
Con las vacunas COVID-19 funcionando y las restricciones diferenciales en los distintos países, las personas se enfrentan a desafíos de nuevas medidas en materia de comportamiento social. Pero es posible que el cerebro no esté tan ansioso por volver a sumergirse en su vida social anterior.
Las medidas de distanciamiento social resultaron esenciales para frenar la propagación de COVID-19 en todo el mundo, previniendo más de 500 millones de casos. Pero, si bien sigue siendo necesario en muchos sitios, estar separados ha afectado la salud mental de las personas.
En una encuesta realizada el año pasado, el 36% de los adultos incluido el 61% de los adultos jóvenes, informaron que se sintieron “muy solitarios” durante la pandemia. Estadísticas como estas sugieren que la gente estaría ansiosa por entrar en la escena social. Pero, a la vez casi la mitad de los estadounidenses informaron sentirse incómodos por volver a la interacción en persona, independientemente del estado de vacunación.
“El cerebro es extraordinariamente adaptable -explica Kareem Clark, asociado postdoctoral en neurociencia, Virginia Tech-. Y aunque no podemos saber exactamente por lo que han pasado nuestros cerebros durante el último año, los neurocientíficos tenemos una idea de cómo el aislamiento social y la resocialización afectan al cerebro”.

Los seres humanos tienen una necesidad evolutivamente cableada de socializar. Desde insectos hasta primates, mantener las redes sociales es fundamental para la supervivencia en el reino animal. Los grupos sociales brindan perspectivas de apareamiento, caza cooperativa y protección contra los depredadores. Pero se debe lograr la homeostasis social: el equilibrio adecuado de conexiones sociales. Las redes sociales pequeñas no pueden ofrecer esos beneficios, mientras que las grandes aumentan la competencia por recursos y compañeros. Debido a esto, los cerebros humanos desarrollaron circuitos especializados para medir nuestras relaciones y hacer los ajustes correctos, al igual que un termostato social.
La homeostasis social involucra muchas regiones del cerebro, y en el centro está el circuito mesocorticolímbico o “sistema de recompensa”. Ese mismo circuito motiva a comer chocolate cuando se desea algo dulce o entrar Tinder. Y al igual que esas motivaciones, un estudio reciente encontró que la reducción de la interacción social causa antojos sociales, produciendo patrones de actividad cerebral similares a la privación de alimentos.
Los científicos no pueden aislar a las personas y mirar dentro de sus cerebros. En cambio, confían en los animales de laboratorio para aprender más sobre el cableado social del cerebro. Afortunadamente, debido a que los lazos sociales son esenciales en el reino animal, estos mismos circuitos cerebrales se encuentran en todas las especies.
Un efecto destacado del aislamiento social es un aumento de la ansiedad y el estrés. Muchos estudios encuentran que separar a los animales de sus compañeros de jaula aumenta los comportamientos de ansiedad y el cortisol, la principal hormona del estrés. Los estudios en humanos también apoyan esto, ya que las personas con círculos sociales pequeños tienen niveles más altos de cortisol y otros síntomas relacionados con la ansiedad similares a los animales de laboratorio socialmente desfavorecidos.

“Evolutivamente, este efecto tiene sentido -dice Clark-. Los animales que pierden la protección del grupo deben volverse hipervigilantes para valerse por sí mismos”. No solo ocurre en la naturaleza. Un estudio encontró que las personas que se describen a sí mismas como “solitarias” están más atentas a las amenazas sociales como el rechazo o la exclusión.
Otra región importante para la homeostasis social es el hipocampo, el centro de aprendizaje y memoria del cerebro. Los círculos sociales exitosos requieren que los sujetos aprendan comportamientos sociales, como el desinterés y la cooperación, y que se reconozca a los amigos de los enemigos. El cerebro almacena enormes cantidades de información y debe eliminar conexiones sin importancia. Entonces, los datos que no se usan se pierden.
Varios estudios muestran que incluso el aislamiento temporal en la edad adulta afecta tanto la memoria social, como reconocer un rostro familiar, la memoria de trabajo o recordar una receta mientras se cocina. A los expedicionarios antárticos se les había encogido el hipocampo después de solo 14 meses de aislamiento social. De manera similar, los adultos con círculos sociales pequeños tienen más probabilidades de desarrollar pérdida de memoria y deterioro cognitivo más adelante en la vida. Por lo tanto, es posible que los seres humanos ya no deambulen por la naturaleza, pero la homeostasis social sigue siendo fundamental para la supervivencia. Afortunadamente, por más adaptable que sea el cerebro al aislamiento, lo mismo puede ocurrir con la resocialización.

Aunque solo unos pocos estudios han explorado la reversibilidad de la ansiedad y el estrés asociados con el aislamiento, sugieren que la resocialización repara estos efectos. Una investigación, por ejemplo, encontró que los titíes anteriormente aislados primero tenían niveles más altos de estrés y cortisol cuando se resocializaban, pero luego se recuperaban rápidamente.
La memoria social y la función cognitiva también parecen ser muy adaptables. Los estudios con ratones y ratas informan que, si bien los animales no pueden reconocer a un amigo familiar inmediatamente después de un aislamiento a corto plazo, recuperan rápidamente la memoria después de la resocialización.
También puede haber esperanza para las personas que emergen de un encierro socialmente distanciado. Un estudio escocés reciente realizado durante la pandemia de COVID-19 encontró que los residentes tenían cierto deterioro cognitivo durante las semanas más duras de encierro, pero se recuperaron rápidamente una vez que se aliviaron las restricciones.
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