneta llamado "GJ 3378b" podría ser más rocoso y habitable de lo que sugerían las primeras mediciones. Un nuevo análisis lo ubicó con una masa de 2,3 veces la de la Tierra, en lugar de las cinco veces estimadas en 2024, lo que refuerza su interés científico porque orbita dentro de la zona habitable de una estrella enana roja situada a 25 años luz.
La revisión también ajustó su año: el planeta tarda 21 días en completar una órbita alrededor de su estrella, no 25. Ese cambio mantiene a GJ 3378b dentro de la franja donde podrían darse temperaturas aptas para agua líquida, aunque también abre la posibilidad de una exposición intensa a la radiación estelar que podría haber evaporado cualquier atmósfera.
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Según la Universidad de Texas en Austin, el planeta gira alrededor de una estrella pequeña y fría del tipo enana roja, en dirección a la constelación septentrional de Camelopardalis. Esa clase de astros concentra buena parte de la atención de los astrónomos porque son los más abundantes de la galaxia.

Paul Robertson, astrónomo de la Universidad de California en Irvine y autor principal del estudio publicado en The Astrophysical Journal, resumió el criterio de búsqueda con una idea simple: “Nuestro lema es ‘seguir el agua’. Es lo único que necesita todo ser vivo conocido en la Tierra, así que es lo primero que buscamos cuando intentamos encontrar entornos que puedan sustentar la vida”.
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Las nuevas mediciones redujeron la masa estimada del planeta
GJ 3378b pertenece a la categoría de las “supertierras”, un tipo de mundo rocoso más grande que la Tierra. La nueva estimación de masa aumenta la probabilidad de que se trate de un planeta rocoso y no de uno con una atmósfera muy densa que impida condiciones aptas para la vida en la superficie.
La noticia central es esa corrección: donde antes se calculaban unas cinco masas terrestres, ahora el valor se acerca a 2,3 veces la de nuestro planeta. En astronomía planetaria, esa diferencia no es menor, porque modifica la interpretación física del mundo observado.
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Michael Endl, astrónomo de la Universidad de Texas en Austin, integrante del Centro para la Habitabilidad de Sistemas Planetarios y coautor del trabajo, explicó que entender estos sistemas es una prioridad porque “alrededor del 70% de las estrellas de nuestra galaxia son enanas rojas, por lo que representan el estándar”. Añadió: “Es fundamental que comprendamos la población de planetas que orbitan estas estrellas”.
El estudio se apoyó en observaciones realizadas con el telescopio Hobby-Eberly, del Observatorio McDonald. Allí, el equipo utilizó el instrumento Buscador de Planetas en la Zona Habitable para medir la leve oscilación de la estrella anfitriona, producida por la atracción gravitatoria del planeta, una técnica que permite inferir tanto su masa como su órbita.
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El telescopio observó en infrarrojo para detectar una señal débil
Robertson explicó que el instrumento fue optimizado para trabajar con luz infrarroja porque las enanas rojas, al ser más pequeñas y frías que el Sol, emiten gran parte de su energía en esas longitudes de onda. “Por eso, colocamos un espectrómetro infrarrojo en un telescopio de 10 metros (33 pies), lo que nos proporciona una mayor capacidad de captación de luz para observar estas estrellas tenues”, dijo.
La detección de mundos pequeños alrededor de estrellas poco luminosas exige una precisión extrema. Endl lo resumió así: “La clave está en la precisión. Para encontrar esos planetas de baja masa, siempre hay que buscar señales muy débiles. Si los instrumentos no son lo suficientemente precisos, no los encontrarás. Simplemente no puedes encontrarlos”.
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Esa exigencia técnica se explica por la naturaleza misma del sistema. Las enanas rojas son mucho más tenues que el Sol, y los planetas comparables con la Tierra producen efectos sutiles sobre ellas, lo que vuelve especialmente compleja su identificación sin instrumentación especializada.

Desde 2018, el Buscador de Planetas en la Zona Habitable se usa para localizar y catalogar exoplanetas que podrían albergar vida. La publicación señaló que esa base de candidatos servirá como guía para la próxima generación de observatorios, entre ellos el Telescopio Gigante de Magallanes, el Telescopio Extremadamente Grande y el Observatorio de Mundos Habitables.
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Esos proyectos buscarán observar de forma directa mundos cercanos de este tipo. En el caso del Telescopio Gigante de Magallanes, su espejo tendrá 24 metros de diámetro, una capacidad de captación de luz pensada para estudiar atmósferas planetarias y detectar posibles biofirmas.
El objetivo final es buscar indicios directos de vida
La importancia de GJ 3378b no radica solo en su proximidad o en su nueva masa estimada, sino en que pasa a integrar el grupo de objetivos que podrían examinarse con más detalle en los próximos años. Los planetas alrededor de las estrellas más cercanas son, por definición, los más accesibles para una búsqueda futura de señales químicas asociadas con vida.
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Endl definió ese horizonte con una pregunta directa: “El objetivo final son las biofirmas. Queremos saber con certeza: ‘¿Estamos solos en el universo?’”. Después precisó que la tarea actual consiste en reconocer el vecindario solar e identificar los planetas que orbitan las estrellas más próximas, porque serán los más fáciles de estudiar en busca de esas señales.
También advirtió que el caso de GJ 3378b sigue abierto. Aunque su órbita revisada lo mantiene en la zona habitable de una estrella de aproximadamente un tercio del tamaño del Sol, esa cercanía podría someterlo a una radiación capaz de despojarlo de su atmósfera, una posibilidad que todavía requiere nuevas observaciones.
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