
Mientras cada vez más son los multimillonarios y, hasta celebridades, acceden a viajes al espacio, las consecuencias de estos viajes en la salud de los individuos que los encaran se encuentran aún bajo observación.
Aunque los astronautas reciben múltiples entrenamientos estrictos para concretar sus misiones y los estándares de salud requeridos son extremos, a medida que los humanos conquistan el cielo más allá de nuestro planeta, se van perdiendo ciertos temores que eran utopías frente a las primeras misiones.
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De hecho, ahora se ha detectado que es posible que los viajes espaciales no sean tan seguros para el cuerpo humano como lo hace ver la ciencia ficción, o bien como se consideró para quienes pasaban corto tiempo en misiones de este tipo.
Estudios anteriores han revelado que los vuelos espaciales a largo plazo pueden tener consecuencias negativas en la salud de un astronauta, de allí que su estadía orbitando suela ser limitada.
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La disminución de la atracción gravitacional puede causar pérdida de masa muscular, ósea, dolor de espalda e incluso problemas de visión cuando los viajeros espaciales regresan a la Tierra.
Más recientemente, un estudio que acaba de salir a la luz y se ha publicado en la revista especializada JAMA Neurology, llevado a cabo por un equipo interdisciplinario integrado por científicos del instituto de Neurorradiología del, Hospital Universitario de la Universidad Ludwig-Maximilians-Universidad de Múnich; el Departamento de Psiquiatría y Neuroquímica del Instituto de Neurociencia y Fisiología de la Academia Sahlgrenska de la Universidad de Gotemburgo, en Suecia y l Instituto de Problemas Biomédicos de la Academia de Ciencias de Rusia ha detectado que permanecer en el espacio durante largos períodos también puede provocar daño cerebral.
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Este conjunto de especialistas evaluaron a cinco astronautas antes y después de su estadía en la Estación Espacial Internacional (ISS). Cada uno de ellos ofreció una muestra de sangre casi tres semanas antes de partir hacia el destino en el espacio, y nuevamente lo hizo después de su estadía de cinco meses y medio en la órbita terrestre. Los científicos recolectaron muestras de sangre un día después de regresar, una semana más tarde y nuevamente pasadas tres semanas de su retorno.
Un golpe de atmósfera
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Los autores del estudio analizaron las muestras de sangre en busca de proteínas específicas que aumentan cuando el cerebro experimenta un trauma. Cinco de esas proteínas estaban presentes en cada muestra, incluida una proteína beta amiloide (Aβ40), proteína ácida fibrilar glial (GFAP) y luz de neurofilamento (NFL), que se encontraban en las concentraciones más altas. Una segunda proteína beta amiloide y la proteína llamada tau total (T-tau) también se encontraban entre los cinco biomarcadores de lesiones cerebrales.

De manera preocupante, los estudios muestran que las acumulaciones de proteínas beta amiloide y tau tienen una conexión con la aparición de la enfermedad de Alzheimer.
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“Esta es la primera vez que se han documentado pruebas concretas de daño en las células cerebrales en análisis de sangre después de vuelos espaciales. Esto debe explorarse aún más y considerarse con seriedad si los viajes espaciales se van a volver más comunes en el futuro, no sólo en frecuencia, sino también en la cantidad de candidatos que se involucrarán en ellos”, dice el coautor principal del estudio y profesor de neurociencia Henrik Zetterberg.
En su análisis indicó que “para llegar allí, debemos ayudarnos unos a otros para descubrir por qué surge el daño. ¿Es la ingravidez, los cambios en el fluido cerebral o los factores estresantes asociados con el lanzamiento y el aterrizaje, o es causado por otra cosa? Aquí, se pueden realizar en la Tierra un montón de estudios experimentales en humanos que nos ayuden a acercarnos a las conclusiones”.
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Las investigaciones anteriores que utilizan imágenes por resonancia magnética (IRM) también indican daño cerebral originados en viajes de larga duración al espacio. Las evaluaciones clínicas de la actividad neuronal de los astronautas demuestran que sus responsabilidades en el espacio tienen un impacto directo en sus cerebros. En esta investigación, sin embargo, el equipo no pudo analizar estas relaciones en profundidad.
Los coautores Nicholas Ashton y Kaj Blennow ya están considerando investigaciones adicionales con la colaboración de agencias espaciales nacionales e internacionales, incluida la NASA. “Si podemos resolver qué causa el daño, los biomarcadores que hemos desarrollado pueden ayudarnos a descubrir la mejor manera de remediar el problema”, concluye Zetterberg.
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