
La decisión de tener hijos, antes considerada un paso natural en la adultez, hoy es cada vez menos frecuente en los países más ricos. El sostenido descenso en la natalidad obliga a cuestionar certezas sobre familia y éxito personal. Mientras gobiernos alertan sobre los efectos económicos y buscan fórmulas para revertir la caída de nacimientos, una transformación menos evidente —el cambio en prioridades y aspiraciones individuales— emerge como explicación principal. ¿Por qué la parentalidad perdió centralidad en las sociedades avanzadas? Un reciente estudio aporta respuestas que sacuden las ideas recibidas.
Más allá de lo económico
En las últimas décadas, la natalidad ha descendido en casi todos los países de altos ingresos, con consecuencias demográficas y sociales que inquietan a las autoridades. Sin embargo, las causas reales siguen siendo objeto de debate. Un informe publicado en mayo de 2024 por el National Bureau of Economic Research (NBER) ofrece una explicación renovada. Sus autores, Phillip B. Levine de Wellesley College y Melissa Schettini Kearney de la Universidad de Notre Dame, concluyen que la baja natalidad tiene raíces culturales antes que económicas.
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El estudio, titulado “The Fertility Transition in the United States: New Evidence from Cohort Data”, parte de la idea tradicional de que la inseguridad material lleva a los jóvenes a retrasar la paternidad. No obstante, los datos no avalan esta tesis como causa central. “Los cambios a corto plazo en ingresos o precios no pueden explicar la disminución generalizada”, afirma Levine. El informe documenta que la parentalidad perdió peso como meta individual: tener hijos dejó de ser paso obligatorio y se volvió una posibilidad entre otras.

El reordenamiento de prioridades: una sociedad que privilegia la autorrealización
El principal hallazgo del estudio es el reordenamiento de prioridades. En las economías más desarrolladas, las nuevas generaciones tienden a priorizar el desarrollo profesional, el bienestar individual y las relaciones de amistad por encima de la parentalidad. Encuestas revisadas muestran que cada vez más adultos consideran “muy importante” tener una vida personal y una carrera satisfactoria, dejando en un segundo plano la formación de una familia numerosa.
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Este cambio está influido por factores sociales, culturales y mediáticos que proponen modelos vitales alternativos. La creciente autonomía femenina y la redefinición de la adultez refuerzan este proceso. Para los autores, la baja natalidad no es mera consecuencia de restricciones externas, sino resultado de una decisión consciente de postergar o descartar la paternidad.
El informe destaca el retroceso de la religiosidad como factor relevante. Los datos muestran que en regiones más seculares, la natalidad cae drásticamente. En Estados Unidos, cada vez más personas se identifican como ateas, agnósticas o “sin afiliación religiosa”, lo que reduce el incentivo simbólico y cultural para formar familias numerosas. La pérdida de peso de la religión facilita que los proyectos individuales y profesionales predominan sobre la parentalidad.
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Impacto demográfico y límites de las políticas tradicionales
La magnitud del fenómeno queda de manifiesto en los índices actuales: Estados Unidos proyecta solo 1,6 hijos por mujer para los próximos treinta años, lejos de los 2,1 necesarios para el reemplazo poblacional. Japón, Italia, Grecia y Canadá presentan cifras menores a 1,5 y Corea del Sur, Singapur y China se sitúan incluso por debajo de uno.
El envejecimiento poblacional es un reto para los sistemas de pensiones y el equilibrio económico. En respuesta, algunos gobiernos han promovido incentivos como el “bono bebé” de 5.000 dólares y facilidades para el parto y el cuidado infantil. Sin embargo, Levine y Kearney subrayan que estas medidas tienen efectos marginales donde la motivación cultural para ser padres ha perdido fuerza.
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Trabajo femenino, parentalidad intensiva y nuevas dinámicas familiares
La mayor presencia de mujeres en el mercado laboral también impacta en las decisiones reproductivas. Para muchos, la maternidad implica postergar o sacrificar logros profesionales. Así, el dilema entre carrera y familia pesa cada vez más. Paralelamente, ha surgido en los países ricos el fenómeno de la parentalidad intensiva: los padres dedican más tiempo y recursos al desarrollo de sus hijos, lo que suele llevar a tener menos niños.

En este contexto, la disminución de matrimonios, el acceso a anticonceptivos y la posibilidad de recurrir a tratamientos de fertilidad actúan como factores adicionales pero secundarios, según la evidencia reunida.
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Políticas públicas y el desafío cultural, una tendencia difícil de revertir
El informe enfatiza que no existen soluciones simples ni una “palanca mágica” capaz de revertir la baja natalidad. Las licencias parentales, subsidios o incentivos solo brindan resultados limitados, pues resulta muy difícil modificar una disposición cultural y personal arraigada. Los autores recomiendan focalizar esfuerzos en edades tempranas, antes de que las decisiones vitales estén consolidadas, aunque advierten que el verdadero cambio será lento y requerirá transformar la visión de la familia en el proyecto de vida colectivo.
El análisis de Levine y Kearney invita a dejar de lado explicaciones simplistas centradas en la economía para entender la baja natalidad en los países ricos. La parentalidad ya no es mandato ni condición esencial del desarrollo personal; los incentivos públicos resultan insuficientes ante nuevas formas de buscar la autorrealización. El fenómeno desafía tanto a las políticas públicas como a la cultura social, y evidencia una transformación de fondo en los valores de las sociedades avanzadas.
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