Así se ven los 60 satélites de SpaceX en órbita
La semana pasada, la Agencia Espacial Europea (AEE) se puso en contacto con Space Exploration Technologies Corp., de Elon Musk, para advertirle que uno de sus satélites podría colisionar con un satélite de comunicaciones de SpaceX. Cuando la AEE comunicó su preocupación por primera vez a finales de agosto, las posibilidades de colisión eran de 1 en 50.000; SpaceX había dicho que no consideraba el riesgo lo suficientemente alto para tomar medidas. Luego las probabilidades aumentaron a 1 en 1.000. No obstante, la AEE no recibió respuesta.
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Eventualmente, la agencia espacial movió unilateralmente su satélite cuando estaba a apenas media órbita del de SpaceX. Directivos de la compañía explicaron posteriormente que no habían respondido a causa de "un error en nuestro sistema de llamadas". En otras palabras, no vieron el mensaje.
Durante la mayor parte de las seis décadas en las que los seres humanos han lanzado satélites al espacio, el riesgo de ese tipo de colisiones ha sido relativamente bajo. Ahora está creciendo rápidamente, gracias al incremento de compañías espaciales comerciales y el deseo de cada vez más gobiernos de explotar el espacio. Como sugiere el caos de la semana pasada, la autorregulación de los países y las compañías puede ya no ser suficiente para gestionar esos riesgos. Los países que viajan al espacio necesitan urgentemente protocolos para manejar la órbita terrestre como el recurso compartido y limitado que es.
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Desde 1957, los seres humanos han enviado por lo menos 9.000 satélites a la órbita. Aproximadamente 5.000 permanecen allí; unos 2.000 siguen funcionando. Por otra parte, los satélites representan solo una fracción de los objetos fabricados por el ser humano que orbitan la Tierra. La Fuerza Aérea de EEUU y otras organizaciones están rastreando por lo menos 19.000 piezas adicionales de basura espacial, incluidos escombros de colisiones, pruebas antisatélites y lanzamientos de cohetes. Por ende, hay millones de piezas de metal, algunas de apenas un milímetro, que pueden causar un daño significativo a los satélites cuando colisionan a velocidades superiores a 28.000 kilómetros por hora.
Ya en la década de 1970, los científicos habían empezado a advertir que la proliferación de satélites incrementaría las posibilidades de colisiones en órbita. En la actualidad, los operadores de satélites y otros dispositivos espaciales maniobran con regularidad en torno a los objetos en órbita. Desde 1999, la Estación Espacial Internacional ha tenido que cambiar de curso más de veinte veces para evitar la basura espacial.
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El problema se expandirá rápidamente en los próximos años, a medida que SpaceX y otras compañías lancen "megaconstelaciones" de cientos de miles de satélites de comunicaciones medianos y pequeños a la órbita terrestre. SpaceX tiene planes de crear una constelación de hasta 12.000 satélites y lanzó los primeros 60 en mayo. Uno de ellos era con el que la AEE temía encontrarse la semana pasada.
Las compañías y los gobiernos son conscientes del desafío. En 2011, la gigante de los seguros Swiss Re AG reconoció los escombros como un riesgo asegurable para los satélites. SpaceX está tomando varias medidas para abordar el problema, incluida poner sus megaconstelaciones en órbitas de baja altitud, de modo que los satélites muertos salgan de la órbita y se quemen por sí mismos. Tanto EEUU como la UE están considerando exigir que cualquier nuevo satélite pueda hacer lo mismo automáticamente en caso de problemas. La Comisión sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos de la ONU ha publicado directrices voluntarias para la mitigación de los escombros.
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No obstante, solo 30% de los operadores de satélites se están adhiriendo a las directrices de sacar los satélites de órbita luego de 25 años. Mientras tanto, es probable que muchos de los países que ahora van al espacio no se sientan vinculados bajo las regulaciones de EEUU o las directrices de la ONU escritas antes de su despegue. Peor aun, como demuestra el incidente entre SpaceX y la AEE, no existe una agencia de control de tráfico espacial reconocida ni protocolos para regular la órbita terrestre. La comunidad global no cuenta con una definición de "basura espacial", mucho menos ha acordado métodos para pagar su remoción.
Alcanzar un consenso global no será fácil. La órbita terrestre tiene usos tanto civiles como militares, y las líneas que los dividen a menudo son confusas y contenciosas. No obstante, en 1944 se presentó un desafío similar, cuando 52 países establecieron la Organización de Aviación Civil Internacional, una agencia de la ONU que establece normas globales de seguridad para la aviación civil.
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Una convención global para regular la órbita terrestre tendría beneficios similares para la promoción de la industria, estableciendo protocolos para que los operadores de satélites se comuniquen entre sí, además de normas vinculantes para la gestión y la mitigación de la basura espacial. Las nuevas potencias espaciales, incluidas India y Japón, tendrían un fuerte incentivo para unirse a esta organización, así sea solo como medio para motivar a países como EEUU y Rusia a limpiar los desórdenes que han creado. A medida que el cielo se llena, los líderes en la Tierra tendrán que trabajar juntos para mantenerlo seguro.
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