
En el Sistema Solar encontramos tres familias de planetas: gigantes gaseosos y fríos similares a Júpiter, compuestos por hidrógeno y helio; análogos a Neptuno, también fríos pero menos masivos y en donde se pueden encontrar distintos tipos de hielos; y rocosos, con densidades significativamente superiores al agua. Los dos primeros tipos se encuentran alejados del Sol, mientras que los similares a la Tierra están situados relativamente cerca.
La cantidad de energía que llega hasta Venus, nuestro planeta y Marte es la adecuada para posibilitar la presencia de agua líquida en la superficie, si otras condiciones fueran adecuadas. Sin embargo, un "efecto invernadero" ha provocado que la atmósfera de Venus tenga unas condiciones verdaderamente infernales, mientras que Marte, aunque contiene algo de agua en su superficie, carece de otras características que favorecen la sostenibilidad de actividad biológica, como puede ser la tectónica de placas o un campo magnético global. Júpiter y Saturno poseen cohortes de satélites con características muy variadas. Dos de ellos, Europa y Encelado, tienen envolturas de hielo y posiblemente inmensos océanos bajo la superficie.

En nuestra galaxia existen unos 200.000 millones de estrellas y creemos que una fracción muy relevante alberga planetas, que serían en su mayoría distintos a los del Sistema Solar. Desde el descubrimiento del primer exoplaneta en 1995 (por Michael Mayor y Didier Queloz) hemos descubierto varios millares y la diversidad de propiedades demuestra que las concepciones antropocentristas, que usan al Sistema Solar como símil, se han quedado cortas. Como ejemplos exóticos, conocemos planetas que orbitan alrededor de tres estrellas, que tienen atmósferas de compuestos metálicos e incluso que giran alrededor de una estrella de neutrones, el resto hiper-denso que permanece tras una explosión catastrófica.
También se han detectado y estudiado decenas de planetas rocosos. Algunos poseerían atmósferas, otros estarían cubiertos completamente por inmensos océanos y algunos estarían en la denominada zona de habitabilidad, lo que en principio posibilitaría el desarrollo de actividad biológica.
De hecho, algunos de los planetas más interesantes se encuentran orbitando alrededor de estrellas frías y cercanas, tales como Trappist-1 o Próxima Centauri, nuestro primer vecino estelar. GJ1132 b es otro de estos sugestivos astros: su estrella se encuentra a 40 años-luz, es mucho más pequeña y fría que el Sol, el planeta orbita a su alrededor en solo 1,6 días frente a los más de 365 días del año terrestre, pero pesar de ello se ha detectado su cobertura gaseosa.
Esta variedad permite interrogarnos sobre la posibilidad de encontrar mellizos de la Tierra y vida más allá. También sobre la conveniencia de un éxodo.
En busca de nuestro posible próximo hogar
La humanidad ha estado, en cierta medida, en una continua migración. Desde el nacimiento de la especie Homo sapiens en África hace más de 100.000 años, se han producido diferentes episodios de colonización de nuevos medios, en algunos casos impulsados por un agotamiento de los recursos. Nuestro entorno es frágil, tanto por las consecuencias de nuestra actividad como por la hostilidad del universo. Los registros geológicos nos muestran que ha habido extinciones masivas debidas a eventos astronómicos y, por otra parte, la posibilidad de que causemos nuestra propia destrucción por un conflicto nuclear, voluntario o accidental, no es insignificante. Así, las primeras voces que piden la expansión fuera de nuestro planeta para asegurar la supervivencia de nuestra especie ya se han manifestado.
El conocido físico y divulgador Stephen Hawking afirmó: "La expansión en el espacio cambiará completamente el futuro de la humanidad… Nos estamos quedando sin espacio y los únicos sitios a los que se puede ir son otros mundos… La expansión es la única cosa que nos puede salvar de nosotros mismos. Estoy convencido de que los humanos necesitamos abandonar la Tierra… No tenemos otra opción". Aunque la migración más allá no sería una solución para los miles de millones de seres humanos que habitan nuestro planeta, sí que representa un gran desafío desde el punto de vista tecnológico, científico, social y filosófico.
Naves del tamaño de una tarjeta de crédito
Los primeros pasos ya se están dando. El proyecto más ambicioso es Breakthrough Initiatives, impulsado por Yuri Milner, Mark Zuckerberg y Stephen Hawking. Su programa Starshot pretende desarrollar micronaves interestelares del tamaño de tarjetas de crédito, que se lanzarían en gran número y que serían aceleradas hasta un 20% de la velocidad de la luz por rayos láser emitidos desde la Tierra. En su breve paso por sistemas planetarios próximos nos proporcionarían información sobre su habitabilidad.
Tras esa primera etapa de detección de los primeros sistemas idóneos se debería producir la verdadera colonización. Los obstáculos son titánicos: hay problemas tecnológicos no resueltos y los recursos materiales, financieros y humanos requeridos son ingentes. La duración del propio viaje es una barrera difícilmente franqueable, ya que se trataría de éxodo que duraría centenares de años.
Sin embargo, las tecnologías emergentes permitirían la colonización. La modificación de nuestros genes para adaptarnos a nuevos entornos o la posibilidad de incorporar elementos mecánicos a nuestra parte biológica, convirtiéndonos en cíborgs, nos abren múltiples oportunidades, pero también peligros.
Una nueva generación de seres humanos
Existen alternativas. Eventualmente será técnicamente viable enviar nanorobots autoreplicadores que crearán toda la infraestructura necesaria en el planeta a colonizar, comenzando por un láser que desacelerará la segunda oleada de micronaves. Una vez que se establecieran todos los servicios necesarios, incluyendo terraformación, sería posible producir, a partir de la información de nuestro código genético y con compuestos inorgánicos, una nueva generación de seres humanos. Sería, por tanto, un verdadero nuevo comienzo ex nihilo.
¿Cuáles serían los cambios políticos necesarios para hacer viable esa expansión? ¿Qué elementos sociales se verían afectados de una manera irreversible? ¿Requerirá necesariamente la aceptación de implantes mecánicos que "aumentasen" nuestras capacidades fisiológicas o mentales? ¿Nos escindiremos en distintas especies separadas en un archipiélago estelar? ¿Merece la pena el esfuerzo y dejar de invertir estos recursos, por ejemplo, en la sostenibilidad de nuestras sociedades en la Tierra? Finalmente, ¿cuáles serán lo efectos para la gran mayoría, los que se quedarán atrás en nuestra frágil Tierra? Solo desde la responsabilidad y desde un análisis holístico que incluya todas las áreas del saber se podrá dar una respuesta adecuada a la que tal vez sea la aventura más importante de nuestra especie.
David Barrado Navascués es profesor de Investigación Astrofísica del Centro de Astrobiología (Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial-Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España).
Si desea leer una versión más amplia de este artículo, está publicada en la Revista Telos, de la Fundación Telefónica.
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