
Un volcán, como el Popocatépetl en México, que produce explosiones. El ciclón Mocha que tocó tierra el domingo en Myanmar, y sus vientos de 250 kilómetros por hora que arrasaron los refugios de las zonas bajas provocando desaparecidos y muertos. Argentina, Uruguay y Chile, que han atravesado sequías extremas y altas temperaturas, que provocaron pérdidas de cosechas y pusieron en riesgo la seguridad alimentaria. Estos son algunos de los más recientes desastres ambientales que afectan a las personas que los sufren y preocupan a otras con tan solo escuchar las noticias a la distancia.
Es en este escenario que los científicos ya hablan de “eco-ansiedad” o “ansiedad ecológica”, la angustia relacionada con la preocupación por los efectos del cambio climático.
Una encuesta de la Universidad de Bath, en el Reino Unido mostró indicios de la eco-ansiedad. De los casi 5.000 encuestados, el 19% de los estudiantes y el 25% del personal declararon estar “extremadamente preocupados” por el cambio climático, mientras que el 36% y el 33% afirmaron estar “muy preocupados”. La preocupación por el clima fue mayor en comparación con los resultados de la encuesta que habían realizado año anterior.
La encuesta fue completada por 4.764 encuestados, lo que representa el 41% del personal de la Universidad y el 14% de los estudiantes. La consulta fue encargada por el equipo de Acción por el Clima, y la metodología y los resultados fueron analizados por los investigadores Lorraine Whitmarsh, Paul Haggar y Kaloyan Mitev.

De acuerdo con Stephanie Collier, directora de educación en la división de psiquiatría geriátrica del Hospital McLean y docente de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard en los Estados Unidos, “la eco-ansiedad no es una enfermedad mental. Se trata más bien de una ansiedad arraigada en la incertidumbre sobre el futuro y que nos alerta de los peligros de un clima cambiante”.
“Es normal experimentar preocupación y miedo” por las consecuencias del cambio climático, según Collier. Además, la ansiedad por el clima suele estar acompañada de sentimientos de pena, ira, culpa y vergüenza, que a su vez pueden afectar al estado de ánimo, el comportamiento y el pensamiento.
Según una encuesta de la Asociación Estadounidense de Psicología, más de dos tercios de los norteamericanos experimentan algún tipo de ansiedad climática. Según un estudio publicado por The Lancet, el 84% de los niños y jóvenes de 16 a 25 años están, al menos, moderadamente preocupados por el cambio climático, y el 59% están muy o extremadamente preocupados.
Que niños y jóvenes se sientan preocupados tiene su justificación. “Tiene sentido, ya que los niños y los adultos jóvenes sufrirán de forma desproporcionada las consecuencias de los cambios ambientales”, aclaró Collier.

Un informe de UNICEF calculó que 1.000 millones de niños correrán un “riesgo extremadamente alto” como consecuencia del cambio climático. Los niños y los adultos jóvenes también son especialmente vulnerables a los efectos del estrés crónico, y la ansiedad climática puede aumentar su riesgo de desarrollar depresión, ansiedad y trastornos por consumo de sustancias.
El cambio climático puede afectar a la salud mental de forma directa (por ejemplo, a través de las catástrofes ambientales) e indirecta (a través de los desplazamientos, las migraciones y la inseguridad alimentaria).
El aumento de las temperaturas se ha asociado a un incremento de las visitas a urgencias por motivos psiquiátricos, y puede perjudicar el desarrollo cognitivo de niños y adolescentes. Además, la inseguridad alimentaria se asocia a depresión, ansiedad y problemas de conducta.

Lo importante es que la ansiedad climática o eco-ansiedad puede ser gestionada. “Como la incertidumbre y la pérdida de control caracterizan a la ansiedad climática, el mejor tratamiento es actuar. A nivel individual, resulta terapéutico compartir las preocupaciones y temores con amigos de confianza, un terapeuta o uniéndose a un grupo de apoyo”, recomendó la experta de Harvard.
También se pueden hacer cambios en el estilo de vida que sean coherentes con los valores. Se pueden “tomar menos vuelos, unirse a una protesta o aumentar la concienciación pública sobre el cambio climático a través de la incidencia política”, según Collier. Acercarse en grupo a conectar con otras personas para emprender acciones significativas.
Recientemente, se publicó un estudio en la revista Plos One, sobre padres y niños evaluados por separado con respecto a la eco-ansiedad. Las experiencias de 15 niños (que tenían entre 8 y 12 años) se exploraron mediante entrevistas semiestructuradas y las percepciones de sus padres se recogieron mediante una encuesta con preguntas cerradas y abiertas.

Se utilizó un análisis temático reflexivo para evaluar los datos de las entrevistas y un análisis de contenido para investigar las experiencias de padres e hijos. El análisis reveló que los padres que eran conscientes de que sus hijos estaban preocupados por el cambio climático, tenían hijos que utilizaban mecanismos de afrontamiento más adaptativos, escribieron los investigadores que forman parte de la Universidad de Sherbrooke, en Canadá.
“Es esencial apoyar la expresión emocional de los niños y crear espacios para debatir estos temas existenciales. Además, esta generación debe adaptarse a un mundo menos contaminante e intensivo en carbono, lo que sugiere la importancia de apoyar a los niños para que avancen hacia el lado movilizador de la eco-ansiedad y no hacia el lado que los paralice”, expresaron en las conclusiones.
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