
En los rincones más inesperados del reino animal se oculta una farmacia viva. Desde gorriones urbanos que reutilizan colillas de cigarrillos hasta orugas que modifican su dieta para sobrevivir, los comportamientos medicinales de la fauna silvestre están desafiando la noción de que los seres humanos son los únicos capaces de curarse.
El biólogo Jaap de Roode, profesor en la Universidad de Emory (Georgia, EE. UU.), documenta este fenómeno en su libro Doctors by Nature, donde reúne pruebas de cómo animales de múltiples especies utilizan sustancias naturales para prevenir o tratar enfermedades.
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“Por cada animal que se extingue, perdemos un posible médico”, advierte De Roode al subrayar la importancia de preservar la biodiversidad.
Cigarrillos contra parásitos y propóleos antimicóticos
En Ciudad de México, investigadores hallaron colillas de cigarrillos entre los materiales de nidos de gorriones y pinzones.
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Lejos de tratarse de simple basura urbana reciclada, los análisis demostraron que los pájaros las recolectaban de forma selectiva por su contenido en nicotina, un compuesto capaz de repeler garrapatas y ácaros. El hallazgo sugiere un comportamiento de automedicación en beneficio de las crías.
Una lógica parecida se repite en las colmenas. Las abejas recolectan propóleos —una sustancia resinosa— para sellar grietas y proteger su entorno de patógenos. Experimentos dirigidos por Marla Spivak y Michael Simone-Finstrom demostraron que, al enfrentar infecciones como la ascosferosis, las abejas intensifican la recolección de esta sustancia.
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“Preservar la biodiversidad es una cuestión ética y una estrategia de supervivencia”, enfatiza la conexión entre estas prácticas animales y su relevancia para la humanidad.
Orugas, chimpancés y sabiduría evolutiva

La investigación de De Roode comenzó con un hallazgo en las mariposas monarca. Las orugas que consumen la variedad tropical de asclepia (planta rica en cardenólidos) presentan una menor tasa de infección por el parásito Ophryocystis elektroscirrha.
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Incluso, las hembras infectadas optan por depositar sus huevos en estas plantas como medicina preventiva para sus descendientes.
Este comportamiento no es exclusivo de insectos. En la década de 1980, el primatólogo Michael Huffman y el guardaparques Mohamedi Kalunde observaron a una chimpancé enferma, Chausiku, consumir con deliberación hojas de una planta desconocida.
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Kalunde reconoció la especie como utilizada por curanderos locales para trastornos digestivos, y al día siguiente, el animal mostró una notable mejoría. Estudios posteriores confirmaron la presencia de compuestos activos con propiedades antiparasitarias, antibacterianas e incluso anticancerígenas.

Desde entonces, se documentó que al menos 25 especies de primates en 26 países recurren a plantas medicinales, en un abanico de conocimientos empíricos que sigue ampliándose.
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Más allá del instinto: memoria, cuidado y cultura
“Nos encanta pensar que somos únicos”, reflexiona De Roode. “Cada vez que atribuimos a los humanos una característica excepcional —uso de herramientas, lenguaje, cultura, medicina—, descubrimos que otros animales también la poseen”. Para el biólogo, estas prácticas no son meros instintos, sino expresiones de inteligencia adaptativa.
Incluso animales domesticados, como el ganado, muestran lo que la ciencia llama “sabiduría nutricional”: se orientan hacia arbustos ricos en taninos cuando sufren infestaciones parasitarias, demostrando un conocimiento intuitivo de sus necesidades fisiológicas.
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Biodiversidad como biblioteca farmacológica
Las implicancias de estas observaciones van más allá del asombro científico. De Roode advierte que la pérdida de biodiversidad representa también una amenaza para el descubrimiento de nuevos tratamientos.
“Por cada animal que se extingue, perdemos un posible médico. Por cada planta desaparecida, se esfuma un fármaco potencial”, señala. En lugares como la República Democrática del Congo, investigadores ya están analizando las plantas que usan bonobos y chimpancés en busca de moléculas con aplicaciones médicas humanas.
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Frente al aumento de la resistencia a antibióticos, la medicina humana podría beneficiarse enormemente de prestar atención a sus orígenes evolutivos.
Los primeros indicios de uso terapéutico entre humanos se remontan a hace más de 5.000 años, como en el caso de Ötzi, el hombre neolítico hallado en los Alpes, que portaba hongos con propiedades antibióticas. Es probable que muchas de esas prácticas hayan surgido imitando a otros animales.
La lección urgente de la naturaleza

El mensaje de Doctors by Nature es claro: la medicina no nació en laboratorios, sino en la observación del entorno. Preservar la naturaleza es una cuestión ética y una estrategia de supervivencia.
Como concluye De Roode, “podemos proteger la biodiversidad porque es lo correcto o porque nos beneficia. Pero en ambos casos, el resultado es el mismo: debemos actuar ya”.
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