
La risa es un lenguaje universal. Ya sea por broma o cordialidad, compartir la risa indica conexión. Pero no se trata de un gesto propio del ser humano, otras especies también comparten este rasgo. Investigaciones recientes revelaron que son más de 60 las especies animales que emiten sonidos similares a la carcajada humana.
Desde los primeros meses de vida, los seres humanos muestran una predisposición innata a sonreír y reír, incluso antes de comprender las complejidades sociales que los rodean. Estudios han demostrado que los bebés sonríen hacia el primer mes y comienzan a reír alrededor de los tres meses, lo que sugiere que la risa no depende de la experiencia social previa. Este carácter innato se refuerza con la observación de personas sordociegas, quienes, sin haber visto ni escuchado nunca una risa, también la experimentan de manera espontánea.
Pero la risa no es exclusiva de la especie humana. Según detalló la BBC, son al menos 65 las especies animales, entre ellas vacas, loros, perros, delfines y urracas, que emiten sonidos similares a la risa durante el juego o cuando reciben cosquillas. En simios y ratas, estos sonidos se producen en contextos lúdicos, lo que sugiere una función evolutiva compartida.
Las carcajadas de los simios al jugar podrían ser el origen evolutivo de la risa humana, diferenciándose del habla, que requiere un lenguaje complejo. La risa, en cambio, surge de manera instintiva y resulta contagiosa. Asimismo refuerza el sentimiento de pertenencia del grupo.

Los científicos consideran que la función social de la risa pudo haber surgido con el Homo ergaster hace aproximadamente dos millones de años, lo que facilita la cohesión grupal sin necesidad de lenguaje articulado. Esta hipótesis se apoya en la capacidad de la risa para generar vínculos y aliviar tensiones dentro de los grupos sociales, un rasgo que perdura y evoluciona hasta la actualidad.
La pregunta sobre qué nos provoca risa intrigó a la ciencia durante décadas. La gelotología, disciplina dedicada al estudio de la risa, propuso más de veinte teorías para explicar el humor, aunque no existe un consenso definitivo. No obstante, la mayoría de los modelos actuales coinciden en tres factores clave: la percepción de una violación de expectativas (incongruencia), la evaluación de esa violación como inofensiva y la simultaneidad de ambos procesos. El informe de BBC News Mundo explica que la risa aparece cuando algo desafía nuestras expectativas de forma repentina pero inofensiva, y lo procesamos de manera inmediata.
Un ejemplo clásico ilustra este mecanismo: si una persona tropieza con una cáscara de plátano y se levanta riendo, el cerebro registra la sorpresa y, al comprobar que no existe peligro, libera la tensión con una carcajada de alivio. Este proceso explica por qué un chiste sin sorpresa no resulta gracioso o por qué un accidente real no provoca risa, ya que la situación deja de ser inofensiva.
El humor, sin embargo, no es universal. Las diferencias culturales, personales y contextuales influyen profundamente en lo que cada individuo considera gracioso. Un mismo chiste puede provocar risa en una cultura, resultar ofensivo en otra o pasar desapercibido en un tercer contexto. Esta variabilidad subraya la complejidad del humor y la risa como fenómenos sociales y culturales.

Desde el punto de vista neurocientífico, el procesamiento del humor involucra múltiples regiones cerebrales. La corteza prefrontal dorsolateral detecta la incongruencia, mientras que la unión temporo-occipital evalúa si la situación es inofensiva. Una vez confirmada la ausencia de riesgo, se producen cambios en la sustancia gris periacueductal y se activa el circuito de recompensa. Así, libera el neurotransmisor dopamina. Este proceso culmina en la risa, que no solo es una respuesta emocional, sino también fisiológica.
No todas las risas son iguales. La risa emocional, ligada a un placer genuino, es innata y espontánea. Así se activan principalmente estructuras cerebrales asociadas a la recompensa emocional, como el núcleo accumbens y la amígdala. Por otro lado, la risa voluntaria se aprende y funciona como una herramienta social para imitar o reforzar vínculos emocionales, lo que depende de áreas cerebrales responsables de movimientos conscientes. Así, cada tipo de risa refleja mecanismos neuronales distintos: lo automático frente a lo social.
La edad también influye en la experiencia de la risa. Los jóvenes muestran una mayor activación en las zonas cerebrales vinculadas al placer emocional, lo que se traduce en una experiencia más intensa y primaria del humor. En los adultos, en cambio, predominan las áreas relacionadas con el procesamiento complejo, la reflexión asociativa y la memoria autobiográfica. Esto explica por qué los adultos tienden a preferir estilos de humor más complejos, como el sarcasmo, mientras que los jóvenes se inclinan por estímulos inmediatos, como el humor físico o absurdo.
Más allá de su dimensión emocional y social, la risa posee un potente efecto terapéutico. Cuando reímos, el sistema opioide endógeno se activa y promueve la liberación de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sustancias claves para el bienestar psicológico y la reducción del estrés. Diversos estudios avalan la eficacia de la risa para mejorar la calidad de vida, especialmente en personas mayores, donde la frecuencia de la risa se asocia a un menor riesgo de discapacidad funcional.

La risoterapia, una técnica que utiliza la risa como herramienta terapéutica, demostró reducir los niveles de cortisol (hormona del estrés), aliviar la depresión y la ansiedad, mejorar la calidad del sueño e incluso aumentar la tolerancia al dolor. En el ámbito hospitalario, la presencia de payasos en procedimientos médicos con niños y adolescentes redujo significativamente la ansiedad, el dolor y el estrés.
La risa, por tanto, no solo transforma la biología y la mente, sino que también fortalece las relaciones sociales. El humorista Victor Borge resumió este poder al afirmar que la risa es la distancia más corta entre dos personas. La ciencia moderna, a través de la gelotología y la neurociencia, desentraña los misterios de este fenómeno. Al mismo tiempo que confirma su papel esencial en la salud y el bienestar social.
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