
Dormir bien es esencial para el equilibrio físico, cognitivo y emocional. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los adultos necesitan al menos 7 horas de sueño por noche para mantener un buen rendimiento y salud general. Dormir poco incrementa el riesgo de enfermedades metabólicas, cardiovasculares y accidentes.
Durante el sueño, el cuerpo recupera energía, regula las hormonas y refuerza el sistema inmune. Como resume el sitio especializado MedlinePlus: “Dormir lo suficiente también ayuda al cuerpo a combatir enfermedades” y mejora la capacidad para tomar decisiones. La falta de descanso puede causar “problemas para concentrarse o recordar cosas” y generar “mal humor y reacciones violentas”.
Además, dormir poco afecta el apetito y las defensas. La Fundación Española del Corazón advierte que “la falta de sueño provoca una liberación aumentada y sostenida de las hormonas del estrés”, lo que debilita el sistema inmunitario y aumenta el riesgo de obesidad. También influye en el bienestar emocional: “nos ayuda a ser más felices y emocionalmente más fuertes”.

Qué ocurre en el cerebro al despertar: la secuencia del “encendido”
Cada mañana, el cerebro humano atraviesa una transición compleja: pasa del estado de sueño a la vigilia en apenas segundos. Pero ese cambio no ocurre de forma instantánea ni uniforme. Un estudio reciente del Netherlands Institute for Neuroscience y la Universidad de Lausana, publicado en la revista Current Biology, analizó más de 1.000 despertares mediante electroencefalografía de alta densidad (EEG) para entender, segundo a segundo, qué sucede a nivel neuronal en ese momento clave.
Los investigadores comprobaron que el cerebro se “enciende” de forma ordenada. “La actividad comienza en las regiones centrales y frontales del cerebro y se propaga gradualmente hacia la parte posterior”, explicó Aurélie Stephan, primera autora del trabajo. Ese patrón se debe a cómo las señales de los centros subcorticales —estructuras profundas que regulan la alerta— alcanzan la corteza cerebral: primero activan las áreas frontales, más cercanas, y luego se extienden hacia zonas más lejanas del cerebro.

El estudio comparó también cómo varía ese proceso según la fase del sueño desde la cual se produce el despertar.
En el caso del sueño no REM, caracterizado por ondas cerebrales lentas y profundas, el paso a la vigilia incluye una oleada de actividad lenta que antecede al patrón más rápido propio del estado de alerta. En contraste, cuando una persona despierta desde sueño REM, etapa vinculada a los sueños intensos, ese salto es más directo: las ondas lentas no aparecen y el cerebro responde de inmediato con actividad acelerada.
“El cerebro responde de forma distinta a los estímulos de activación según la fase en la que se encuentra”, detalló Stephan. “En el sueño no REM, las neuronas que conectan los centros de activación con la corteza alternan entre estados de actividad y silencio, una dinámica conocida como ‘bistabilidad’”. Ese estado de alternancia genera una especie de freno inicial antes del despertar pleno, mientras que en el REM —donde no hay bistabilidad— esa resistencia no existe.
Uno de los aportes más novedosos del estudio fue el análisis del papel de las ondas lentas en la transición al estado de vigilia. Tradicionalmente asociadas con el mantenimiento del sueño, estas ondas mostraron comportamientos más complejos.

“Descubrimos un nuevo aspecto en el que las ondas lentas pueden presentar comportamientos muy distintos y opuestos. Algunas son en realidad elementos de activación, forman parte de la señal de ‘¡despierta!’”, explicó Stephan.
Es decir, su presencia inmediata antes del despertar puede contribuir a una sensación de mayor alerta al abrir los ojos. Por el contrario, otras ondas lentas —especialmente las que persisten después de despertar— están relacionadas con la somnolencia o desorientación matinal.
Estos hallazgos podrían tener aplicaciones clínicas relevantes. “Si entendemos mejor el proceso, también podremos identificar con mayor precisión las señales de hiperactivación nocturna que afectan a muchos pacientes”, concluyó Stephan, en referencia a trastornos como el insomnio o las alteraciones del ritmo circadiano. La investigación abre una nueva vía para comprender cómo el cerebro navega uno de los momentos más delicados del ciclo del sueño: el paso de la inactividad al estado de conciencia.
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