
Bajo los hielos de un antiguo mundo, donde hoy se extiende el sur de Australia, pequeñas arquitectas del pasado dejaron su rastro hace 127 millones de años. Se trata de un nido fósil de termitas que revela su presencia en regiones polares y modifica de forma significativa la comprensión sobre su distribución histórica y su rol ecológico.
El hallazgo fue difundido en un estudio publicado en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology, y constituye el registro más antiguo de termitas en Australia y el primer documentado en un entorno polar.
Los investigadores destacan que estos insectos ya tenían una distribución global durante el Cretácico temprano y desempeñaban funciones clave en la descomposición de la madera, incluso bajo condiciones climáticas extremas.
Fósil singular en un entorno polar
El fósil corresponde a un tronco de conífera de 80 centímetros de largo, extraído de la formación geológica Strzelecki Group, en las cercanías de Inverloch, estado de Victoria. Fue identificado por la buscadora de fósiles Melissa Lowery, quien observó túneles rellenos de diminutos gránulos similares a granos de arroz, que luego fueron reconocidos como coprolitos fosilizados.
El análisis detallado estuvo a cargo de un equipo liderado por Jonathan Edwards, paleontólogo de Monash University, junto con expertos de instituciones australianas y estadounidenses.

Para descifrar la naturaleza del nido, se utilizaron técnicas de vanguardia como el Australian Synchrotron, que emplea rayos X e infrarrojos para generar imágenes internas tridimensionales sin dañar los fósiles. Además, se realizaron observaciones microscópicas de cortes ultrafinos y análisis químicos, entre ellos espectroscopía Raman y fluorescencia de rayos X, para estudiar la composición de los coprolitos.
La microCT (tomografía computarizada de alta resolución) permitió distinguir dos tipos de excrementos: unos mayores, hexagonales, atribuibles a termitas; y otros menores, esféricos, producidos por ácaros oribátidos.
La forma y tamaño de los coprolitos, así como su composición interna, confirmaron su origen. Los excrementos más grandes presentan características digestivas propias de termitas de la familia Kalotermitidae, mientras que los más pequeños corresponden a ácaros que se alimentaban de madera.
Según los expertos, la coexistencia de estos restos indica una interacción ecológica inédita: los ácaros habrían utilizado los túneles construidos por las termitas, posiblemente tras el abandono del nido.

Bosques polares del Cretácico temprano
En el período del Cretácico temprano, el sureste australiano se encontraba dentro del círculo polar antártico, cubierto por bosques de coníferas y helechos bajo un clima con inviernos oscuros y veranos de luz continua.
Aunque las temperaturas medias anuales rondaban los 6 °C, no existía permafrost, lo que permitía la actividad de organismos sociales como las termitas. Según The Conversation, este fósil constituye un indicador paleoclimático clave, ya que las termitas modernas no sobreviven a condiciones prolongadas bajo cero.
Por otro lado, las termitas son esenciales en los ecosistemas forestales por su capacidad de descomponer madera y reciclar nutrientes, funciones que en climas fríos adquieren aún más importancia.
El estudio sugiere que su rol en los bosques polares del Cretácico era comparable al actual. La interacción con los ácaros añade complejidad a las redes tróficas documentadas, revelando que ya existían relaciones ecológicas sofisticadas en estos entornos.

Comparativa con otros registros fósiles
El registro fósil de termitas en ambientes polares y del hemisferio sur es extremadamente limitado. Los restos más antiguos conocidos hasta ahora se ubicaban en el hemisferio norte, con 150 millones de años de antigüedad.
En Gondwana, los hallazgos previos procedían de lugares como Brasil y Argentina, pero no en zonas circumpolares. El nido hallado en Australia es el más austral y mejor conservado hasta la fecha en su tipo. La coexistencia fósil de termitas y ácaros en un mismo nido es, además, un fenómeno sin precedentes.
Es por eso, que este hallazgo amplía la comprensión sobre la evolución de las interacciones ecológicas en ecosistemas antiguos, la distribución global temprana de las termitas, y las condiciones climáticas de los polos terrestres durante el Cretácico.
La información obtenida refuerza la idea de que estos ecosistemas, aunque ubicados en latitudes extremas, ofrecían condiciones habitables para una diversidad de organismos, marcando un hito en el estudio de los climas y redes ecológicas del pasado.
Según The Conversation, el estudio aporta evidencia concluyente de que las termitas ya estaban adaptadas a una distribución planetaria hace más de 120 millones de años, desempeñando un rol decisivo en los ciclos ecológicos de los antiguos bosques de Gondwana.
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