
Un estudio de la Universidad de Princeton y el Museo Americano de Historia Natural (AMNH, sus siglas en inglés) de Nueva York determinó que las especies con encéfalos relativamente mayores tienden a producir menos crías, pero de mayor tamaño, una relación que podría explicar por qué las aves ponen huevos desproporcionadamente grandes frente a los dinosaurios, informó el portal científico Phys.org.
La investigación, publicada en la revista científica Royal Society Open Science, integró datos reproductivos y anatómicos de mamíferos, aves y reptiles. El patrón apareció de forma consistente en esos grandes grupos de vertebrados terrestres y apuntó a una misma restricción biológica: desarrollar un cerebro grande exige invertir más energía en cada descendiente.
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Esa inversión adopta formas distintas según el grupo. En las aves se traduce en huevos más grandes; en otros vertebrados, en crías recién nacidas de mayor tamaño.
Stephanie Lechki, autora principal del estudio e investigadora posdoctoral de la universidad, señaló que el contraste resulta llamativo porque muchas especies de dinosaurios no avianos alcanzaron tamaños corporales enormes y, aun así, los huevos de ave más grandes superan a los mayores huevos conocidos de esos dinosaurios. La explicación, afirmó, estaría en la evolución cerebral: al aumentar el tamaño relativo del cerebro en el linaje de las aves, también aumentó el tamaño de la descendencia y, con él, el tamaño de los huevos.
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Cerebro grande, crías grandes: un patrón compartido
Las estrategias reproductivas entre los vertebrados actuales son muy distintas. Las aves y los mamíferos suelen tener pocas crías y de mayor tamaño, mientras que los reptiles, grupo en el que se incluyen la mayoría de los dinosaurios, tienden a producir muchas crías más pequeñas.
Hasta ahora, los científicos habían planteado que esas diferencias podían estar vinculadas con la tasa metabólica o con el tamaño del cerebro. El problema era metodológico: la mayoría de los trabajos previos analizaba por separado a mamíferos y aves, lo que dificultaba identificar qué mecanismo actuaba a escala más amplia.
El nuevo trabajo reunió en un solo marco comparativo la información de esos tres grupos y detectó una relación estable entre tamaño relativo del cerebro y tamaño de la descendencia. Esa regularidad, conforme al portal, permitió observar la evolución reproductiva de los vertebrados terrestres como un proceso conectado y no como historias aisladas por linaje.
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El hallazgo también reordena la lectura de fósiles reproductivos de dinosaurios que ya habían modificado la comprensión del tema, entre ellos los ovirraptores anidando descubiertos en expediciones al desierto del Gobi durante la década de 1990. Esos restos habían sido interpretados muchas veces como casos particulares; el nuevo estudio los inserta en un panorama macroevolutivo más amplio.
Roger Benson, coautor del trabajo y curador Macaulay de paleobiología de dinosaurios del museo, afirmó que la relación entre cerebro y tamaño de la descendencia pudo desencadenar efectos en cadena durante la transición de dinosaurios a aves. Si un cerebro más grande exigía crías más grandes, y estas a su vez requerían huevos mayores, otras partes de la anatomía y del comportamiento también debieron ajustarse a esa presión.
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Del huevo al nido: consecuencias en cadena
El estudio propuso varias consecuencias concretas de ese encadenamiento evolutivo. Un huevo de mayor tamaño requiere un canal pélvico más ancho para la puesta, estructuras de nido más abiertas y aireadas para la incubación y una inversión parental más intensa después de la eclosión.
Bajo esa hipótesis, el aumento del tamaño cerebral no solo habría afectado la biología del desarrollo, sino también rasgos visibles en el registro evolutivo del linaje que condujo a las aves modernas.
Los autores advierten que una parte de la biología reproductiva de los animales extintos aún es difícil de reconstruir. Uno de los principales límites del registro fósil es estimar cuántos eventos reproductivos tenía una especie por año, un rasgo que rara vez deja pruebas directas.
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Para reducir esa incertidumbre, los próximos trabajos evaluarán si el mismo patrón evolutivo se mantiene en especies actuales que se reproducen varias veces al año. También examinarán otros factores fisiológicos que podrían influir en la frecuencia reproductiva, detalló el portal.
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