
La pérdida de peso importante y sostenida puede devolver al tejido adiposo subcutáneo muchas de sus características saludables, incluso en personas con obesidad severa.
Así lo reveló un estudio internacional publicado en Nature Metabolism y divulgado por la Universidad del Sur de Dinamarca, que analizó el comportamiento del tejido graso antes y después de procesos de adelgazamiento, incluyendo la cirugía bariátrica.
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El “recuerdo” de la obesidad en el tejido adiposo

Durante mucho tiempo se pensó que el tejido graso conservaba un “recuerdo fisiológico” de la obesidad, manteniendo alteraciones perjudiciales pese a la pérdida de peso. Sin embargo, los resultados obtenidos por el equipo liderado por Anne Loft, Jesper Grud Skat Madsen y Susanne Mandrup desafían esta idea, mostrando que la remodelación celular asociada a la pérdida de peso puede revertir varias de estas alteraciones.
Qué cambios suceden en el cuerpo tras la pérdida de peso

El estudio evaluó muestras de tejido adiposo subcutáneo de pacientes con obesidad severa en tres momentos clave: antes de cualquier intervención, después de una reducción de peso moderada (entre 5 y 10%) lograda a través de ajustes en la alimentación, y dos años posteriores a la cirugía bariátrica, cuando la pérdida total oscilaba entre 20 y 45%.
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Esta secuencia permitió identificar el impacto de la pérdida de peso sobre el tejido graso. La obesidad se asocia habitualmente con disfunción en este tejido, inflamación local y un mayor riesgo de enfermedades metabólicas, como la diabetes tipo dos y problemas cardiovasculares. Aunque se sabe que bajar de peso reduce estos riesgos, persistía la incógnita sobre si el tejido adiposo podía volver a un estado verdaderamente sano o si quedaba una huella negativa de la obesidad previa.
Beneficios tempranos y sostenidos

Tras una pérdida de peso moderada, los investigadores observaron una mejora inicial en la sensibilidad a la insulina, aunque el tejido adiposo no mostró una reducción significativa de la inflamación ni en la cantidad de células inmunitarias. “En esta etapa, no observamos una disminución de la inflamación”, explicó Loft, quien aclaró que los primeros beneficios pueden deberse a otros mecanismos.
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El uso de tecnologías de célula única permitió identificar que, al perder entre 8 y 10% del peso corporal, aumentó la presencia de precélulas grasas específicas y la actividad de genes relacionados con la formación de nuevas células adiposas más saludables. Según Mandrup, esto sugiere que incluso una reducción de peso no drástica puede favorecer la generación de un tejido graso más sano y mejorar la sensibilidad a la insulina.
Transformaciones profundas tras grandes cambios

Los efectos más notables se detectaron después de una pérdida de peso considerable y mantenida, es decir, dos años tras la cirugía bariátrica. El análisis reveló una caída relevante en la cantidad de células inmunitarias, algunas alcanzando niveles similares a los de personas de peso saludable. Loft destacó que esta reducción resulta fundamental, ya que una menor presencia de células inmunitarias disminuye la inflamación y facilita la mejora de la sensibilidad a la insulina, factores directamente vinculados con el riesgo de diabetes tipo dos.
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Además, se registró un aumento en las células de los vasos sanguíneos en el tejido adiposo, lo que favorece un mejor aporte de oxígeno y nutrientes. La expresión genética del tejido también tendió a normalizarse, adoptando perfiles semejantes a los de personas sin antecedentes de obesidad.
Recuperar la salud metabólica del tejido graso

Los resultados llevaron a los autores a cuestionar la idea de una “memoria fisiológica” permanente de la obesidad en el tejido adiposo. Los investigadores subrayan que, tras una pérdida sustancial y sostenida de peso, el tejido graso puede revertir muchas de sus alteraciones y adquirir características comparables a las de personas que nunca han presentado obesidad.
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Así, quienes logran y mantienen una pérdida de peso significativa pueden recuperar gran parte de la salud metabólica de su tejido adiposo, demostrando que el organismo no está condenado a conservar un “recuerdo” negativo e inmutable de la obesidad. Una transformación sostenida y profunda del tejido graso es posible.
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