
El Colegio Estadounidense de Cardiología (ACC, por sus siglas en inglés) difundió la semana última una orientación clínica sobre las consecuencias cardiovasculares del COVID-19. El documento de consenso proporcionó a los profesionales un marco para comprender y manejar las secuelas cardíacas más habituales de la enfermedad.
Como publicó Infobae el pasado jueves, la llamada “vía de decisión de consenso de expertos para la evaluación y el manejo de adultos con consecuencias cardiovasculares clave de COVID-19″, analizó la miocarditis y otros tipos de afectación miocárdica producto de la infección por SARS-CoV-2, los enfoques centrados en el paciente para el COVID prolongado y la orientación sobre la reanudación del ejercicio después de superada la enfermedad. El ACC publicó su guía clínica en el Journal of the American College of Cardiology.
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“Este documento intenta proporcionar recomendaciones clave sobre cómo evaluar y manejar adultos con estas condiciones, incluida la orientación para el regreso seguro al juego para atletas competitivos y no competitivos”, dijo Ty Gluckman, copresidente de la vía de decisión por consenso de expertos.
Los expertos definieron el COVID prolongado o PASC (Post Acute Sequelae of Coronavirus SARS-CoV-2, es decir secuelas a largo plazo de la infección por SARS-CoV-2) como “una constelación de problemas de salud nuevos, recurrentes o persistentes que experimentan las personas 4 o más semanas después de la infección por SARS-CoV-2. Los pacientes con esta afección comúnmente experimentan una amplia gama de síntomas, que incluyen fatiga, disfunción cognitiva, trastornos del sueño e intolerancia al ejercicio. Los síntomas informados abarcan casi todos los sistemas de órganos, con diferentes impactos en la calidad de vida”.
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Una de ellas es la miocarditis, o inflamación del corazón. Se trata de una afección definida por la presencia de síntomas cardíacos (dolor en el pecho, dificultad para respirar, palpitaciones), troponina cardíaca elevada (biomarcador de lesión cardíaca) y electrocardiograma (ECG) anormal, imágenes cardíacas (ecocardiograma, resonancia magnética cardíaca) y/o hallazgos anormales en la biopsia cardíaca.
Los expertos estadounidenses señalaron que, aunque es poco común, la miocarditis por COVID-19 se observa con mayor frecuencia en hombres. “Debido a que la miocarditis se asocia con un mayor riesgo de complicaciones cardíacas, se debe implementar un plan de manejo proactivo para cuidar a estas personas. Para los pacientes con formas leves o moderadas de miocarditis, se recomienda la hospitalización para monitorear de cerca el empeoramiento de los síntomas, mientras se someten a pruebas de seguimiento y tratamiento. Idealmente, los pacientes con miocarditis grave deben ser hospitalizados en centros con experiencia en insuficiencia cardíaca avanzada, soporte circulatorio mecánico y otras terapias avanzadas”, recomendaron los expertos.
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En cuanto a las personas que desarrollan habitualmente una actividad física intensa, advirtieron que se observaron “lesiones cardíacas entre algunos pacientes hospitalizados con COVID-19″ y hubo “incertidumbre sobre las secuelas cardiovasculares después de una enfermedad leve”. Esto puso en duda la forma de retornar a los deportes. “Los datos posteriores de grandes registros han demostrado una baja prevalencia general de miocarditis clínica, sin un aumento en la tasa de eventos cardíacos adversos. En base a esto, se proporciona una guía actualizada con un marco práctico basado en evidencia para guiar la reanudación del atletismo y el entrenamiento físico intenso”, explicaron.

Ante esto, el criterio médico para los “atletas que se recuperan de COVID-19 con síntomas cardiopulmonares continuos (dolor en el pecho, dificultad para respirar, palpitaciones, mareos) o aquellos que requieren hospitalización con mayor sospecha de compromiso cardíaco, debería realizarse una evaluación adicional con pruebas de tríada: un ECG (electrocardiograma), medición de troponina cardíaca y un ecocardiograma”. De este grupo, quienes presentaron “resultados de prueba anormales” deberán ser sometidos a “una evaluación adicional con imágenes de resonancia magnética cardíaca (IRM cardíaca). Las personas diagnosticadas con miocarditis clínica deben abstenerse de hacer ejercicio durante tres a seis meses”, advirtieron.
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En cambio, “no se recomiendan las pruebas cardíacas para personas asintomáticas después de la infección por COVID-19″, aunque “las personas deben abstenerse de entrenar durante tres días para asegurarse de que no se desarrollen los síntomas”. Pero quienes presenten “síntomas no cardiopulmonares leves o moderados (fiebre, letargo, dolores musculares), el entrenamiento puede reanudarse después de la resolución de los síntomas. Para aquellos con infección remota (≥ tres meses) sin síntomas cardiopulmonares continuos, se recomienda un aumento gradual del ejercicio sin necesidad de pruebas cardíacas”, dijeron.
Teniendo en cuenta que ha sido “baja” la presencia de cuadros de miocarditis en atletas competitivos, los autores del trabajo señalaron que estas recomendaciones pueden aplicarse a jóvenes atletas de un promedio de edad de 14 años “junto con adultos entusiastas del ejercicio recreativo. Sin embargo, se necesitan estudios futuros para comprender mejor cuánto tiempo persisten las anomalías cardíacas después de la infección por COVID-19 y el papel del entrenamiento físico en la COVID prolongada”.
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“Además, se debe enfatizar un régimen de RTP (regreso al deporte, por sus siglas en inglés) graduado en todas las personas con antecedentes de COVID-19 para garantizar una estrecha vigilancia de nuevos síntomas cardiopulmonares”, dijeron los especialistas del ACC. “Para aquellos que participan en deportes competitivos organizados, los programas de ejercicios graduados deben ser individualizados e implementados, con el apoyo de entrenadores atléticos y médicos de medicina deportiva de atención primaria”, aclararon.
En tanto, “para la mayoría de las personas que participan en atletismo recreativo de alto nivel, un programa graduado de regreso al ejercicio equivale a aumentos graduales más cualitativos en el esfuerzo. Este sigue siendo un punto de énfasis clave, ya que muchos entusiastas del ejercicio recreativo de alto nivel no tienen acceso inmediato a pruebas cardíacas y referencias de cardiología deportiva, independientemente de la gravedad de los síntomas”, advirtieron.
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En cuanto a los atletas que presentan síntomas cardiopulmonares, “la evaluación inicial debería ser idealmente con un ECG, cTn (biomarcador troponina cardiaca) y un ecocardiograma. La presencia de hallazgos anormales con la prueba de tríada o la persistencia de síntomas cardiopulmonares (específicamente dolor u opresión en el pecho, palpitaciones o síncope) después de la prueba inicial sugiere que se debe realizar una evaluación adicional con RMC (resonancia magnética cardíaca)”.

“La prueba de esfuerzo máximo puede ser un complemento útil en casos de síntomas cardiopulmonares persistentes, solo después de que se haya excluido la miocarditis con RMC. En base a la baja prevalencia de miocarditis observada en atletas competitivos con COVID-19, también es razonable aplicar estas recomendaciones a atletas de secundaria (edad ≥14-15 años) junto con entusiastas del ejercicio recreativo de nivel de maestría”, concluyeron.
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Los atletas que presenten antecedentes de COVID-19 y de síntomas cardiopulmonares, “la duración del tiempo desde la resolución de los síntomas y el estado clínico actual del atleta deben dictar el enfoque”, dijeron, y detallaron: “Si ha transcurrido menos de 1 mes desde la resolución de los síntomas cardiopulmonares, se deben realizar pruebas de tríada. Si han transcurrido >3 meses desde la resolución de los síntomas cardiopulmonares y no hay limitaciones para el ejercicio, es probable que no se requieran más pruebas cardíacas. La justificación de esto se deriva de la orientación previa que recomienda evitar el ejercicio durante al menos 3 meses en casos de miocarditis confirmada”.

Por otra parte, si transcurrieron de 1 a 3 meses desde que la persona dejó de presentar síntomas cardiopulmonares, en el caso de los atletas que “han regresado al entrenamiento por su cuenta sin limitación del ejercicio, es razonable permitir el entrenamiento continuo sin una evaluación cardíaca adicional. Esta decisión debe ser individualizada y basada en el juicio clínico, informado por el tipo y la gravedad de los síntomas previos. Los factores que justifican una evaluación cardíaca adicional incluyen síntomas cardiopulmonares preocupantes previos (p. ej., síncope, palpitaciones por esfuerzo sostenido y/u opresión torácica o disnea por esfuerzo)”.
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Los expertos estimaron que cada vez más personas que practican actividad física y no presentan síntomas luego de haber tenido COVID-19 deseen evaluarse para retornar a sus prácticas habituales. “Independientemente de la cantidad de tiempo que haya pasado desde la infección, los atletas que han permanecido asintomáticos o que han tenido síntomas no cardiopulmonares y están haciendo ejercicio sin limitación no requieren más pruebas cardíacas”, concluyeron.
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