Vivir sin agua: cómo lidian con la pandemia las comunidades sin acceso a este recurso

A un año de los primeros casos de COVID-19 en la región, la emergencia sanitaria no tuvo el mismo impacto en todos. ¿Cómo es atravesar esta situación sin agua o con un acceso muy restringido a ella?

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El 22 de marzo se celebra el Día Mundial del Agua. Un día que, en 2020, coincidió con el comienzo de las cuarentenas en América Latina, donde empezaba a impactar la pandemia de coronavirus. Pero, más allá del aislamiento, la recomendación principal de los expertos era —y es— mantener una estricta higiene de las manos y de las superficies. Lo que no se tuvo en cuenta es que millones de sudamericanos no tienen acceso a agua, o su acceso es muy restringido. ¿Cómo es el lavado de manos sin agua?, ¿cómo limpiar las superficies o los utensilios que se usan para comer? ¿Cómo recuperarse del COVID-19 sin una hidratación adecuada?

Familias que recorren grandes distancias a pie o en bicicleta, o se apuran tras el camión cisterna para conseguir un poco de agua en la Argentina, Chile y Perú. Comunidades enteras que solo reciben agua contaminada con arsénico; personas que debieron elegir entre morir en un hospital o en sus casas, igualmente sin acceso a este elemento vital.

Según la ONU, a nivel mundial, una de cada tres personas no tiene acceso al agua potable y más de la mitad de la población carece de un saneamiento seguro. El relator de la ONU sobre los derechos humanos al agua y al saneamiento, Léo Heller, declaró que la pandemia “nos ha enseñado que dejar atrás a las personas que más necesitan los servicios de agua y de saneamiento puede conducir a una tragedia humanitaria”. Heller recordó la resolución de la ONU del 2010, por la que todos los estados miembros acordaron asegurar el saneamiento y acceso al agua para toda la población. Este compromiso se reforzó en la  6ª meta de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030.


“No tener agua segura o no tenerla en cantidades suficientes produce que las personas sean más propensas a enfermarse o a desarrollar sintomatología más grave”, explica Sabrina Critzmann, pediatra puericultora, co-directora médica de Jacarandá Salud. Agrega que la falta de agua complica la capacidad del cuerpo para recuperarse del COVID-19.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que el 82% de la población de Latinoamérica tiene acceso a agua potable en la región, pero “aún más de 177 millones de habitantes no cuentan ni con servicio de agua ni saneamiento en América Latina”, afirman desde el Tribunal Latinoamericano del Agua.

Las poblaciones más afectadas son las comunidades rurales, los pueblos originarios, los asentamientos urbanos empobrecidos, las poblaciones cercanas a industrias que contaminan el agua y las zonas que sufren de aridez y de sequías prolongadas.

Sin agua en el Gran Chaco

“Donde vivo hay mucha escasez de agua, y la poca que hay está llena de arsénico que afecta mucho a los chicos”, cuenta a Carbono News Adriana Cuellar, de la comunidad rural de El Aibal —en Santiago del Estero, Argentina— donde viven 65 personas.

La falta de acceso al agua para el consumo y la producción es un problema estructural del Gran Chaco Americano. La región abarca el norte argentino —Chaco, Santiago del Estero, Formosa, norte de Santa Fe, Córdoba y San Luis, oeste de Salta, Tucumán, La Rioja y Catamarca, y el oeste de Corrientes—, pero también a Bolivia, Paraguay y Brasil. Sed Cero, una ONG que trabaja en esta región para mejorar el acceso al agua potable, estima que el 40% de la población no tiene agua apta para el consumo, o su acceso está restringido.

El Gran Chaco Americano es la principal área boscosa de América Latina, segunda en tamaño después del Amazonas, y cuenta con una enorme cantidad de comunidades indígenas y campesinas en poblaciones dispersas. “Históricamente ha estado abandonada por el Estado a la hora de planificar políticas públicas ante el problema del agua”, dice Paula Juárez, coordinadora de Sed Cero en Argentina.

Allí, las comunidades que no tienen agua la recogen del río, cosechan lluvia o se desplazan hacia canillas comunitarias en poblaciones cercanas. A veces tienen que recorrer varios kilómetros cargando tachos o bidones para rellenar. “Esta situación afecta especialmente a las mujeres, que son las principales recolectoras”, dice Lucrecia Villanueva, una de las referentes del Frente de Mujeres del Salado Norte, organización que aglutina defensoras ambientales de Santiago del Estero.

Según Villanueva, las campañas de higiene para evitar los contagios de COVID-19 resultan muy complicadas de implementar en las poblaciones que apenas tienen agua para beber.

Estas comunidades no solo tienen que enfrentar el coronavirus, sino que viven en riesgo continuo a causa de otra enfermedad endémica del Chaco: el HACRE (hidroarsenicismo crónico regional endémico), una dolencia producida por la ingesta prolongada de arsénico, que genera lesiones en la piel e incidencias altas de cáncer.

“A los chicos primero se les nota en los dientes, amarillean y se pican. También afecta a los huesos y a los animales. Hace un tiempo tuvimos varias muertes de animales por el HACRE”, cuenta Adriana de El Aibal.

Comunidades wichí, en pandemia permanente

“A diario caminamos kilómetros para llenar nuestros bidones y vasijas para abastecernos de agua”, cuenta Samuel Gilobero, cacique de la comunidad wichí El Algarrobita, en Salta, provincia argentina en la que el 45,5% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec).

En la comunidad viven 70 personas de la etnia wichí, uno de los pueblos originarios del Gran Chaco Americano. Actualmente, los wichí viven principalmente en territorio argentino, pero también existen algunas comunidades en Bolivia. En la zona cercana a La Algarrobita viven otras siete comunidades wichí, con un total de alrededor de 2500 personas.

Estas poblaciones acarrean problemas desde hace tiempo, entre ellos destacan la falta de acceso al agua y a la electricidad. Para poder beber y cocinar caminan hasta el pueblo de Alto de la Sierra donde existe un pozo de agua potable. “En Alto de la Sierra hay una bomba de agua para el acceso de la población, pero no llega a abastecer la demanda”, cuenta Elerio María, docente wichí. Con la pandemia del COVID-19 la situación fue aún más difícil. “Como no tenemos agua de la canilla, con el tema del coronavirus hacemos malabares para cumplir con la higiene de manos y la limpieza”, narra el docente.

La situación se agrava durante las temporadas estivales, cuando la temperatura media oscila entre los 28 y 40 grados. “Cuando hace tanto calor el problema del agua resulta aún más grave, porque se dan casos de deshidratación y surgen episodios de diarrea”, explica el cacique. Tan solo en este año de pandemia murieron al menos 13 niños wichí por desnutrición y deshidratación, una situación que preocupa a organismos internacionales como la ONU o Unicef, que comunicaron su consternación a principios de 2020.

La comunidad tiene una pequeña represa con agua no apta para el consumo humano. “Debido a la escasez de agua y el calor tan fuerte, los chicos se bañan en la represa y terminan bebiendo el agua de ahí. Entonces se enferman, en algunos casos gravemente. Incluso ha habido niños que han muerto”, dice el cacique Gilobero. El agua de la represa tiene diferentes microbios y bacterias que causan enfermedades gástricas y parasitarias, sobre todo en niños y adolescentes.

La falta de agua también generó la caída de las actividades productivas de esta comunidad, como el cultivo de alimentos y la ganadería, lo que dificultó su supervivencia.

El problema del agua persiste y se ha ido agravando por la deforestación en el Gran Chaco Americano. “Una zona que ya era árida o semiárida ahora sufre de sequías más prolongadas y lluvias intensas que, debido a la deforestación, se escurren muy rápidamente provocando un mayor estrés hídrico”, explica Paula Juárez, de Sed Cero.

Agua 30 minutos al día en Chile

“Durante la pandemia gran parte de la comunidad se infectó de coronavirus y hubo varios muertos debido, en parte, a la falta de agua”, cuenta Lorena Donaire, vocera de la organización Modatima, que lucha por el acceso al agua, la tierra y la protección del ambiente. Esto ocurrió en Monte Grande, localidad de la región chilena de Valparaíso, en la que creció Donaire y sigue siendo la residencia de su familia.

En Monte Grande solo hay agua entre 30 minutos y una hora por día. “El agua que tienen cada día por algunos minutos es un hilito, hay familias numerosas con hasta 11 personas, con ese suministro no pueden cubrir ni siquiera las necesidades básicas”, cuenta Donaire. Según ella, debido a esto las comunidades no pueden cumplir con las recomendaciones de las autoridades sanitarias. “Apenas tienen para beber”, dice. El agua es suministrada por El Programa de Agua Rural (APR), que desde 1964 busca mejorar el acceso de las comunidades rurales a agua potable, pero la cantidad no es suficiente.

Otro de los problemas es la higiene en las escuelas rurales, donde niños y adolescentes de la región solo tienen acceso a agua dos horas por día. “Esto les termina provocando problemas urinarios, de concentración y en general reduce el rendimiento escolar”, comenta la vocera, que lo vive de primera mano, pues su hija asiste a una de estas escuelas. “Mi hija sufre de infecciones urinarias de forma habitual”, cuenta.

En otras poblaciones de Valparaíso, como la Quebrada del Pobre, Petorca, Valle Hermoso o Palquico, los camiones aljibes son los que suministran el agua. Sin embargo esto no ocurre todos los días. En algunas poblaciones el camión entrega 15 litros de agua por persona cada dos días, una cantidad ínfima comparada con el mínimo recomendado por la OMS, de 50 litros diarios por persona para satisfacer las necesidades más básicas.

Para dar una idea más clara, Donaire hace una conversión: “Diez litros de agua es lo que se pierde al tirar de la cadena”.

Estos casos no son casos aislados. Se trata de una situación que se agudiza en la región de Valparaíso. “36 de las 38 comunas de la región de Valparaíso están decretadas como zonas de catástrofe hídrica y han tenido problemas similares durante la pandemia”, dice Donaire.

En 2019 el Ministerio del Interior y de Seguridad Pública declaró las regiones de Coquimbo y la mayoría de las comunas de la región de Valparaíso “zonas afectadas por la catástrofe derivada por la prolongada sequía”. Así el Gobierno chileno reconoció la grave afectación de la población y sus actividades productivas, como la agricultura o la ganadería.

Modatima atribuye este problema a la privatización del agua que se dio en los años 80 y que se profundizó durante las décadas siguientes, especialmente por el negocio de la palta que, según Donaire, provoca que se sequen los valles de Petorca a causa de un uso excesivo del recurso. Un problema que, según la organización, se extiende también a otras regiones de Chile.

Agua y plomo en Perú

“Nosotros asociábamos todo lo que nos ocurría a otras causas, hasta que organismos oficiales nos confirmaron nuestras sospechas de que el agua estaba contaminada, y que esto podía tener que ver con las altas tasas de abortos prematuros, problemas de aprendizaje de los niños, anemias severas, diarreas y desnutricion crónica que sufríamos”, cuenta a Carbono News Luis Peña, de la asociación Acodecospat, encargada del monitoreo del agua de la cuenca del río Marañón, donde viven 64 comunidades indígenas de la amazonía peruana.

Así lo atestigua un estudio del Ministerio de Salud de Perú, que reveló que algunas comunidades presentaban niveles de plomo, bario y otros metales en sangre por encima de lo saludable. También encontraron concentraciones de arsénico, cadmio, plomo, mercurio y bario en algunos de los peces que son la principal fuente de alimentación de estos pueblos. En la selva peruana hay más de 100 comunidades afectadas por la contaminación causada por derrames de hidrocarburos.

(Shutterstock)
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Ángela Alfaro es la responsable de Agua y Salud del Observatorio Petrolero Amazonía Norte. Según la especialista, la población indígena tiene afectaciones asociadas al consumo prolongado de agua contaminada: problemas de piel, estomacales, cánceres, abortos espontáneos, muertes maternas durante el parto, nacimientos de niños con deformidades congénitas y muertes inexplicables. Todo esto además de enfermedades prevalentes, como diarreas agudas, una de las primeras causas de mortalidad infantil en Perú.

Durante la pandemia del COVID-19, casi 7000 indígenas se infectaron solo en las comunidades de la cuenca del Marañón. “Como pueblo tuvimos que elegir entre morir en un hospital sin oxígeno y sin cama, o morir en nuestra comunidad”, cuenta Luis Peña. Para hacer frente al coronavirus ingeniaron nuevas formas de tratar el agua y buscaron alternativas de hidratación a base de plantas.

En El Día Mundial por el Agua, las comunidades y organizaciones sociales evidencian los problemas que genera la desprovisión de agua segura, saneamiento e higiene. Contar con agua suficiente para el consumo humano y la limpieza es esencial para proteger la salud durante el brote de coronavirus, y tantas otras enfermedades.

La seguridad hídrica es fundamental para sostener la vida, y como dice la vocera de Modatima, Lorena Donaire, “es el primero de los demás derechos”.

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