Los coyotes, lejos de su imagen habitual de animales elusivos y problemáticos, se destacan por su monogamia absoluta y duradera. Estudios recientes citados por National Geographic confirman que estos mamíferos eligen a una única pareja para toda la vida y, ante la pérdida, muestran conductas de duelo análogas a las observadas en seres humanos.
Fidelidad inquebrantable y sus ventajas evolutivas
Solo un porcentaje muy reducido de mamíferos es monógamo a largo plazo. Incluso en este grupo, la fidelidad absoluta es excepcional. Los coyotes sobresalen porque, según una investigación liderada por Stan Gehrt, profesor de ecología de fauna silvestre en la Universidad Estatal de Ohio, no existen registros de infidelidad.
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“Eso significa que cuando un coyote finalmente escoge a su pareja, probablemente será el único animal con el que conviva el resto de su vida. Es una decisión muy importante”, explicó Gehrt en declaraciones recogidas por National Geographic.

Esta conclusión se apoya en estudios genéticos realizados en coyotes urbanos del área de Chicago. Los científicos analizaron más de 90 crías en 18 camadas y no hallaron evidencia de infidelidad. Datos acumulados durante más de 10 años refuerzan la validez de este arreglo: aunque en el entorno urbano las oportunidades de encontrar nuevos compañeros son frecuentes, los coyotes permanecen junto a la misma pareja, salvo fallecimiento.
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El compromiso vitalicio ofrece ventajas evolutivas claras. La monogamia genética permite que ambos progenitores cuiden de las crías, lo que suele traducirse en camadas más numerosas y saludables. Además, la pareja marca y defiende su territorio conjuntamente, favoreciendo la supervivencia del grupo familiar en entornos urbanos y competitivos.
Duelo animal: manifestaciones y bases biológicas
Cuando uno de los miembros de la pareja muere, los coyotes demuestran cambios notables en su conducta. Se documentaron aullidos prolongados descritos como “lamentos”, disminución del apetito y tendencia a deambular sin propósito.
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Algunos individuos regresan reiteradamente al último lugar donde vieron a su compañero o a alguna de sus crías. Gehrt relató a National Geographic el caso de una hembra separada temporalmente para colocarle un collar de rastreo; durante ese tiempo, el macho aulló sin pausa hasta el reencuentro: “Había claramente una carga emocional considerable en ese animal”.
La expresión del duelo en especies monógamas no se limita a los coyotes. Los topillos de pradera, otros mamíferos monógamos, muestran signos comparables a la depresión tras perder a su pareja. Según Sara Freeman, neurocientífica de la Universidad Estatal de Utah, este estado se traduce en comportamientos apáticos y desinterés tanto en roedores como en caninos.
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Freeman lidera investigaciones que profundizan en la base neurobiológica del duelo en coyotes. Su equipo, con estudios en la Predator Research Facility del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en Utah, indaga cómo impacta la pérdida de la pareja en el cerebro y las hormonas del animal.
En uno de los trabajos más recientes, analizaron muestras cerebrales de seis coyotes hembras, de las cuales tres eran viudas, y comprobaron un incremento en los receptores del factor liberador de corticotropina (CRF) en regiones clave, como el tracto olfatorio y el hipocampo. El CRF activa el sistema de respuesta al estrés e induce la secreción de la llamada “hormona del estrés”, el cortisol, tanto en coyotes como en humanos.
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Los investigadores sugieren que el aumento de estos receptores puede facilitar el reconocimiento de olores sociales relevantes, como la orina de la pareja ausente o señales de un posible nuevo compañero. Esto evidencia un mecanismo sofisticado donde recuerdos y percepción sensorial se entrelazan en el proceso de duelo.
Implicancias para la ciencia, la convivencia y la salud emocional
Pese al interés generado, los científicos insisten en que las conclusiones actuales son preliminares, ya que se basan en una muestra reducida de hembras de diferentes periodos de viudez. Freeman subraya la necesidad de estudios más amplios y variados antes de generalizar los hallazgos.
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No obstante, investigaciones de este tipo podrían abrir la puerta a futuras terapias del duelo en humanos. Los expertos contemplan el desarrollo de medicamentos específicos o el impulso de intervenciones no farmacológicas, como el ejercicio físico, para mejorar la respuesta psicológica ante la pérdida. Freeman sostiene que la biología compartida entre coyotes y personas ofrece oportunidades para explorar nuevas estrategias de acompañamiento en procesos de duelo prolongado.

Más allá del aporte científico, conocer la monogamia animal de los coyotes puede influir en la convivencia con comunidades humanas. La percepción pública suele ser negativa, motivada por el temor a ataques a mascotas y la presencia de coyotes en zonas urbanas.
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Sin embargo, estos animales cumplen roles ecológicos esenciales: contribuyen a la dispersión de semillas, lo que favorece el almacenamiento de carbono en el suelo y puede mitigar los efectos del cambio climático, según investigaciones citadas por Julie Young, directora del Berryman Institute de la Universidad Estatal de Utah.
Young advierte que la desaparición de un miembro de la pareja puede desestabilizar el territorio y desencadenar conflictos internos entre coyotes, con consecuencias para los humanos vecinos. Por ello, la promoción de la coexistencia informada basada en el conocimiento de los hábitos y capacidades emocionales de los coyotes se erige como herramienta clave para gestionar las poblaciones urbanas y reducir los conflictos.
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