Durante décadas, Marte ocupó un lugar ambiguo en la exploración espacial. Fue vecino, desierto y promesa a la vez.
Pero en 2025, tres descubrimientos científicos independientes reforzaron una idea que ganó peso con los años: el planeta rojo no solo tuvo agua, sino que también reunió condiciones físicas y químicas sorprendentemente similares a las de la Tierra primitiva.
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Aquí, un repaso por estos hallazgos.

Antiguos sistemas fluviales, una roca con posibles biofirmas y chispas eléctricas en su atmósfera delinean un escenario donde la habitabilidad pasada dejó rastros persistentes.
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Lejos de tratarse de hallazgos aislados, las evidencias construyen un relato coherente. Marte presentó precipitaciones, ciclos geoquímicos complejos y una atmósfera capaz de sostener procesos energéticos activos.
Cada avance sumó una pieza clave para entender por qué el planeta pudo albergar ambientes favorables para la vida y por qué ese potencial se perdió con el tiempo.
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Un planeta atravesado por ríos y lagos

Uno de los descubrimientos más impactantes de 2025 surgió del análisis de imágenes orbitales de alta resolución.
Investigadores identificaron rastros de casi 16.000 kilómetros de antiguos cursos de agua en las tierras altas del sur de Marte, una región que durante años desconcertó a los científicos por la aparente ausencia de señales hídricas.
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Los cauces, con más de 3.000 millones de años de antigüedad, revelaron que el planeta fue mucho más húmedo de lo que indicaban los modelos previos.

Algunos de estos ríos resultaron cortos, pero otros formaron redes extensas que superaron los 160 kilómetros. Esa distribución llevó a una conclusión relevante: el agua no apareció de manera esporádica ni local, sino que respondió a un sistema regional sostenido por lluvias o nevadas regulares.
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“Se halló agua en Marte innumerables veces, pero lo realmente interesante es que esta es una zona donde durante mucho tiempo se creyó que no había evidencia de agua”, precisó Adam Losekoot, estudiante de doctorado de la Universidad Abierta.
Y agregó: “Lo que descubrimos es que la zona sí tenía agua y estaba muy distribuida. La única fuente de agua que podría haber sustentado estos ríos en una zona tan extensa tendría que ser algún tipo de precipitación regional”.
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La región analizada, conocida como Noachis Terra o Tierra de Noé, figura entre los paisajes más antiguos del planeta. Modelos climáticos marcianos ya sugerían un pasado lluvioso, pero la falta de valles visibles generó dudas.
El uso de imágenes del Mars Reconnaissance Orbiter y del Mars Global Surveyor, que cubrieron casi 10 millones de kilómetros cuadrados, permitió identificar crestas fluviales sinuosas, también llamadas canales invertidos.
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Estas formaciones surgieron cuando sedimentos transportados por ríos se endurecieron y quedaron expuestos tras la erosión del terreno circundante.

Las estructuras variaron en tamaño. Algunas alcanzaron cientos de metros de ancho y varios kilómetros de largo, mientras que otras superaron el kilómetro y medio de extensión.
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En ciertos puntos, los patrones mostraron ríos que ingresaron a cráteres, los llenaron y luego desbordaron, un comportamiento típico de sistemas lacustres estables.
Los datos indicaron una presencia prolongada de agua superficial hace unos 3.700 millones de años, en una etapa en la que Marte conservó un clima más cálido y una atmósfera más densa.

Ese período coincidió con la pérdida gradual del campo magnético marciano. Sin esa protección, el viento solar erosionó la atmósfera y favoreció la fuga del agua al espacio.
Aun así, estudios recientes sugirieron que una parte del recurso hídrico podría permanecer atrapada bajo la superficie, lejos de la vista, pero no de la investigación científica.
Roca, química y chispas: señales de un Marte activo
Mientras los orbitadores revelaban la huella de antiguos ríos, el rover Perseverance de la NASA aportó una evidencia distinta, igual de profunda. En el cráter Jezero, el vehículo robótico investigó una roca apodada “Chevaya Falls”, de la cual extrajo una muestra conocida como “Sapphire Canyon”.
Tras un año de revisión por pares, la revista Nature validó los resultados: la roca contenía biofirmas potenciales, es decir, señales que podrían asociarse con procesos de vida pasada, aunque sin confirmación definitiva.
El análisis describió minerales y texturas que, en la Tierra, suelen relacionarse con actividad microbiana. El núcleo provenía de una lutita de grano fino, con frentes de reacción circulares apodados manchas de leopardo y pequeños nódulos incrustados en sedimentos estratificados.

Los instrumentos SHERLOC y PIXL detectaron carbono orgánico junto con fósforo, hierro y azufre dispuestos en patrones repetitivos. Dos minerales destacaron por su relevancia: la vivianita, un fosfato de hierro, y la greigita, un sulfuro de hierro vinculado al ciclo del hierro y el azufre en ambientes pobres en oxígeno.
En la Tierra, la vivianita suele formarse donde microbios reducen el hierro en sedimentos ricos en agua, mientras que la greigita aparece en contextos dominados por bacterias reductoras de sulfato.
En la muestra marciana, los bordes ricos en vivianita rodearon núcleos enriquecidos con greigita, un patrón que coincidió con secuencias de transferencia de electrones observadas en sedimentos terrestres. Esa química indicó reacciones de baja temperatura, compatibles con entornos que la vida puede tolerar.

Los científicos mantuvieron cautela. “No es vida en sí misma”, dijo Nicky Fox, administradora asociada de la Dirección de Misiones Científicas de la NASA.
En tanto, Sean Duffy, administrador interino de la agencia, reforzó esa advertencia, aunque subrayó la magnitud del hallazgo: “No podemos afirmar que esto sea más que una posible biofirma, pero esto bien podría ser la señal más clara de vida que hayamos encontrado jamás en Marte”.
El estudio se ubicó en los primeros niveles de la escala CoLD, un marco que exige verificaciones independientes antes de hablar con confianza de vida extraterrestre.

La tercera gran novedad de 2025 no surgió del suelo, sino del aire marciano. Por primera vez, científicos detectaron chispas eléctricas dentro de remolinos de polvo, un fenómeno largamente teorizado pero nunca observado de forma directa.
El micrófono del instrumento SuperCam, a bordo de Perseverance, registró señales acústicas inusuales al atravesar dos de estas columnas de polvo. Investigadores franceses confirmaron que coincidían con huellas electromagnéticas propias de descargas eléctricas.
El proceso comenzó con la fricción entre diminutos granos de polvo, que adquirieron carga eléctrica y la liberaron en arcos breves de pocos centímetros. En la Tierra, estas descargas resultan raras, pero la atmósfera marciana, mucho más delgada y rica en dióxido de carbono, redujo el umbral necesario para su formación.

El hallazgo modificó la comprensión de la química atmosférica del planeta. Las chispas generaron compuestos altamente oxidantes capaces de descomponer moléculas orgánicas y alterar el equilibrio fotoquímico. Ese mecanismo ofreció una posible explicación para la rápida desaparición del metano detectado en Marte durante años.
Además, las cargas eléctricas influyeron en el transporte de polvo y en la dinámica climática, un aspecto todavía poco conocido. También plantearon riesgos potenciales para equipos electrónicos y futuras misiones tripuladas. Al mismo tiempo, la detección reforzó el valor de la acústica como herramienta científica.
Desde 2021, el micrófono de SuperCam recopiló más de 30 horas de sonidos marcianos, desde el viento hasta el vuelo del helicóptero Ingenuity, y ahora también las descargas eléctricas.

En conjunto, los tres descubrimientos delinearon un Marte menos estático y más cercano a la Tierra de lo que sugería su apariencia actual.
Ríos alimentados por precipitaciones, rocas con química compatible con la vida y una atmósfera activa mostraron que el planeta atravesó una historia compleja, con energía, agua y procesos sostenidos en el tiempo.
Comprender por qué ese mundo cambió y qué rastros persisten no solo redefine el pasado marciano, sino que también amplía las preguntas sobre la vida en el universo y el destino de los planetas habitables.
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