
Louis Pasteur, uno de los científicos más influyentes del siglo XIX, es reconocido por sus revolucionarios avances en microbiología y sus descubrimientos sobre la relación entre los gérmenes y las enfermedades.
Sin embargo, como menciona The New York Times, una de sus hazañas más singulares y menos conocidas fue su búsqueda de los “gérmenes flotantes” en el aire, una travesía que realizó en 1860 en los Alpes franceses, mucho antes de que sus investigaciones lo hicieran célebre por la pasteurización o el desarrollo de vacunas.
La travesía hacia lo invisible
En el verano de 1860, Pasteur emprendió un viaje en busca de una forma de vida invisible que rondaba la atmósfera: los microorganismos suspendidos en el aire.
Junto a un guía, el joven químico ascendió el Mont Blanc, cargando con él frascos de vidrio llenos de caldo estéril.
Este curioso experimento, realizado a más de 2.000 metros de altura, tenía como objetivo demostrar que el aire no era un espacio vacío e inerte, sino un medio poblado por innumerables microorganismos flotantes.

Durante la ascensión, Pasteur se detuvo en varios puntos del glaciar Mer de Glace, donde sus frascos fueron expuestos al aire para observar qué ocurría.
Mientras los vientos helados y los reflejos del sol sobre el hielo dificultaban su trabajo, el científico persistió, convencido de que los microorganismos que él creía responsables de la fermentación y otras transformaciones biológicas podrían estar presentes en el aire, a pesar de que esta idea resultaba absolutamente novedosa y sorprendente para su época.
El desafío de la generación espontánea
En ese momento, la teoría dominante sobre el origen de la vida era la de la generación espontánea, defendida por naturalistas como Félix-Archimède Pouchet, quien argumentaba que organismos simples podían surgir de manera espontánea a partir de materia inerte.
Pasteur, sin embargo, comenzaba a poner en duda esta creencia. Su propio trabajo en la fermentación de líquidos como el jugo de remolacha le había mostrado que las bacterias presentes en los líquidos no surgían espontáneamente, sino que provenían del aire.
Este desafío a la teoría tradicional llevó a un enfrentamiento entre Pasteur y Pouchet, quien criticaba abiertamente las ideas de Pasteur.
La disputa se convirtió en una cuestión pública y científica que culminó en la organización de un concurso por parte de la Academia de Ciencias de Francia para resolver la cuestión de la generación espontánea.
El experimento decisivo

Pasteur, confiado en su hipótesis, ideó un experimento en el que utilizaba frascos de vidrio con cuellos largos, diseñados específicamente para que los gérmenes del aire pudieran entrar solo si la apertura se mantenía en posición vertical.
Su hipótesis era que los gérmenes no podían elevarse por sí mismos, sino que caían hacia el fondo de los frascos si la abertura apuntaba hacia abajo.
De hecho, sus experimentos en el observatorio de París y en áreas rurales confirmaron que los frascos mantenidos en lugares alejados de la contaminación humana permanecían estériles, mientras que aquellos expuestos en zonas urbanas se llenaban de microorganismos.
Sin embargo, para dar la última prueba definitiva, Pasteur decidió realizar una prueba extrema. Viajó a los Alpes, donde la atmósfera era mucho más pura, y subió nuevamente al glaciar Mer de Glace, donde, al perfeccionar su técnica, logró obtener resultados reveladores: de 20 frascos, solo uno se contaminó con microorganismos.
El resto permaneció estéril, lo que confirmaba su teoría de que el aire estaba lleno de gérmenes, pero que su concentración disminuía considerablemente en áreas alejadas de la actividad humana.
La victoria científica y el reconocimiento público
En noviembre de 1860, Pasteur presentó sus resultados ante la Academia de Ciencias de París, mostrando los 73 frascos que había usado en sus experimentos.
A pesar de las dudas de su competidor, Pouchet, que se negó a aceptar la evidencia, Pasteur ganó el premio de 2.500 francos (396 dólares) y, con ello, un reconocimiento definitivo por su trabajo sobre los gérmenes en el aire.
El enfrentamiento entre ambos científicos no cesó, y en un último intento por desacreditar a Pasteur, Pouchet solicitó más tiempo para sus investigaciones.
Sin embargo, Pasteur, consciente del impacto de su descubrimiento, decidió llevar el debate al público. En abril de 1864, organizó una demostración pública en París, donde, usando un proyector y un microscopio, mostró a una audiencia de élite parisina cómo el aire estaba cargado de microorganismos invisibles, revelando la presencia de vida microscópica en el ambiente cotidiano.
Este acto de divulgación culminó en una ovación y consolidó su reputación como uno de los grandes científicos de su tiempo.

Un legado que trascendió
Aunque el episodio del glaciar Mer de Glace no fue ampliamente recordado en los obituarios de Pasteur tras su muerte en 1895, el descubrimiento de los gérmenes flotantes fue un avance fundamental que cambió nuestra comprensión del mundo microscópico.
Pasteur no solo refutó la teoría de la generación espontánea, sino que también abrió la puerta a un nuevo campo de investigación sobre el “aerobioma” — un ecosistema invisible y aún poco comprendido de microorganismos que viven en la atmósfera.
Hoy, los científicos reconocen que el aire está repleto de vida microscópica mucho más de lo que Pasteur imaginó. El concepto de un aerobioma se ha expandido, y estudios recientes sugieren que la vida en la atmósfera podría ser mucho más abundante y diversa de lo que él supuso.
Algunos investigadores incluso han especulado que otros planetas podrían albergar aerobiomas flotantes en sus atmósferas, lo que convierte a Pasteur en un pionero no solo en la microbiología terrestre, sino en la astrobiología, abriendo nuevas posibilidades sobre cómo la vida podría existir en lugares inesperados.
El viaje de Pasteur a Mer de Glace, a pesar de ser un episodio poco conocido en su vida, marca un hito en la historia de la ciencia. Nos recuerda que, a menudo, los descubrimientos más trascendentales comienzan con una búsqueda por lo invisible y lo incomprensible.
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